Este año nuevo, abandonemos la mentalidad cero COVID
Jeffrey A. Singer sostiene que la variante ómicron ha cambiado todo dado que el virus se volverá no solo algo con lo que aprendamos a vivir, sino algo similar a aquellos coronaviruses distintos con los que nos habíamos acostumbrado a vivir desde hace mucho tiempo.
Conforme iniciamos el tercer año de la pandemia, EE.UU. tiene un promedio de 200.00 casos al día, y más de 800.000 vidas se han perdido debido al virus. Esto ha sucedido a pesar de prohibiciones de viajes, ordenes de usar mascarillas, cuarentenas totales o parciales, y cierres de escuelas.
Mientras que los académicos continuaran debatiendo si estas intervenciones ayudaron a desacelerar al virus, los costos económicos y psicosociales han sido inmensos —particularmente entre los niños jóvenes cuyo desarrollo educativo y social ha sido sacrificado para proteger a las personas de un virus que principalmente amenaza a las generaciones mayores. El Medico General Vivek Murphy recientemente advirtió de una emergencia de salud mental que se está desarrollando entre los jóvenes, la cual se ha visto empeorada por las restricciones impuestas debido a la pandemia.
Como ahora lo hemos experimentado múltiples veces, no mucho después de que un auge de casos cede, una nueva variante emerge que es más contagiosa que la anterior. A pesar de la soberbia y arrogancia de los funcionarios estatales y de salud que pensaron que podían detenerlo, este virus se está volviendo endémico.
Este es parte del ambiente. Así como necesitamos aceptar que nunca habrá una sociedad libre de drogas, también necesitamos aceptar que nunca habrá un mundo libre de COVID. La respuesta a ambas cosas es la reducción de daños. Como sucede con la interminable guerra contra las drogas, un esfuerzo interminable de erradicar el COVID inflige demasiado daño en la sociedad.
Las herramientas más eficaces para reducir el daño y combatir el virus son la vacunación y los tratamientos terapéuticos. Las vacunas no protegen totalmente contra una infección, pero si reducen dramáticamente la probabilidad de enfermarse lo suficiente como para ir al hospital y posiblemente morir.
Al menos dos medicinas antivirales nuevas, una de Merck y una de Pfizer, pueden detener en sus pasos a una infección de COVID si se toma durante los primeros días. La primera tiene una eficacia de 30%, y la segunda una eficacia de 89%. También es alentador el descubrimiento en pruebas aleatorias controladas de que un antidepresivo barato y genérico —la fluvoxamina (Luvox)— es posiblemente igual de eficaz que los antivirales y es ahora parte del armamento de medicinas en Ontario, Canadá.
También hemos aprendido mucho más acerca del virus durante los últimos dos años. Ahora sabemos quiénes son los más vulnerables y quiénes es probable que escapen con enfermedades relativamente ligeras y breves. Durante las olas virales podemos enfocar nuestros esfuerzos en proteger a los vulnerables, y ellos pueden ser más productivos en protegerse a sí mismos. Pero en 2022, debemos concentrarnos en permitir que los jóvenes y menos vulnerables vivan una vida tan normal como sea posible.
También es importante ser honestos acerca del hecho de que todavía no sabemos con certeza los beneficios de usar mascarillas. Ahora, sin embargo, hay un acuerdo casi unánime en torno a la ineficacia de las mascarillas de tela. La profesora de Salud Pública de George Washington University Leana Wen las llama “poco más que decoración facial”.
Muchos expertos pediátricos y de salud pública están preocupados de que hacer que los niños pequeños usen mascarillas en escuela no solo es ineficaz, sino que podría afectar el desarrollo psico-social, cognitivo y de lenguaje. Ese es un costo inaceptable para un grupo de edad en el que las fatalidades por COVID-19 son “increíblemente extrañas”.
Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) recomiendan mascarillas para los niños de 2 o más años. Pero EE.UU. es un caso aparte. La Organización Mundial de Salud recomienda no usarlas antes de los 5 años, reflejando un consenso global.
Conforme consideramos qué políticas públicas deberían ser implementadas o cambiadas en 2022, no debemos olvidar la ciencia detrás de lo que estamos tratando. Los virus sumamente contagiosos son proclives a mutar. La mutación produce variantes. Mientras que no siempre es el caso, la tendencia natural es que las mutaciones virales produzcan variantes que son más contagiosas pero menos virulentas. Dicha selección natural favorece la continua co-existencia del virus con sus anfitriones.
La reciente aparición de la variante ómicron nos da razón para ser optimistas de que podemos adaptarnos a este virus endémico más fácilmente de lo que hubiéramos pensado. Los datos de alrededor del mundo muestran de manera consistente que es sumamente contagiosa —tan contagiosa que está superando al delta en su búsqueda de anfitriones y por lo tanto reemplazándola. Pero también parece provocar infecciones mucho más ligeras que duran mucho menos y tienen un periodo de incubación de tan solo dos días.
Las hospitalizaciones y muertes son dramáticamente inferiores que con las variantes anteriores. Las investigaciones de la Universidad de Hong Kong muestran que la variante es menos probable que ataque a las células pulmonares que sus antecesoras, y que solo permanece en el tracto respiratorio superior. Esto podría ayudar a explicar por qué es más leve. Ómicron se esparce tan fácilmente que su ola llega al pico y cae rápidamente también.
El lado opuesto de esto es que la variante ómicron ha evolucionado una proteína de la espícula que se parece menos a aquella del COVID-19 original. Esto significa que las personas vacunadas pueden y están siendo infectadas pero permanecen en gran medida protegidas en contra de una enfermedad severa. Los investigadores en Sudáfrica han descubierto que una infección con ómicron también funciona para proteger en contra de un infección con la variante delta. Estas son noticias muy alentadoras conforme empieza el año nuevo.
Ómicron cambia todo. Esto significa que, como ha dicho el Dr. Ashish Jha de Brown University, los diseñadores de las políticas públicas deberían enfocarse menos en el número de casos y mantener sus ojos enfocados en los números de hospitalización y las fatalidades.
También significa que el objetivo original de realizar pruebas a toda la población en general para detectar COVID ya no tiene sentido. Siendo ómicron tan contagiosa, el objetivo de realizarle pruebas a todos los que son asintomáticos —como lo hacemos con los atletas profesionales, los artistas y muchos otros trabajadores no vacunados— puede hacer que millones de personas saludables y asintomáticas se aíslen, provocando que nuestra sociedad tenga interrupciones indefinidas. En cambio, deberíamos concentrarnos en hacerle pruebas a las personas que trabajan en hospitales y en los asilos, que cuidan a otras personas, o que tiene síntomas y trabajan o viven con personas que podrían ser vulnerables.
Cerca de un 20% de todos los resfríos que los humanos contraen son provocados por cuatro coronaviruses distintos. La variante ómicron está empezando a parecerse a lo que podría ser el quinto coronavirus que provoca resfríos recurrentes y endémicos. Este año nuevo podría estar revelando el proceso mediante el cual la selección natural nos lleva hacia el fin de la pandemia, terminando esta como un virus endémico que brota de manera periódica para infligir un resfrío en muchos de nosotros.
Si ese resulta ser el caso, COVID-19 no solo se volverá algo con lo que aprendamos a vivir —también puede convertirse en algo con lo que nos hemos acostumbrado a vivir desde hace mucho.
Este artículo fue publicado originalmente en The Detroit News (EE.UU.) el 5 de enero de 2022.