Entre la salud y el trabajo

Iván Alonso considera que, en retrospectiva, vemos que se podrían haber tomado medidas distintas para contener el coronavirus en el Perú mientras que se limitaba el daño a la economía.

Por Iván Alonso

Tres profesores de la Universidad de Chicago (Casey Mulligan, Kevin Murphy y Robert Topel) han publicado el mejor análisis que hemos visto sobre la manera más eficiente de combatir la pandemia. Más eficiente quiere decir salvar la mayor cantidad de vidas al menor costo posible. El costo no es solamente ni, de lejos, principalmente el de la atención hospitalaria, sino el de la paralización de la actividad económica; en otras palabras, el valor de la producción que se pierde. El gran dilema es que podemos salvar más vidas extendiendo más tiempo y a más actividades la paralización o, alternativamente, reducir las pérdidas materiales, a riesgo de perder más vidas.

La idea de que la vida no tiene precio expresa un sentimiento plausible, pero no ayuda a tomar decisiones. El hecho es que valoramos la vida, pero también valoramos todo lo que el bienestar material acarrea, incluyendo la preservación de la vida, al margen de la pandemia. El dilema entre el cuidado de la salud pública y la actividad económica es, pues, un dilema real.

La decisión que muchos gobiernos alrededor del mundo han tenido que tomar es qué restricciones poner a la actividad económica para limitar la propagación del virus. Algunos optaron por la cuarentena; otros por el aislamiento selectivo. No hacer nada era otra opción, que significaba dejar avanzar al virus hasta alcanzar la inmunidad de grupo. Pero la pérdida de vidas hasta llegar a ese punto –más de medio millón, quizás, en el Perú– la convertía en una opción inaceptable. Eso nos lleva a escoger entre la cuarentena y el aislamiento selectivo como estrategia de contención.

La gran diferencia entre las dos, puesta en los más simples términos económicos, es que la cuarentena impone un costo fijo –las pérdidas son independientes del número de contagios que se pretende evitar–, mientras que el aislamiento selectivo impone un costo variable, que depende del número de personas que necesitamos aislar. ¿Cuándo conviene usar una y cuándo la otra?

Con el beneficio de la retrospectiva, veamos qué se podría haber hecho distinto aquí. El día que se decretó la cuarentena había 71 casos conocidos: 60 en Lima y Callao y el resto en otros 8 departamentos. Era relativamente fácil aislar a los contagiados y sus familiares; rastrear a sus contactos y aislarlos también; cerrar las fronteras departamentales. Mucha gente se habría aislado voluntariamente, calculando cada una su propia pérdida de ingresos y su propio riesgo de contagio si salía (pero no tanto el riesgo de contagiar ellas a otras). El costo para la economía habría sido limitado, aunque la velocidad de propagación habría aumentado. Pero no era crítico ganar tiempo en ese momento: a los 30 días todavía teníamos suficientes UCI, aún si esa velocidad se hubiera triplicado. La cuarentena, en cambio, tenía un costo calculado por el gobierno en S/900 millones diarios, que quizás no se justificaba, en vista de los pocos casos que se podía evitar porque el virus no estaba aún tan extendido. Podría haber comenzado 15 días o un mes después, si el número de contagios superaba un cierto nivel. Entretanto, más gente se habría inmunizado, especialmente los más jóvenes, que son los que en mayor proporción habrían seguido saliendo durante el aislamiento selectivo, reduciendo la posibilidad o el tamaño de una segunda ola de contagios.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 5 de junio de 2020.