De pandemias y otras crisis: ¿le toca al estado o a los individuos luchar?

Jesús Renzullo compara la reacción de Italia y Corea del Sur frente al coronavirus y considera que esta comparación pone de relieve la importancia de una ciudadanía responsable antes una pandemia.

Por Jesús Renzullo

Uno no puede evitar sentirse inquieto por la tranquilidad de las calles, por las pocas personas caminando por ellas con tapabocas, por las cifras de infectados creciendo y las fronteras de los países cerrándose más rápido que lentamente. 

Lo que comenzó como un pequeño brote en la ciudad de Wuhan, China, a finales de 2019 es ahora oficialmente una pandemia de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS). El COVID-19, como fue llamada la enfermedad, ha hecho caer los mercados mundiales en un 30%, ha cerrado las fronteras de continentes, ha paralizado la producción de los gigantes desarrollados y ha catalizado una serie enorme de medidas por parte de los gobiernos con tal de contener el virus.

A parte de cierto alarmismo, algunas veces justificado, algo que puede destacarse de toda esta situación es el papel que muchos le han dado al Estado como ente regulador y principal línea de defensa en contra del virus. Los casos exitosos, como China y Corea del Sur, se les atribuyen a las políticas adoptadas por los gobiernos, mientras que los casos como Italia, España y EE.UU. —donde el virus se ha esparcido como el fuego y las muertes por COVID-19 crecen alarmantemente— se considera que el Estado no actuó de forma suficientemente veloz y contundente. En resumen, la percepción es que el Estado es el causante de que el virus se contenga efectivamente o se esparza sin control. 

Sin embargo, se está perdiendo de vista el principal factor que determina el contagio: las decisiones de los individuos. 

En epidemiología, el factor de contagio, conocido como R0, resulta de la multiplicación del número de contactos, por la facilidad de transmisión, por los días que el virus es contagioso en un portador (R0 = Contacto*Transmisión*Días). 

De esas tres variables, cuánto tiempo el virus es infeccioso en un portador, no puede modificarse por lo que la clave para reducir la tasa de contagio es reducir el número de contactos diarios, de ahí las medidas de distanciamiento social y de cuarentena en las que muchos países han incurrido, y reduciendo la facilidad de transmisión de virus, por eso las recomendaciones de lavarse constantemente las manos, utilizar tapabocas y evitar los abrazos, los besos y otros tipos de contacto. 

Los gobiernos, sin duda alguna, tienen un papel en la contención del virus: la comunicación de la situación y de las medidas para evitar que se torne más grave; la vigilancia de ciertas zonas clave bajo su total control, como los aeropuertos, los puertos o los pasos fronterizos; así como ciertas medidas de coordinación y apoyo a entes privados —la entrega de material de protección y de detección para los hospitales— son tareas que el gobierno puede y tiene el deber de cumplir con el fin de aliviar la crisis. 

Sin embargo, las medidas más importantes para evitar el contagio no dependen del gobierno, pues el gobierno se compone de tan solo una mínima fracción de todos los individuos de un país. La efectividad de las medidas para combatir el COVID-19 —y en general, para combatir muchos de los males que aquejan a los países— recae principalmente en que los individuos estén dispuestos a aceptar no solo los beneficios de vivir en sociedad y libertad, sino en la responsabilidad que eso conlleva. Las medidas extremas no son la solución. No existen suficientes policías y vigilantes públicos para contener una pandemia si los ciudadanos no se responsabilizan de su papel en ella. Esto lo demuestran los resultados que han dado las medidas tomadas en Italia y en Corea del Sur, dos casos, uno de fracaso y otro de éxito, que ponen en evidencia que la hipótesis de que las medidas estatales son la variable principal no concuerda con la realidad.

Italia es actualmente el tercer país en número de casos activos (luego de EE.UU. y España) superando los 120.000 casos y el primero en número de muertes (más de 14.000). Su tasa de mortalidad por COVID-19 es del 8%, el doble de la tasa reportada por China y más de 8 veces la tasa mundial. El gobierno italiano ha sido fuertemente criticado por “no haber tomado las medidas necesarias a tiempo” y se culpa en gran medida a la falta de respuesta y lentitud de Roma por la crisis que ahora vive la nación italiana. Pero, veamos de manera objetiva, ¿qué medidas tomó el gobierno italiano? ¿Fueron laxas?

El primer caso de COVID-19 se confirma en la madrugada del 21 de febrero en Lombardía, ese mismo día se confirmaría otro caso en Padua y la primera muerte en el Véneto. Al siguiente día, con el anuncio de más casos llega el primer paquete de medidas especiales de prohibición de entrada y salida, así como la cancelación de paseos escolares y clases en el Lodigiano y Vo', 11 municipios en total. El 25 de febrero el número de casos ha llegado a 328 y el número de muertos a 11, así que las medidas se expanden a otras regiones. Para el 4 de marzo se cancelan las clases en toda Italia y se generan fuertes restricciones en los lugares de reunión. El 7 de marzo un nuevo decreto prohíbe todo desplazamiento en Lombardía y en 14 provincias del Véneto, Emilia Romaña, Piamonte, Las Marcas. El 11 de marzo la cuarentena se hace nacional. Sin embargo, el 12 el número de infectados supera los 13.000 y el de muertes llega a los 1.000, y para el 18 las imágenes del ejército transportando cadáveres a otras regiones debido al colapso de los cementerios deja claro que Italia había fracasado en controlar la pandemia

Sin embargo, para ese mismo momento, un pequeño país de Asia del Este, que había visto la llegada del COVID-19 más de un mes antes que Italia, se había convertido en el ejemplo del combate contra la pandemia. Corea del Sur tuvo su primer caso el día 20 de enero, anunciado por el Ministerio de Salud y Bienestar de Corea del Sur; era una pasajera de un vuelo proveniente de Wuhan detectada por los sistemas del aeropuerto de Incheon, al Norte del país, el 8 de enero. En ese momento se eleva la alerta sanitaria al nivel 2 de 4 en el país. Para el día 28 de enero, con 4 casos positivos, Corea del Sur eleva la alerta a nivel 3 y comienza a tomar medidas para detección del virus: se aumenta  el número de clínicas de detección y se abre la tele asistencia para diagnósticos, se aumenta el número de camas de atención y se aísla a alumnos y profesores que hayan visitado hace poco la ciudad de Hubei, así como a los empleados que llegaran de China. 

