Esparta, o la paradoja antiliberal
Carlos Rodríguez Braun reseña el libro Esparta. Ciudad de la virtud y de la guerra de César Fornis.
La antigua Esparta fue saludada por los regímenes más siniestros: el comunismo, el nazismo y el fascismo. Todos ellos "se identificaron con el orden, el militarismo, la selección natural y el inflexible sistema educativo público que se percibían como identitarios del Estado espartano", dice César Fornis en su reciente Esparta. Ciudad de la virtud y de la guerra, La Esfera de los Libros. Dicha identificación parece lógica, dada la supresión del individualismo en las normas del mítico Licurgo. Pero Esparta no fue aplaudida por el antiliberalismo contemporáneo sino siempre, desde Sócrates y Platón hasta Rousseau. Se valoraba su desprecio a la propiedad privada, el comercio y el dinero, y, en realidad, a cualquier atisbo de libertad que no fuera la libertad de participar en la vida pública, lo que llamó Constant "la libertad de los antiguos". De lo que se trataba era de crear un pueblo nuevo, como decía el abate Mably, y planearon más tarde las tiranías comunistas con lo del "hombre nuevo".
El profesor Fornis lo señala, y añade que Esparta fue considerada un "modelo de virtud, coraje, patriotismo y estabilidad constitucional" desde los primeros cristianos, que consideraron ejemplar "la actitud conciliadora de Licurgo cuando el colérico Alcandro le vació un ojo", sin olvidar que "los espartanos rehusaron adorar a un gobernante humano". Todo esto llegó hasta la Revolución Francesa, que "traerá consigo un auténtico culto a la Antigüedad, que en el caso de Esparta alcanzará su paroxismo con los jacobinos". La idolatría de la antigua Lacedemonia se justificaba en las palabras de Jenofonte, para quien Esparta fue "el único lugar donde la excelencia moral es un deber público". Pero fue también entonces cuando nacieron las críticas liberales.
Para ponderar la libertad en la Esparta real es menester superar el mirage espartiate, del que habló François Ollier, el espejismo que se remonta hasta Plutarco, "gran sistematizador y transmisor del mito y la utopía de Esparta", apunta Fornis –cinco de sus Vidas paralelas son de personajes espartanos, empezando por el propio Licurgo. Esparta era diferente, pero no del todo. En otras partes se practicaba el horrible infanticidio, o los ciudadanos rechazaban el trabajo manual y el comercio, y la servidumbre proliferaba. Veremos en el próximo artículo que había aspectos liberales en una Esparta cuya paradójica peculiaridad quizá sea la que apuntó Critias: "los hombres libres son más libres y los esclavos más esclavos".
Este artículo fue publicado originalmente en La Razón (España) el 1 de marzo de 2026.