El presidente y Maquiavelo

Manuel Hinds dice que el nuevo Hospital El Salvador que resultó incapaz de tener incluso los elementos indispensables que puede requerir cualquier hospital para funcionar adecuadamente, es evidencia de que el propósito del presidente no era el de combatir la pandemia sino proyectar la imagen de que se lo estaba haciendo.

Por Manuel Hinds

Dos noticias de esta semana ilustran el trágico camino por el que el presidente está llevando al país. En la primera el ministro de salud dijo que el nuevo Hospital El Salvador, que el Presidente de la República inauguró hace unas semanas como el mejor de Latinoamérica para tratar el coronavirus, carece de elementos indispensables para que cualquier hospital pueda funcionar. No tiene instalaciones para esterilizar equipos e instrumentos, ni sistemas para procesar y eliminar cosas infectadas, ni equipos para procesar aguas infectadas, ni una unidad de evaluación de patologías, ni una de emergencias, y los intensivistas no alcanzan para atender la Unidad de Cuidados Intensivos.

Así, quedó claro que lo único que hizo el gobierno fue pintar el edificio que ya existía, poner unas camas y unos monitores sacados de otros hospitales, y, a un costo increíble de $25 millones, declarar que esto era un hospital. Es decir, el hospital que el presidente anunció que iba a ser el eje de la lucha contra el coronavirus no es ni siquiera un hospital.

De por sí, esto ya es devastador. Pero el ministro añadió que aunque tuviera estas instalaciones, el hospital no podría funcionar para el propósito para el que fue inaugurado porque carece del personal especializado para atender a los pacientes en estado crítico. Pero el problema no es sólo de este hospital. El ministro añadió que, de todos modos, “el sistema de salud no se encuentra con la capacidad básica para manejar más pacientes”. En otras palabras, el hospital no sirve, pero para los propósitos de combatir el coronavirus no importa que no sirva porque de todos modos no existe el equipo humano para manejarlo, y de todos modos, su equipo físico y humano se le tendría que quitar a otros hospitales, con lo que la capacidad total del sistema no aumentaría al ponerlo a funcionar, lo que se resume diciendo que el sistema entero (no solo este hospital) no puede manejar más pacientes.

Pero, y entonces, ¿por qué lo construyeron? ¿Por qué lo inauguró el presidente? ¿Por qué lo anunció como un gran avance en la lucha contra la pandemia? ¿Cómo es que, habiendo tenido 4 meses y más de mil millones de dólares para prepararse el sistema no tiene ni los equipos ni las medicinas ni la organización para manejar la crisis y proteger a los equipos médicos que ha sufrido tantos muertos? Buscando las respuestas a estas preguntas se encuentra la esencia de lo que es y ha sido el régimen de este presidente.

El propósito de toda esta farsa no era, como no lo es en ninguna de las acciones del presidente, resolver ningún problema del pueblo (en este caso luchar contra el coronavirus) sino proyectar una imagen de que lo estaba resolviendo para dar cobertura para enormes gastos de los cuales no da ninguna cuenta y para que la gente pensara que el tiempo que se gastó en estar en cuarentena sirvió para preparar al sistema de salud para cuando, inevitablemente, el virus atacara a la población.

El Hospital El Salvador muestra que después de todos los shows televisivos en los que el presidente anunció todas las maravillas que el gobierno haría para vencer al virus, lo único que quedó fueron los shows mismos, los grandes gastos en publicidad, y los sufrimientos y las muertes causadas por la negligencia del gobierno.

Estas tristes noticias fueron complementadas por el ministro de defensa cuando volvió a remachar la idea inconstitucional de que el juramento de lealtad de los militares es al presidente, no al país y la Constitución.

Estas dos noticias demuestran el rumbo que lleva el presidente: engañar a los ciudadanos haciéndolos creer que está haciendo algo por ellos para ganar tiempo antes de que descubran que todo es una farsa. Para ese momento, cuando el pueblo pierda la fe ciega que tiene en él, él ha ido preparando al ejército para convertirlo en su instrumento de represión que no permita que el pueblo se eche para atrás.

El presidente está así siguiendo el cínico consejo de Maquiavelo: “El populacho es por naturaleza voluble; es fácil persuadirlo de algo, pero difícil confirmarlos en esa persuasión. Por eso, uno debe urgentemente arreglar las cosas de modo que cuando ellos ya no creen en el líder puedan ser obligados a creer por la fuerza”. Una tiranía militar se cierne sobre nosotros.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de Hoy (El Salvador) el 10 de julio de 2020.