El 2 de febrero se prohíbe la entrada al país a los ciudadanos de Hubei y se decreta cuarentena para los casos confirmados, sospechosos y cercanos con multa y sanción penal a quien desobedezca; también se cierran las escuelas con confirmación o sospecha de COVID-19. Para el momento, tenemos 15 casos confirmados. El 13 de febrero se lanza una aplicación móvil de autodiagnóstico y se cierran las guarderías y centros para mayores con casos o sospecha de COVID-19. 

Los días del 19 al 22 de febrero comienza el ascenso crítico de casos en el país. El 23, con 602 casos y 4 muertos, Sur Corea declara el nivel 4 de alerta y declara en cuarentena las provincias de Daegu y y Gyeongsangbukdo. Las próximas semanas verían una escalada exponencial del número de casos, llegando el 7 de marzo a más de 7.000 positivos. Sin embargo, las dos siguientes semanas solo verían un aumento de 1.600 casos. Corea estaba frenando la crisis, la curva iba en descenso. 

Si vemos bien, las medidas tomadas por Italia y Corea del Sur difieren en intensidad, pero no de la forma que esperaría la mayoría. Italia comenzó medidas de cuarentena regional desde el día dos, mientras que Corea del Sur no incurrió en ello hasta poco más de un mes de su primer caso confirmado. Italia canceló nacionalmente clases y actividades poco más de 10 días después de su primer caso, mientras que Corea nunca tuvo que incurrir en medidas tan extremas que hubieran dañado fuertemente su economía, como sucede en Italia.

Sin embargo, el número de casos en Italia se disparó de manera vertiginosa, mientras que en Corea se mantuvo estable por mucho tiempo y aunque tuvo un pico importante, la crisis fue frenada pocas semanas después.

Se pueden decir muchas cosas sobre qué hizo distinto Corea del Sur respecto a Italia: la política proactiva y de “no obstrucción” del gobierno coreano sin duda tuvo un impacto sumamente positivo, permitiendo la detección temprana y rápida del virus (la llamada política coreada de “bali bali”), en contraposición de las políticas de cuarentena dura italianas, que no son recomendables porque siembran pánico y hacen que la gente se salte los filtros necesarios para detectar nuevas infecciones.

Sin embargo,  ninguna de las medidas hubiera sido suficiente sin la participación activa de la población coreana, que respetaba las recomendaciones de distanciamiento social, aprovechaba las herramientas dadas por la administración de Seúl y contribuía con mantener la infección a raya cuidándose a ellos mismos como individuos y a los que los rodean. 

El hecho de que Italia tuviera que cancelar el carnaval de Venecia porque la gente seguía saliendo a las calles a celebrar luego de confirmados los primeros casos; el asalto a los trenes para huir del Norte luego del decreto de cuarentena de Lombardía, Véneto, Emilia Romaña, Piamonte y Las Marcas los días siguientes al 8 de marzo;  son demostraciones de que muchos italianos se negaban a responsabilizarse de su rol en la detención de la pandemia. Ni en Lombardía, ni en Daegu, ni en Sao Paulo, ni en Caracas hay suficientes soldados, policías o personal de salud como para detener una oleada de gente que se niega a entender que vive en sociedad y por lo tanto debe actuar en consecuencia. 

La diferencia no la hizo el número de restricciones, ni tampoco el grueso de las filas de personal de seguridad, ni el número de controles en las carreteras. La diferencia la hicieron los ciudadanos, porque son el vehículo de transmisión y por lo tanto los principales causantes de que la pandemia se esparza o se extinga.

Los ejemplos de Italia y Corea del Sur son ilustrativos por muchas razones: nos enseñan la importancia de generar políticas que vayan de la mano de la población y no contra ella; demuestran que una administración pública proactiva y no obstructiva genera muchos más réditos que políticas duras. Sin embargo, la lección más importante es que una ciudadanía responsable es la clave para una sociedad próspera y adaptable, mientras que aquellas sociedades que dejan en manos del Estado la tarea de los individuos encuentran en esa solución un problema mucho más grande.

Erich Fromm, psicólogo y psicoanalista social alemán, escribe en su libro El miedo a la libertad, que los seres humanos tenemos miedo de ser libres, porque la libertad conlleva a la soledad y la responsabilidad. Los ciudadanos de muchos países libres, omo Italia, EE.UU., España y Ecuador, parecen haber resuelto ese miedo disfrutando de los beneficios de la libertad, mientras encargan al Estado las responsabilidades que eso conlleva. 

Los análisis que resaltan los problemas que enfrentan las sociedades libres en situaciones de crisis y cómo los gobiernos fuertes e incluso autoritarios tienen una gran ventaja a la hora de enfrentarlas, recuerdan al congreso romano justificando la necesidad de un dictador. La libertad no es el problema, el problema es querer disfrutar de ella sin ser responsables por ella y el COVID-19 nos ha demostrado que muchos aún faltan por entenderlo.