El fantasma del “neoliberalismo”—esa palabra que rehúsa morir
Roberto Salinas-León considera que el origen y uso del término "neoliberal" sigue siendo tan relevante hoy como lo fue en la década de 1990: refleja la incomprensión en la esfera pública sobre el orden de mercados abiertos, la existencia de grupos de interés con agenda propia y una incapacidad por parte de los liberales para comunicar las ideas de la libertad.
"No sería del todo exacto decir que nadie sabe qué diablos significa 'neoliberal'…"
Jesse Walker
En abril de 1997, en la famosa reunión de la Sociedad Mont Pélerin con motivo de su 50.º aniversario, el gran economista e intelectual español Pedro Schwartz compartió una acertada reflexión sobre la persistencia de la oposición sistemática al orden liberal de mercado. Su origen, argumentó, tenía tres dimensiones: la incomprensión, en la esfera pública, sobre el orden de mercados abiertos como un arreglo social de suma negativa; la existencia de grupos de interés con privilegios adquiridos que buscan protección frente a la competencia; y una incapacidad por parte de "nosotros" para comunicar las ideas fundamentales de una economía libre.
Esta advertencia sigue siendo tan relevante hoy como lo fue en la década de los 1990. En América Latina, la "fatiga de reformas" y el temor a vivir sin lo que el célebre premio Nobel mexicano Octavio Paz denominó el "ogro filantrópico", condujeron a una interpretación errónea sobre el porvenir en la vida cotidiana en una sociedad abierta. A ello siguió un repudio generalizado del llamado "modelo neoliberal", acompañado por un coro creciente de voces que condenaban esta supuesta ideología como la fuente de todos los males sociales. Carlos Monsiváis, destacado crítico cultural mexicano de finales de los años noventa, llegó a afirmar con gran pasión retórica: "…el neoliberalismo, una de las realidades más odiosas y opresivas del planeta".
Sin embargo, la mayoría de los defensores de la libertad económica permanecieron en relativo silencio, ajenos a la trampa semántica que se tendió en el debate público. Como resultado, surgió una enorme cantidad de tonterías para reforzar la ofensiva contra el "neoliberalismo": desde los casos predecibles como Naomi Klein y Joe Stiglitz (quien supuestamente sabe de lo que está hablando) hasta pensadores influyentes como Francis Fukuyama. Recientemente, Phil Magness escribió una detallada y brillante etimología del término, en la que analiza una gran variedad de afirmaciones provenientes de todos los rincones del espectro ideológico, y concluye acertadamente que la palabra se ha convertido en un “término comodín para casi cualquier malestar económico, sin conservar la apariencia de una definición coherente”.
De hecho, la mayoría de las críticas convencionales al "neoliberalismo" comparten una característica fundamental: la construcción de un hombre de paja, y la consiguiente denuncia de que la humanidad debería oponerse a dicho mal, o abolirlo. No se ofrece ninguna definición razonable, ni se presenta un análisis imparcial de los elementos que supuestamente conforman el "canon neoliberal". En algún momento de semejantes diatribas, el autor afirma que la agenda "neoliberal" de reformas es equivalente al "Consenso de Washington" —una frase acuñada por John Williamson en los años 90 para describir un conjunto de recomendaciones de política pública para mercados emergentes, que incluye iniciativas como la estabilización de precios, la consolidación fiscal (léase: aumento y aplicación de impuestos) y la apertura comercial—; y, acto seguido, asocia de manera caprichosa, por no decir escandalosa, ese conjunto de ideas con los nombres habituales: Milton Friedman, Gary Becker, F. A. Hayek, Ludwig von Mises o Robert Nozick; y, por supuesto, con políticos como Augusto Pinochet, Carlos Salinas de Gortari, Carlos Menem, Margaret Thatcher y Ronald Reagan.
En ningún momento se ofrece un análisis mínimamente cuidadoso que explique las diferencias, a veces enormes, entre estas figuras. Así, todos son agrupados en una misma piñata, para luego ser fácilmente destrozados por supuestos campeones de la justicia social.
Existen innumerables ejemplos de estos crímenes contra la lógica. Mi caso favorito proviene de Fernando Escalante, quien suele ser un teórico cuidadoso en sus análisis políticos. En su ensayo "Historia mínima del neoliberalismo", Escalante emprende una denuncia llena de pasión contra los "costos sociales" de las reformas pro-mercado y las crisis financieras, citando el colapso del peso de 1994 y la Gran Recesión de 2008, para luego concluir que "ya va siendo hora de reconocer que el experimento" de crear una sociedad de mercados fue un "fracaso catastrófico". Así dice Escalante:
"No hay modo de sacarle la vuelta. El resultado está a la vista: un aumento vertiginoso de la desigualdad; desequilibrios regionales en todo el planeta, inseguridad laboral, destrucción del medio ambiente, deterioro de todos los servicios públicos, repetidas crisis financieras, caída del poder adquisitivo de los salarios, aumento del desempleo, y un crecimiento muy inferior al de décadas anteriores". (p. 313-314)
Quizá debamos añadir que el neoliberalismo también es responsable de las enfermedades generalizadas, de eclipses lunares erráticos, o de la disfunción eréctil. Una historia tiene que popularizarse, y en América Latina la idea de que el "neoliberalismo" es la fuente de todos los males vende mucho. En toda la región, políticos supuestamente "progresistas", desde Andrés Manuel López Obrador (México), Rafael Correa (Ecuador) y Cristina Kirchner (Argentina), no dudaron en repetir la misma tontería, atribuyendo absolutamente todos los males de la sociedad a la "larga noche neoliberal" de las administraciones anteriores.
