¿Cuál es la viga maestra?

Manuel Hinds considera que a pesar de lo importante que es volver a la normalidad, es aún más esencial restituir las instituciones democráticas que controlen a un presidente que ya ha demostrado generar caos y comportarse de manera arbitraria.

Por Manuel Hinds

La situación del país se ha ido complicando seriamente en los últimos dos o tres meses. Apenas en enero y febrero, El Salvador parecía tener todo a su favor. Después de dos periodos presidenciales en que la inversión había sido reprimida por el ataque sistemático que, por razones ideológicas, el gobierno había montado contra el sector privado, la economía parecía estar a punto de despuntar como resultado del optimismo interno y de la favorable imagen que el gobierno había establecido internacionalmente. Pero en marzo todo esto cambio radicalmente. En ese mes, la pandemia que ha causado mucho daño en muchos otros países se acercó al nuestro. La reacción inicial del gobierno fue la esperada de un país moderno. Se cerró rápidamente a la inmigración de los países ya atacados, y se movió a una cuarentena temprana. De allí en adelante, todo ha ido mal.

Era desde entonces ya bien sabido que las medidas de aislamiento no curan las epidemias y dan sólo una ayuda temporal a su combate: sólo la atrasan. La epidemia eventualmente penetra cualquier cuarentena. ¿De qué sirven estas, entonces? Depende. Depende de lo que el gobierno haga durante el tiempo ganado. Si el gobierno usa el tiempo para mejorar el sistema de salud y organizar la sociedad para enfrentar la crisis, el efecto de la cuarentena es positivo. Si no hace nada, no sirve de nada, y en realidad se convierte en un costo neto, porque las cuarentenas tienen un costo altísimo, no sólo económicamente (dejar a la población sin ingresos impone un costo humano enorme) sino en términos de salud mental y física, y aun en términos de incrementar ciertos riesgos de contagios del mismo coronavirus en espacios cerrados. En El Salvador, todo ha ido mal porque el gobierno no solo no ha hecho nada para mejorar el sistema de salud sino que también ha hecho muchas cosas que están perjudicando al país seriamente.

Las complicaciones de la pandemia se fueron volviendo cada vez más negativas y más complejas porque el gobierno, entusiasmado tal vez por la respuesta inicial de congratulaciones por haber actuado decisivamente y muy al principio, creyó que la única cosa que había que hacer para resolver la crisis era apretar cada vez más la cuarentena, de tal modo que el mantener encerrada a la población se convirtió de un medio para que una estrategia bien armada de salud pudiera funcionar, en el fin último de la política gubernamental. No es atrevido pensar que en esa decisión hubo una mutación no sólo de medio a fin, sino también de los objetivos que el gobierno estaba persiguiendo con sus políticas ante la pandemia. De tratar de salvar a la población de esta amenaza, el gobierno, dándose cuenta de las enormes posibilidades que tener encerrada a a la población ofrecían para establecer una dictadura, se dedicó a establecer lo que desde antes había querido: convertir al presidente en un autócrata.

Así, la situación cambió de una manera siniestra, con la imposición de una cuarentena terriblemente estricta sobre la población que, como muchos médicos han aclarado, ya no responde a ninguna necesidad médica sino a un proyecto de poder. Por ya más de un mes, el presidente ha impuesto este nuevo régimen con terribles consecuencias en la economía y el estándar de vida de la población. Más de 2.000 personas se encuentran prácticamente presas, muchas de ellas en condiciones infrahumanas, bajo el grave y consciente peligro que el gobierno ha impuesto en ellas por el cargo de haber circulado por las calles cuando el presidente había dicho que no lo hicieran, y los demás por haber regresado del extranjero en el momento en el que hay una pandemia; muchos otros se encuentran varados en otros países, viviendo de la caridad ajena, sin poder regresar a El Salvador y temiendo hacerlo porque si los hacen los van a meter a esos centros de contagio, por periodos indefinidamente largos; la salud pública está en su nivel más bajo de la historia que puede recordarse, no sólo porque el gobierno no permite a la gente enferma de cualquier cosa circular para acercarse a los hospitales y centros de salud sino porque la desorganización general del gobierno ha permeado profundamente estas instituciones, de modo que la probabilidad de morir no sólo de coronavirus sino de cualquier otra enfermedad ha aumentado significativamente; el gobierno dispara nuevos decretos continuamente, incluyendo unos emitidos en las madrugadas, a través de los tweets arbitrarios que ahora establecen las reglas por las cuales la población tiene que regirse, violatorios todos de la Constitución que da estructura a nuestra sociedad; las fuerzas armadas han regresado a su arcaico papel de reprimir a la población, papel que habían abandonado desde los Acuerdos de Paz para convertirse en una institución moderna, profesional y respetada por la población; la imagen internacional de El Salvador ha pasado de ser un país en cambio positivo a ser un ejemplo de las macabras tiranías de hace más de un siglo; la producción del país ha caído brutalmente como consecuencia de la inmovilización del país, tanto que si esto sigue vamos a llegar a una hambruna.

