Curioso liberalismo olvidado

Carlos Rodríguez Braun reseña el libro de Helena Rosenblatt La historia olvidada del liberalismo, en el que pretende demostrar que el laissez-faire y la defensa del mercado libre realmente no son liberales.

Por Carlos Rodríguez Braun

El hecho de que personas y doctrinas diferentes enarbolen la bandera del liberalismo sólo puede asombrar a quienes desconocen la historia de las ideas o cultivan el apego a las etiquetas exclusivas. No por esa diversidad es aconsejable abandonar el término, del mismo modo que resultaría absurdo dejar de hablar de socialismo sólo porque lo hayan respaldado socialistas diferentes, como Pol Pot y Pedro Sánchez. 

La izquierda, siempre diestra en la propaganda, no tiene dificultad en asumir su polisemia. Las contradicciones se descartan cómodamente mediante un abanico de ardides. Con enorme talento, en una oportunidad sentenció Gaspar Llamazares que si un comunista es un asesino, entonces no es comunista. 

La forma de sortear estas trampas es recurrir a la lógica y la contrastación empírica. Ellas nos indican que el socialismo, en todas sus variantes, en mayor o menor medida, limita la propiedad privada y los contratos voluntarios. Dirá usted: por lógica, el liberalismo debería defenderlos. Pero las cosas no son tan sencillas. Hay una corriente de pensamiento que sostiene que si el liberalismo los defiende, entonces no es un genuino liberalismo sino un pérfido “neoliberalismo”. Lo sugiere Helena Rosenblatt en su reciente libro La historia olvidada del liberalismo (Crítica), que pretende demostrar que el laissez-faire y la defensa del mercado libre no son realmente liberales. 

El relato es conocido, y nada sencillo, porque tiene que demostrar que el liberalismo es una actitud patriótica y generosa en pro del bien común, pero que no defendió en especial la propiedad privada, ni la religión, y que cuando propugnó el libre comercio lo hizo con la boca pequeña y sin éxito alguno. Es realmente osado afirmar esto para Bastiat y sus contemporáneos manchesterianos, que lograron la derogación de las Corn Laws en 1846 y la firma del Tratado Cobden-Chevalier en 1860, hitos librecambistas que doña Helena prefiere ignorar. 

Al final, se trata de que creamos que Hayek no es realmente liberal, pero que si lo son: Friedrich List, Hobson, Hobhouse, Dewey, T.H. Green, Beveridge, Franklin Roosevelt y un amplio abanico de figuras que no plantearon objeciones profundas ante la expansión del poder político, o las plantearon con contradicciones, desde Mill hasta Rawls, o directamente la propiciaron. 

En suma, los liberales partidarios de un Estado contenido vendrían a ser hostiles al bien común. Y así vamos resbalando hacia la fantasía de que hemos sido invadidos por el mercado libre, y de que urge un reformismo social para evitar las crisis financieras y las desigualdades. Es decir, lo mismo que afirman los socialistas de todos los partidos. 

En este baile curioso, y hablando de olvidar, parece que hay liberales que olvidan que la libertad no depende de la forma del poder, sino de sus límites.

Este artículo fue publicado originalmente en Expansión (España) el 20 de julio de 2020.