El mensaje de desesperanza

Manuel Hinds dice que aunque los problemas de El Salvador son graves, este no es el único país que los tiene ni es el que tiene menos recursos para resolverlos dado que las instituciones salvadoreñas han evolucionado más que en países vecinos.

Por Manuel Hinds

Hace poco vi un video en el que le pedían a varios salvadoreños que mencionaran las cosas que no les gustan de este país. Las respuestas fueron copiosas y detalladas. Luego les pidieron que mencionaran algunas cosas que les gustan de El Salvador, y se estancaron sin poder contestar. Luego, en el mismo video hicieron la segunda pregunta a una extranjera, que muy rápidamente produjo varias respuestas.

No hay duda de que los problemas de El Salvador son graves. Pero El Salvador no es el único país con problemas, ni es el que tiene menos recursos para resolverlos. Y no es cierto, tampoco, que no haya nada bueno que pueda mencionarse ni que no haya tenido ningún progreso en las últimas décadas. De hecho, hay algunos temas en los que somos líderes en la región, y no son temas pequeños.

La institucionalidad de El Salvador ha evolucionado más que en varios de los países vecinos. También tenemos una economía más moderna, con exportaciones basadas no en productos primarios sino en bienes industriales que producen más valor agregado. Nuestra estabilidad económica, los plazos largos de los préstamos y las bajas tasas de interés, debidos todos a la dolarización, son la envidia de la región, a pesar de que las políticas fiscales han sido muy imprudentes en los últimos diez años. Y, con todo lo que hemos perdido por las emigraciones, nuestra mano de obra sigue siendo la mejor de Centroamérica en términos de dedicación y seriedad. Los últimos años han visto un surgimiento de emprendimiento en empresas realmente modernas que producen conocimiento a través de software y de servicios inteligentes.

También hemos visto el surgimiento de ONG propias, fundadas y manejadas por salvadoreños, que están probando ser tan fuertes y exitosas como muchas iniciadas en los países desarrollados. Hay muchos, muchos salvadoreños trabajando en resolver los problemas sociales del país, dentro y fuera de instituciones gubernamentales.

Todo esto no elimina el peso de los problemas corrupción, de violencia, falta de trabajos dignos, o la asociada falta de educación y salud en la población. Pero abre avenidas de esperanza. Lo peor que le puede pasar a un país es perder la esperanza, porque entonces pierde el impulso primario que lleva a los pueblos a enfrentar y resolver sus problemas, y lo vuelve vulnerable al populismo barato. La desesperanza produce fracasos.

Es aquí donde el video pone el dedo en la llaga de un problema paralizante que tiene El Salvador: la falta de la autoestima de su población, que no solo tiñe de negro cualquier intento de resolver los problemas del país sino también crea un círculo vicioso, en el que las actitudes negativas que surgen de la baja autoestima llevan a profundizar estos problemas.

Esto no siempre fue así. Hubo una época en la que la actitud de los salvadoreños con respecto a su país y su futuro era de gran orgullo y optimismo. No es ninguna casualidad que en esos años el país era la envidia de la región en términos de crecimiento económico y, con la excepción de Costa Rica, de desarrollo social. En esos años, el líder en el desarrollo de la industria electrónica no era Costa Rica sino El Salvador. La inversión, tanto doméstica como extranjera, era la más alta de Centroamérica. La productividad de la agricultura era la más alta, empatada con la de Costa Rica y Chile.

Pero en algún momento alrededor de 1970 la actitud cambió, impulsada por grupos que estaban interesados en convencer a la población de que la situación de El Salvador era la peor de la América Latina —tan mala que merecía ser cambiada a costa de una guerra sangrienta de la que todavía no nos hemos recuperado ni económica ni humanamente.

La experiencia, aquí y en otras partes, nos ha enseñado que las actitudes negativas solo benefician a los que quieren debilitar la sociedad para asaltar el poder. Ojalá que esto se entienda, que recuperemos nuestra autoestima, y que nos dediquemos a resolver realmente nuestros problemas en vez de a esparcir el veneno de la desesperanza.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de Hoy (El Salvador) el 28 de septiembre de 2018.