Cuando "innovador" era un insulto en lugar de un cumplido

Radek Stefanski destaca cómo la cultura occidental se volvió gradualmente más receptiva a las nuevas ideas, lo que contribuyó a convertir el ingenio en prosperidad sostenida.

Por Radek Stefanski

Resumen: Durante siglos, el término "innovador" fue un insulto más que un cumplido. Un nuevo análisis de más de 23.000 libros sugiere que la cultura occidental se volvió gradualmente más receptiva a las nuevas ideas, lo que contribuyó a convertir el ingenio en prosperidad sostenida. Los países en los que la resistencia a la innovación disminuyó antes o en mayor medida suelen haber producido científicos e inventores más destacados. Las sociedades que aprendieron a acoger nuevas ideas se hicieron más ricas, y el nivel de vida aumentó sustancialmente, especialmente para los pobres. 

En 1548, el gobierno de Eduardo VI de Inglaterra, de tan solo 10 años, emitió una proclamación contra quienes "innovaran". Los infractores "serían condenados a prisión y a otros castigos severos". El objetivo eran los cambios no autorizados en las ceremonias de la Iglesia, pero durante más de dos siglos, la palabra "innovador" siguió siendo una acusación. Mi investigación sugiere que la disminución gradual de esta hostilidad hacia la novedad ayudó a Occidente a convertir las nuevas ideas en un progreso económico sostenido.

Una innovación es una idea nueva que se pone en práctica: un arado mejor, una nueva rotación de cultivos, una vacuna. Estas ideas son importantes porque, a diferencia de una barra de pan, pueden ser utilizadas por muchas personas al mismo tiempo sin agotarse. Un agricultor que le da una barra de pan a un vecino ya no la tiene, pero si le enseña al vecino una mejor manera de cultivar trigo, ambos pueden aprovechar ese conocimiento. Cada agricultor sigue necesitando su propia tierra, semillas y mano de obra, pero el método solo tiene que descubrirse una vez; después de eso, otros pueden adoptarlo y las generaciones futuras pueden mejorarlo. Resistirse al nuevo método puede privar de sus beneficios a personas mucho más allá de la granja donde se originó.

Pero un invento útil puede dejar a alguien sin trabajo. El historiador romano Suetonio cuenta cómo un ingeniero le ofreció al emperador Vespasiano una forma económica de transportar columnas al Capitolio. El emperador lo pagó bien, pero rechazó el dispositivo, diciendo que tenía que alimentar a sus pobres. Diecisiete siglos más tarde, los trabajadores textiles ingleses conocidos como luditas destrozaron las máquinas a las que culpaban de reducir sus salarios, y su nombre se convirtió en sinónimo de tecnofobia. Hoy en día, destacados matemáticos advierten sobre los efectos de la IA en su profesión. Si bien sus preocupaciones sobre cómo se capacita a los matemáticos y cómo el campo fomenta la comprensión son serias, a ninguna profesión le agrada contemplar su propio reemplazo. La resistencia no puede descartarse como ignorancia cuando las pérdidas son inmediatas y personales, mientras que muchas de las ganancias van a parar a manos de extraños o de generaciones futuras.

La forma en que una sociedad responde a la innovación depende en parte de su cultura, de las creencias y los valores que las personas aprenden unas de otras y transmiten de generación en generación. Un método desconocido puede poner en riesgo la cosecha de un agricultor y, en una cultura recelosa de lo nuevo, su reputación ante sus vecinos. Donde se valora la obediencia, el cuestionamiento de un académico a la enseñanza establecida puede ser tratado como insolencia antes de que alguien considere la evidencia. Cuando cuestionar las opiniones aceptadas se vuelve menos costoso, el mismo esfuerzo puede generar más descubrimientos, y como cada descubrimiento se convierte en materia prima para el siguiente, los beneficios pueden acumularse a lo largo de los siglos.

Para rastrear cómo cambiaron las actitudes hacia la innovación a lo largo del tiempo, analicé lo que las generaciones anteriores elogiaban y condenaban en más de 23.000 libros de la tradición literaria occidental, disponibles en inglés o traducidos al inglés a través de Project Gutenberg. Estos libros conservan las opiniones de una minoría alfabetizada, pero una que desempeñaba un papel desmesurado en la enseñanza, el gobierno y la innovación.