El "debate", si es que así se le puede llamar, está viciado desde su propia concepción: el término "neoliberalismo" carece de significado; es una construcción ad hoc que trivializa temas importantes mediante insultos y pereza intelectual. En lógica, este es un caso clásico de petición de principio. No se aporta evidencia empírica alguna. No se presenta un análisis detallado de cómo los mercados conducen, por ejemplo, a la desigualdad de ingresos. La oposición al neoliberalismo, por tanto, se vuelve infalsable. Si, por decreto lingüístico, el neoliberalismo es feo, brutal y horroroso, entonces la conclusión se sigue de inmediato.
No es posible sostener un argumento o diálogo constructivo frente a semejantes sinsentidos. Tampoco considero que valga la pena entablar una conversación al respecto. El asunto termina convirtiéndose en un aburrido debate semántico. Paco Taibo II, actual director del Fondo de Cultura Económica de México, celebró en una ocasión lo "delicioso" que se sentía haberse "liberado de la helada lógica neoliberal de los precios" . Esto constituye una expresión flagrante de analfabetismo económico, un reductio ad absurdum en sí mismo. Este tipo de narrativa de moda viola los principios más elementales de la lógica, incurriendo en petición de principio desde el inicio, al no prestar atención alguna al contenido de las ideas liberales sobre el papel de los precios en la economía, las consecuencias de los controles de renta, o las consecuencias no intencionadas de las leyes de salario mínimo.
¡Quizá la lógica también es "neoliberal"!
Esto es, lo que los intentos de rescatar la visibilidad del término "neoliberal" pasan por alto. Depende, como dice Phil Magness, de generar una definición coherente. Sin embargo, esto convierte el asunto en un debate meramente semántico, de etiquetas. Además, el costo de oportunidad de una disputa sobre el significado del "neoliberalismo" es demasiado alto frente a los constantes abusos del término como etiqueta peyorativa. El legendario Manuel Ayau, fundador de la Universidad Francisco Marroquín en Guatemala, tenía una forma inteligente y divertida de desarmar a sus opositores cuando estos lo acusaban de ser un defensor del neoliberalismo. Él respondía diciendo algo así: "Miren, soy demasiado viejo para que me llamen 'neo'; si quieren acusarme de algo mejor, sugiero que me llamen 'paleoliberal'". Este humor era muy astuto, ya que cambiaba los términos del debate hacia lo que realmente significa el "paleoliberalismo", lo cual, por supuesto, conducía a una discusión sobre las ideas de la libertad: es decir, el liberalismo clásico. Para Ayau y aquellos que lo seguimos, no hay orgullo alguno, ni nada de qué presumir, en el esfuerzo por reivindicar el término. Es una cuestión de principios, no de etiquetas.
Robert Lawson y Phil Magness han publicado un maravilloso compendio de cruzadas contra el neoliberalismo titulado Neoliberal Abstracts. En esta colección, los autores presentan una serie de obras supuestamente académicas que (ab)usan del término "neoliberalismo" como prueba de que alguna versión del corpus ideológico estatista es correcta. Esta obra nos recuerda el magnífico panfleto publicado a finales de los 90 por Álvaro Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner, Manual del perfecto idiota latinoamericano, en el que los autores usan sátira y humor fino para desenmascarar afirmaciones en torno a las teorías de la dependencia y el martirio anti-gringo, a lo largo del espectro político de la región latinoamericana.
Necesitamos más obras de este tipo para, de una vez, proclamar una moratoria al término "neoliberalismo". ¿Acaso las orgullosas voces que se oponen al "neoliberalismo" —signifique lo que signifique— contemplan alternativas mínimamente viables? Esta moda ideológica es, en realidad, una pereza intelectual total; se apoya en una imagen distorsionada del mercado como la manifestación de un orden que solo sirve a los intereses de un puñado de oligarcas privilegiados, sin considerar qué es o qué representa, ni mucho menos estar dispuestos a una conversación civilizada sobre las causas y consecuencias de una sociedad abierta. Ello ha provocado un enorme desperdicio de tinta y de tiempo.
La preocupación honesta es si las economías emergentes de América Latina deben avanzar en la dirección de una sociedad abierta: un sistema de libre mercado basado en derechos de propiedad bien definidos, monedas sanas, el imperio de la ley y un marco institucional que facilite el uso productivo de recursos limitados. Evidentemente, hay muchísimo que debatir y discutir en estas materias.
Pero el uso y abuso de la calumnia "neoliberal" simplemente cierra el camino de la conversación bajo la apariencia de un academicismo serio—y luego, claro, adjudica la victoria.
Montesquieu nos compartió la famosa frase: "cuando la inocencia de los ciudadanos no está asegurada, tampoco lo está la libertad". No es de extrañar que el propio Magness concluya: "los ataques al neoliberalismo ocultan la vacuidad del término que han elegido al convertirlo en un chivo expiatorio universal para todo lo que les disgusta del mundo". A pesar de los heroicos esfuerzos de algunos por rescatar el concepto, todos los liberales clásicos, los defensores de la libertad, deben confinar al "neoliberalismo" al basurero conceptual y denunciar el término como un ejemplo de hipocresía intelectual.
Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The Freeman, el 1 de junio de 2026, bajo el título “The Ghost of ‘Neoliberalism’”. Se reproduce en su versión en español para ElCato.org con permiso de los editores de The Freeman.