El pasado preindustrial fue una historia de terror
Chelsea Follett presenta su libro The Grim Old Days, donde demuestra que la industrialización no trajo el sufrimiento al mundo; el sufrimiento ya existía.
Por Chelsea Follett
Se acerca Halloween, y es la época de las historias de terror. Tengo una real para ustedes. La espantosa realidad de la vida cotidiana a lo largo de gran parte de la historia, que es el tema de mi nuevo libro, The Grim Old Days: An Introduction to the Preindustrial Past.
La historia económica queda resumida en el famoso "gráfico de palo de hockey": siglos de progreso apenas perceptible, rayando en el estancamiento, seguidos de un aumento repentino y dramático en el crecimiento económico y los ingresos reales. Sin embargo, la gente suele menospreciar este extraordinario aumento de la riqueza global durante los últimos dos siglos y medio.
En las redes sociales, los memes que se burlan de la idea de que el aumento del PIB significa progreso atraen miles de "me gusta", reduciendo el argumento al eslogan deliberadamente distorsionado "la línea sube, significa que las cosas están mejor". El candidato presidencial francés de izquierda Jean-Luc Mélenchon planteó un argumento similar durante un mítin de campaña que se volvió viral: "Cavo un hoyo, el PIB sube. Lo lleno, el PIB sube". La crítica tampoco se limita a la izquierda: el vicepresidente JD Vance ha cuestionado si los indicadores económicos revelan algo sobre el bienestar, al escribir: "Quizás la economía sea simplemente una farsa".
Esta crítica no es nueva. En la década de 1960, Robert F. Kennedy afirmó en una famosa ocasión que el PNB "mide todo… excepto aquello que hace que la vida valga la pena", ya que "no toma en cuenta la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación o la alegría de sus juegos", ni "la belleza de nuestra poesía o la solidez de nuestros matrimonios". Es un discurso elocuente, pero engañoso.
Mucha gente imagina que esos siglos de casi estancamiento antes del repunte del gráfico en forma de palo de hockey probablemente fueron una época bastante agradable para vivir. Algunos lamentan cuánto nos ha costado supuestamente el mundo moderno, insistiendo en que antes de la Revolución Industrial la gente disfrutaba de una vida más sencilla basada en la agricultura: una época estable y pacífica de aldeanos felices en acogedoras casitas, comiendo alimentos sanos directamente de la granja, bailando alrededor de los mástiles de mayo mientras sus hijos de mejillas sonrosadas saltaban a su lado. Imagina la Comarca de El señor de los anillos, pero con habitantes más altos.
Trágicamente, la realidad no se parecía en nada a esta fantasía.
Alrededor de la mitad de todos los niños morían antes de llegar a la edad adulta, el hambre era común, la esperanza de vida promedio rondaba los 30 años y apenas 1 de cada 10 personas sabía leer y escribir. Los campesinos que realizaban labores agrícolas de subsistencia constituían la mayor parte de la población. La vida de la mayoría de las personas se caracterizaba por un trabajo agotador desde el amanecer hasta el atardecer, la falta de higiene, dolores de muelas, piel plagada de pulgas, ropa raída y el hedor de los desechos humanos mal eliminados, con un aire tóxico ennegrecido por el humo de las chimeneas. La mayoría de la población preindustrial sobrevivía a base de gachas aguadas y pan tosco, a menudo rancio o contaminado, y la escasez de alimentos provocaba disturbios con frecuencia.
Contrariamente a la idea romántica de que las sociedades preindustriales vivían en armonía con la naturaleza, el daño ambiental no es un fenómeno reciente. La deforestación había agotado gran parte de los bosques de Europa a principios de la era moderna, lo que llevó a Gran Bretaña a importar madera de América. Las ciudades vertían habitualmente sus desechos en los mismos ríos que les proporcionaban el agua potable, lo cual es una de las razones por las que el alcohol era un alimento básico diario para personas de todas las edades, incluidos los niños y las mujeres embarazadas.