En primer lugar, adapté un marco creado por el psicólogo holandés Geert Hofstede para comparar culturas nacionales. Mediante inteligencia artificial, califiqué cada libro según los valores culturales de ese marco, enfocándome en los cuatro más relevantes para la innovación: la deferencia hacia la autoridad, la incomodidad ante la incertidumbre, el individualismo y lo que denomino "paciencia", que abarca el ahorro, la planificación y la adaptación de las prácticas heredadas a circunstancias cambiantes. La IA leyó pasajes de varios miles de palabras de cada libro y determinó si cada pasaje respaldaba, rechazaba o no tomaba una postura clara respecto a cada valor cultural. La puntuación de cada libro refleja la proporción de pasajes que apoyan un valor menos la proporción de los que se oponen a él. Dado que la IA evalúa lo que cada pasaje argumenta, en lugar de contabilizar la frecuencia con la que utiliza palabras vinculadas a un valor, el método distingue lo que un libro respalda de lo que simplemente describe.

Catorce académicos de literatura y estudios clásicos de la Universidad de St Andrews compararon pares de libros seleccionados por sus fuertes contrastes, evaluando qué libro de cada par se inclinaba más hacia un valor determinado, sin ver las puntuaciones de la IA. Dejando de lado los casos en los que un académico no conocía ambos libros o los consideraba más o menos iguales, coincidieron con la IA en el 93 por ciento de las ocasiones. Si conoces los libros, puedes ver si estás de acuerdo con la IA.

Luego combiné los cuatro valores culturales en un índice de resistencia que aumenta con la deferencia hacia la autoridad y el malestar ante la incertidumbre, y disminuye con el individualismo y la paciencia. Los libros más antiguos permanecen en el índice a medida que aparecen otros nuevos, pero gradualmente reciben menos peso. El índice muestra que la resistencia a la innovación se redujo aproximadamente a la mitad entre los años 1000 y 1920. Repetí el ejercicio con aproximadamente 5.000 libros de cuatro colecciones ajenas al Proyecto Gutenberg y, nuevamente, observé una disminución de la resistencia entre 1500 y 1890.

¿Qué podría explicar ese descenso? La historiadora económica Deirdre McCloskey sostiene que la imprenta, la reforma religiosa y la agitación política le dieron más voz a la gente común, de modo que el comercio y la innovación pasaron a ser admirados en lugar de despreciados. El premio Nobel Joel Mokyr señala un cambio relacionado entre la élite educada de Europa, que comenzó a cuestionar la autoridad heredada y a compartir lo que descubría. El lema de la Royal Society, fundada en 1660, se traduce como "no te fíes de la palabra de nadie".

Los libros respaldan en general esta línea de tiempo, pero sugieren que el cambio comenzó antes. El índice cayó drásticamente entre aproximadamente 1130 y 1230, siglos antes de la imprenta o de la Royal Society, aunque la evidencia inicial es escasa y esa caída se revirtió parcialmente más tarde. La mayor parte del declive duradero se produjo después de 1500, y la deferencia hacia la autoridad disminuyó más rápidamente en el siglo XVI y a principios del XVII.

¿Aumentaron las invenciones a medida que disminuía la resistencia? Para averiguarlo, agrupé los libros por país de origen y elaboré un índice separado para 13 países. Entre 1500 y 1900, los países cuyo índice cayó antes o en mayor medida produjeron científicos e inventores más destacados, incluso al tener en cuenta que las poblaciones más numerosas cuentan con más innovadores potenciales. El patrón concuerda con la narrativa cultural, pero se trata de una asociación más que de una prueba de causalidad, ya que la prosperidad y las instituciones también pueden modificar las actitudes hacia las nuevas ideas.

¿Qué tan importantes podrían ser estos cambios de actitud hacia la innovación para los niveles de vida? Supongamos que la población hubiera crecido exactamente como lo hizo entre 1000 y 1920, pero que el índice de resistencia se hubiera mantenido en su nivel del año 1000. Mi modelo de crecimiento, que se basa en supuestos sobre el grado en que la cultura afecta a la invención, sugiere que para 1920 la productividad habría sido aproximadamente un 44 por ciento menor, lo que habría hecho que los mismos trabajadores y equipos produjeran poco más de la mitad. El modelo atribuye aproximadamente dos tercios de la aceleración en el crecimiento de la productividad entre 1500 y 1700 a la disminución de la resistencia a las nuevas ideas.

Vespasiano rechazó el dispositivo del ingeniero para proteger a los pobres. Sin embargo, gracias a alimentos más baratos, mejores medicinas y un trabajo menos agotador, los pobres han sido los grandes beneficiarios de la innovación. Nadie tiene que mejorar un cultivo para comer una barra de pan más barata ni entender cómo funciona una vacuna para estar protegido por ella. Todos nos beneficiamos de una cultura en la que "innovador" ya no es un insulto.

Este artículo fue publicado originalmente en HumanProgress.org (Estados Unidos) el 2 de octubre de 2026.