El poder en los tiempos de cólera

Alfredo Bullard considera que los escándalos y la corrupción han destruido la confianza en las instituciones y los políticos, lo cual ha abierto el camino a actores desconocidos para las próximas elecciones.

Por Alfredo Bullard

Como es usual en estas épocas del año, recibí en mi correo electrónico la invitación para participar en la Encuesta del Poder de Ipsos y cuyos resultados se publican en Semana Económica. Pero llenar la encuesta no fue igual que otros años. 

A la primera pregunta “¿Quiénes son los peruanos más poderosos?”, me costó llenar incluso el primer casillero. Naturalmente uno incluye al presidente de la República. Pero el impulso casi automático de incluirlo en otros años fue sustituido por una duda inmóvil, de quien no se anima a decir algo que parece ya no ser natural. No sentía que tenemos un presidente con verdadero poder. 

Pero ello no fue todo. Me fue imposible llenar los diez casilleros previstos. Como Abraham buscando justos en Sodoma y Gomorra para salvarla de la destrucción, no pude encontrar diez nombres de personas que pudiera fácilmente considerar poderosos. En otros años mi problema era a quién dejaba afuera. Ahora el problema es que no había a quién meter. 

La situación no mejoró cuando pasé a las demás preguntas. ¿Quién es el más poderoso en un Congreso lleno de mediocres? En Derecho y Justicia, el presidente de la Corte Suprema o de alguna otra corte del país, o algún fiscal, parecen muy malos candidatos cuando su casi inexistente prestigio ha sido destruido por audios vergonzosos. Y lo mismo fue pasando con las demás categorías. 

El Perú no se ha caracterizado por tener poderes institucionalizados. Pero lo de este año superó todo límite. Quizás sea la primera ocasión en que, en un mismo año, dos poderes del Estado (Ejecutivo y Judicial) quedan descabezados por renuncias de sus cabezas motivadas por escándalos de corrupción. 

En medio de iras y cóleras de unos contra otros, el poder se ha usado más para pelear que para gobernar. La corrupción y el escándalo han lapidado toda esperanza de encontrar un político o funcionario honesto. El poder se ha convertido en una caricatura. 

No recuerdo una campaña electoral en la que las calles hayan sido invadidas con carteles con tantas caras totalmente desconocidas. Las próximas elecciones regionales y municipales despiertan tanto interés como el que tiene un calvo por comprar un peine. 

¿Es eso bueno? Depende. Es un objetivo de toda democracia desconcentrar el poder. Pero lo que ocurre hoy es que no se ha desconcentrado, sino que se ha pulverizado. El Estado de derecho necesita una estructura básica de poder limitado, pero existente. La cólera ha invadido la política y ha desplazado al poder en una desarticulada sucesión de audios y actitudes lamentables. Hoy quienes deberían tener el poder dan vergüenza.

Este artículo fue publicado originalmente en Perú 21 (Perú) el 19 de agosto de 2018.