Cuando los que mandan pierden la vergüenza

Víctor Pavón comenta la reciente renuncia del presidente Horacio Cartes su posible ingreso al senado.

Por Víctor Pavón

Los gobiernos y sus políticos no crean riqueza alguna en favor de sus prójimos. Más bien viven de los demás, de los que trabajan y pagan sus impuestos. A diferencia del populismo que afecta incluso a los países con más desarrollo y que redistribuye el dinero ajeno, la genuina tarea política consiste en fortalecer la institucionalidad y la participación ciudadana. Más allá de esto, los gobiernos son sumamente peligrosos, en especial cuando aprueban malas leyes, regulaciones y privilegios.    

No en vano en la antigua tradición anglosajona que suscitó el orden de la libertad bajo la ley, se decía que confiar en los agentes del gobierno era como ponerse una soga en el cuello. Sabio consejo y muy vigente.

Los políticos en realidad son proclives a utilizar el poder y la mentira para beneficio personal y a esto se le llama corrupción. El tráfico de influencias, el enriquecimiento ilícito, las exacciones ilegales, el fraude, la malversación, el lavado de dinero de origen delictivo,  el cohecho y otros incitan al grado de la prevaricación de jueces y fiscales. Los efectos dañinos se notan en el corto y largo plazo.

Afortunadamente hay una fórmula para ello. Frente a la corrupción hay una única respuesta: tolerancia cero y un gobierno limitado a funciones específicas. Y es aquí donde entra la justicia. Los castigos y decisiones emanadas de la justicia se fundan en el noble concepto de la igualdad ante la ley y no a través de la ley.

Preservar una independiente y sabia justicia en los países de menor desarrollo como el Paraguay es fundamental para su progreso, en especial por su población mayoritaria de jóvenes que requiere de insertarse en el mundo global. Caso contrario, nuestra juventud seguirá tropezando con las dificultades propias de un país que por sus rapaces políticos y por el descrédito público de su justicia, hacen huir al capital, la tecnología y  la inversión, las bases de más y mejores oportunidades y de puestos laborales.

Es por ello que resulta imperioso terminar de una vez por todas con una historia y práctica dadas en Paraguay por el cual la Constitución es considerada un documento de papel, al acoso de los poderosos que ostentan el poder de turno.

El asedio a la justicia no ha cesado. De la pluma firmada por los miembros de la Corte Suprema de Justicia, ¡se habilitó en contra de las disposiciones constitucionales la candidatura como senadores de los señores Cartes y Duarte Frutos! El descrédito de la justicia es una colosal deuda con las personas.

El caso mencionado deja antecedentes peligrosos. Se está llamando a otros a hacer lo mismo, lo que implica dejar intacta aquella práctica política del predominio de las necesidades del poder de turno sobre la Constitución. 

Todavía más, las personas comunes con casos en los tribunales, cualquiera sea el ámbito, encuentran un justificativo para buscar sus propias sentencias, con otras “soluciones”, cumpliéndose aquello de cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto.