Era previsible...

Alfredo Bullard dice que ante la incertidumbre generada por la pandemia, el Congreso debería restringir su acción para evitar un populismo desbocado.

Por Alfredo Bullard

“El Congreso elegido en 2020 será peor que el actual (…) abre espacio a peores mediocres y oportunistas que los que tuvimos (aunque usted no lo crea)”. Hace casi seis meses, en esta misma columna, (“Y ahora ¿Cómo desjodemos al Perú?”, 16/10/19) hice esta predicción. Es una predicción tramposa y sin mérito. Era tan obvia como saber que seguiremos en nuestras casas hasta finales de abril. 

Hubo muchas reacciones. Algunos (los bien intencionados que pecaron de optimismo “naive”) me dijeron que no me preocupara porque había un esfuerzo para meter al Congreso a gente joven capaz y con buenas ideas. Se equivocaron. Si ello ocurrió el impacto fue tan reducido que se pueden contar con los dos dedos que usamos para hacer una señal de victoria con la mano. Ni siquiera se puede decir que entraron “cuatro gatos” que valgan la pena.

Otros me dijeron que era un fujitroll que quería desprestigiar el “esfuerzo democrático” de Martín Vizcarra. Todo a pesar de que el artículo decía que una buena parte de la crisis se debía a “Impresentables y picones fujimoristas y apristas copando el Congreso, rodeados de figuras no necesariamente mejores que ellos”. Y los fujimoristas, curiosamente, me calificaban de mermelero y vizcarrista.

Sí debo reconocer que escoger cuál Congreso es peor que otro es harto difícil. Diría que a los dos los botaría a la basura. Es casi como elegir comprar un pasaje en el Titatic o en el Hindenburg o escoger como compañero de cuarto durante la cuarentena a Ted Bundy o a Jack el Destripador. 

Leyes a las que no se pone un ápice de reflexión, seso o análisis. Populismo desalmado y sin tapujos. Intentos de llamar la atención cuando el coronavirus ya les quitó todas las cámaras y a nadie le interesa ir a su circo. Sesiones presenciales que amenazan repartir no solo un “contagioso” populismo, sino un virus que ya ha costado tres congresistas infectados. Cuando todos reclamamos que se dé el ejemplo, estos señores y señoras hacen exactamente lo contrario.

Nada de esto es culpa de la pandemia o de la mala suerte. Tampoco es culpa de la inocencia de quienes creían que con un poco de buena voluntad podía mejorarse al Congreso. No es culpa solo de Urresti (aunque es difícil desasociarlo del desastre de Legislativo que tenemos).

Todo es consecuencia del absoluto desapego de los peruanos por la institucionalidad y por no tener reglas que nos orienten hacia el desarrollo de una política diferente. Es nuestra apatía por hacer una verdadera reforma política. Hemos metido los mismos ingredientes a la olla. No podemos esperar que el plato sepa diferente.

Buena parte de la culpa es de Vizcarra por vender una reforma política tan falsas como las noticias que sugieren que masticando kion o haciendo gárgaras con bicarbonato te curarás del coronavirus.

En un mundo paralizado por una disrupción tan profunda que marcará la historia en un antes y un después, el Congreso debería alejarse de esa coyuntura. Su acción, antes que ayudar, perturba. Si algo no se necesita son más disrupciones ni reemplazar la prepotencia fujimorista con un populismo desbocado dirigido a desplazar de las primeras planas el conteo de infectados y fallecidos por la enfermedad. 

Solo debemos pedir cabeza fría y humildad. Que los congresistas “se queden en su casa”. Qué pena tener que pedir peras al olmo.

Este artículo fue publicado originalmente en Perú 21 (Perú) el 12 de abril de 2020.