Donald Trump y el Teorema de Baglini

Martín Simonetta explica que según el Teorema de Baglioni, los políticos suelen moderar su discurso y acción una vez que llegan al poder.

Por Martín Simonetta

Donald Trump sigue generando polémicas y dudas, en el contexto de su asunción. Entre otras, las que han tomado mayor visibilidad tienen que ver con la política y la economía internacional, despertando alertas en los vínculos con China, Rusia, México, por mencionar sólo algunas.

Como en una exagerada película estadounidense, este empresario —cuya fortuna se acerca a los 5.000 millones de dólares— al que algunos califican de narcisista y que llegó al máximo de su notoriedad masiva a través de su reality show, hoy es parte de la realidad política.

La pregunta del trillón es si el ejercicio de su cargo lo llevará a tener un discurso y una acción más moderados, teniendo en cuenta lo que se conoce como el “teorema de Baglini”: el hecho de que los políticos —a la hora de seducir votos— actúan en virtud de lo demandado por los votantes, pero una vez que asumen la gestión y deben enforcarse en resolver problemas concretos, incrementan su nivel de realismo.

Paradójicamente sus declaraciones poco moderadas e “indignadas” en muchos casos, generaron una identificación con el sentir de algunos sectores de aquel país, hartos con el establishment. A través de un discurso nacionalista tocó temas críticos, que lo llevaron a tener incluso más notoriedad. Algunos de los temas más “calientes” han tenido que ver con la aplicación de restricciones a la inmigración ilegal —especialmente la construcción de un “muro” en la frontera con México— así como las limitaciones al ingreso de productos del mundo para “defender el empleo” de los estadounidenses.

Además, la posibilidad de adoptar restricciones al ingreso de productos chinos a EE.UU. En términos generales, ha puesto en tensión las relaciones con dos de los socios económicos más importantes de EE.UU., como lo son China y México. Por su parte, China, además es el mayor prestamista de EE.UU., siendo el tenedor de más de 3 de cada 10 dólares de la deuda de aquel país. Asimismo, México —junto con Canadá— es parte del —hasta ahora considerado— exitoso proceso de integración comercial de América del Norte, conocido como TLCAN. Agreguémosle el factor adicional de que 1 de cada 10 habitantes de EE.UU. es de origen mexicano: 30 millones de alrededor 300 millones. Sumémosle a todo esto, una paradoja más: Trump tuvo un importante apoyo electoral de la comunidad latina, según indican algunos analistas tal vez guiados por la lógica de que no ingresen más hispanos (más competidores) a ese país por parte de los que ya gozan del permiso formal para vivir y trabajar en el gran país del norte.

Sólo resta esperar las acciones concretas para ver qué realiza efectivamente, este personaje al cual le gusta sorprender, y que conoce y aplica las técnicas de los estudios de mercado realizados por sus asesores de marketing político en cada acto, palabra, movimiento. La historia nos demuestra que las estrategias para ganar una elección no son las mismas que para desarrollar una exitosa gestión de gobierno.

Trump ha hecho reiterado alarde de “no mostrar las cartas a la hora de jugar al poker” con lo cual es posible que —este amante de lo impredecible— busque seguir sorprendiendo. Algunos temas como la incorporación de los “vouchers” educativos (la posibilidad de que los ciudadanos cuenten con “vales” para elegir donde enviar a sus hijos a estudiar, poniendo a competir escuelas públicas y privadas), un fuerte achicamiento del gasto público, especialmente el militar, entre otras ideas “innovadoras”, podrían ser interesantes de seguir. Aunque, repito, Trump no es demasiado predecible. Aunque sí su fin: quedar en la historia de EE.UU.