Cegado por la adulación de los que están cerca de él y por el placer infantil de que a él los coroneles le obedecen, el presidente no parece darse cuenta de que está jugando al aprendiz de mago, que está sembrando vientos, y que cuando éstos se conviertan en tempestades el país caerá en un caos que él mismo no podrá manejar, llevando al país a una crisis no solo política y económica sino a una que requerirá ayuda humanitaria de otros países en un momento en el que esos otros países no están en condiciones de darla.

Todavía hay tiempo para que esto no suceda. Esto, sin embargo, se ve cada día más difícil, porque el problema se va volviendo no sólo más profundo sino más complejo, ya que el presidente abre continuamente nuevas direcciones en las que el país puede colapsar, atacando con sus tweets cada dimensión en la que éste tiene que funcionar para no morir.

Los ciudadanos tienen que actuar para detener esta orgía de destrucción, pero, ¿cómo hacerlo? En una situación tan compleja, lo mejor es tomar una cierta distancia y preguntarse, como lo hacen los ingenieros cuando tienen que reparar un edificio que está a punto de colapsar, ¿cuál es la viga maestra en este edificio? ¿Cuál es la viga que hay que asegurarse primero de que está funcionando bien para que el resto no se caiga?

La ANEP y ARENA pensaron recientemente que la viga maestra de la salvación del país era la salida de la cuarentena. Sin duda que hay razones para pensar que esa viga es crucial. Si la economía no produce el colapso va a ser total, y mientras más se tarde, más grande y rápido será. Pero el resultado de lo que ellos trataron de hacer (ayudar al gobierno a pasar una ley que volvía peor el aislamiento con la promesa, no escrita ni dicha públicamente, de que en dos semanas se abriría la sociedad), no fue lo esperado sino un engaño terrible en el que el gobierno sacó el apoyo sin dar nada.

Eso fue así porque, con todo lo importante que es volver a la normalidad, quitar la cuarentena no es la viga maestra. La viga maestra es la restitución de las instituciones democráticas, que hubieran vuelto imposible que el presidente actuara y siga actuando con la arbitrariedad que está desplegando en todas sus actuaciones, regando el caos y destruyendo todas las otras vigas y columnas en las que descansa la sociedad. En una institucionalidad democrática, aun en una en desarrollo como la que tenía el país hace un par de meses, el presidente no podría haber impuesto esta cuarentena arbitraria ni militarizar al país ni estar destruyendo la economía, ni estar haciendo toda la destrucción arbitraria que anuncia cada día, como si corriera diariamente de un lado a otro para botar una y otra de las columnas y vigas del orden social. No los podría haber traicionado.

La sociedad no se puede salvar con una economía bien manejada con un presidente que crea caos diariamente porque no tiene instituciones democráticas que lo controlen. Lo que hay que hacer es restituir esas instituciones, hacerlas que funcionen, obligar al presidente a que las obedezca, y entonces pasar a reparar las otras vigas, sin estar temiendo que él las siga destruyendo. La democracia en un marco del imperio de la ley es la viga maestra.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de Hoy (El Salvador) el 10 de mayo de 2020.