La medicina a menudo hacía más daño que bien: la cirugía era primitiva y se realizaba sin anestesia, salvo el alcohol; los médicos no se lavaban las manos entre un paciente y otro, y la sangría seguía siendo el tratamiento estándar para casi cualquier dolencia. Incluso la iluminación fue en su momento un lujo del que la mayoría de los hogares comunes carecía al caer la noche.
En los casos en que existía la educación escolar, esta podía ser brutal: los niños a menudo caminaban millas hasta escuelas de una sola aula donde los maestros recurrían al castigo físico, a veces seguido de una segunda paliza en casa. Los golpes a las esposas y a los sirvientes eran ampliamente aceptados, y a los niños se les ponía a trabajar en los campos tan pronto como podían caminar.
Solo con la industrialización la gente comenzó a cuestionar seriamente muchas de estas crueldades aceptadas desde hacía mucho tiempo y a ver cómo desaparecían.
Quienes vivieron y murieron en un lado de la curva ascendente del gráfico en forma de palo de hockey habitaban un mundo completamente diferente al de quienes estaban en el otro lado. Los sombríos viejos tiempos muestra cuán transformador ha sido ese crecimiento.
Cuando ya estaba por terminar este libro, mi hijo pequeño contrajo la fiebre escarlatina, una enfermedad que en su momento fue grave y que a menudo resultaba letal para los niños. Estoy más que agradecida de que mis propios hijos hayan nacido en un mundo con antibióticos y un sinfín de otras maravillas que superan los sueños más descabellados de nuestros antepasados.
Una línea ascendente en un gráfico puede representar a niños que viven para celebrar más cumpleaños, incluidos los míos. Más tiempo con los seres queridos. Más años con tus nietos. Prácticamente todo lo que la gente valora, desde la salud de los niños y la protección del medio ambiente hasta la felicidad autoinformada, se correlaciona positivamente con el PIB. Y el mundo no solo es más rico, sino también más libre: tendencias que probablemente estén relacionadas.
La prosperidad ayudó a crear un mundo donde las personas se casan por amor en lugar de por necesidad económica, pasan su infancia jugando y aprendiendo en lugar de trabajar duramente en los campos, y se dedican a trabajos y pasatiempos de su propia elección. Como señala el psicólogo existencialista Clay Routledge, la mayoría de las personas tiende a encontrar sentido "volviéndose hacia el exterior y esforzándose por hacer contribuciones positivas al mundo a través de nuestras relaciones, nuestro trabajo y otras actividades". Las personas en las sociedades posindustriales prósperas disfrutan de una libertad sin precedentes para hacer precisamente eso.
Eso no significa que el mundo sea perfecto hoy en día. Ni mucho menos. Pero la industrialización no trajo dificultades al mundo; las dificultades ya estaban ahí. Cada vez más, el crecimiento económico nos ha dado los medios para aliviarlas.
Halloween terminará en unos días, pero las aterradoras historias reales de The Grim Old Days no terminan con la temporada; son simplemente la historia de la vida cotidiana hasta hace muy poco. La prosperidad y la libertad modernas son un logro notablemente reciente y frágil. Lo verdaderamente aterrador este Halloween es la facilidad con la que olvidamos la dura realidad de los sombríos días de antaño.
El libro
The Grim Old Days: An Introduction to the Preindustrial Past ya está a la venta. El economista ganador del Premio Nobel Joel Mokyr lo califica como "lectura obligatoria" para los escépticos del crecimiento; el columnista ganador del Premio Pulitzer George Will lo describe como "una contundente refutación de los críticos del capitalismo", y el psicólogo de Harvard Steven Pinker afirma que "todos los estudiantes y personas con curiosidad intelectual deberían leerlo". Pídelo en la tienda del Cato Institute, Amazon, Barnes & Noble o Bookshop.org. Y si estás en Washington, D.C., acompáñame el 5 de noviembre en un forodel Cato Institute para debatir sobre el libro.
Este artículo fue publicado originalmente en HumanProgress.org (Estados Unidos) el 23 de octubre de 2026.