Cómo las prohibiciones de viajes no lograron detener la propagación del COVID-19

David Bier dice que la fijación de Trump con las restricciones a la inmigración y las prohibiciones de viajes internacionales desviaron su atención de las mucho más importantes medidas domésticas para controlar la pandemia.

Por David J. Bier

El Presidente Donald Trump firmó una orden prohibiendo gran parte de la inmigración legal del extranjero el mes pasado. Fue la última de una serie de acciones por parte de la administración de Trump para restringir la inmigración y los viajes. El presidente se ha jactado de estas “prohibiciones”, primero de viajeros provenientes de China y luego de otros países, como medidas tempranas y efectivas para detener la pandemia, pero estaba equivocado.

Un nuevo análisis del Instituto Cato muestra que los aeropuertos estadounidenses registraron casi 10,7 millones de ingresos (en gran medida de viajeros sin ciudadanía estadounidense) directamente de países con casos confirmados de COVID-19 hasta el 7 de abril. El gobierno esperó un promedio de 18 días luego de que un país tuviese casos confirmados para imponer cualquier restricción de vuelos, y para más de dos docenas de países, esperó más de un mes. 

Las prohibiciones de Trump no pudieron detener todos los viajes por parte de los ciudadanos estadounidenses y de los residentes legales permanentes. Incluso si fuesen mucho más estrictos hacia los no-ciudadanos y si lo hubieran sido mucho más temprano, no hubiera importado.

Demasiados viajes ya se habían dado, y demasiados ciudadanos estadounidenses viajan. Aún así, Trump hizo de estas prohibiciones una parte esencial de su respuesta temprana a la pandemia. Muchas veces citó estas como una forma de proteger a los estadounidenses, pero la evidencia muestra que debería haberse enfocado más en las medidas domésticas.

A principios de febrero, le aseguró al público que su prohibición del 2 de febrero de casi todos los viajeros provenientes de China que no eran ciudadanos de EE.UU. habían “detenido” ese flujo de inmigrantes. Aún así para cuando se estableció la prohibición, EE.UU. ya había recibido a más de 436.000 pasajeros de China (casi todos sin ser ciudadanos de EE.UU.) desde que la epidemia fue reportada allí el 31 de diciembre. 

Entre estos pasajeros chinos habían más de 6.000 provenientes de Wuján —el centro de la epidemia. Uno de estos pasajeros de Wuján entró a EE.UU. en Chicago el 13 de enero, siendo esta la primera entrada de una persona infectada con COVID-19 e identificada como tal. Incluso después de que el presidente restringiera los viajes, otros 43.000 pasajeros ingresaron al país en vuelos directos desde China —62% no eran ciudadanos estadounidenses.

A mediados de marzo, el presidente decidió restringir los viajes desde Europa, deteniendo todos los vuelos desde el área Schengen y tres días después desde Irlanda y Gran Bretaña. A principios de abril, el presidente se jactaba de que él “aisló a Europa muy temprano”. Pero, nuevamente, ya habían habido alrededor de 2,6 millones de ingresos (en gran parte de no ciudadanos de EE.UU.) de países con COVID-19 en Europa y las Islas Británicas.

La última restricción se dio el 20 de marzo cuando EE.UU. dejó de emitir visas a nivel mundial excepto en circunstancias de emergencia. Esta última restricción era más laxa que las anteriores porque solo se aplicaba a los nuevos solicitantes de visas. La gente que ya tenía visas (esto es, permiso de viajar) todavía podía venir a EE.UU. 

Varios países sin restricción alguna habían registrado casos muchas semanas antes. Las Filipinas e India, por ejemplo, identificaron sus primeros casos 50 días antes de que la administración de Trump restringiera las visas. Para Japón, Corea del Sur, Taiwán, y Australia, esto tardó casi dos meses. Incluso ahora, los ciudadanos no-estadounidenses de estos países pueden viajar legalmente sin visa.

En el caso de China y Europa, las prohibiciones hicieron excepciones para los ciudadanos estadounidenses, los residentes permanentes legales y sus familiares inmediatos. En el caso de la suspensión de las visas, la prohibición contemplaba excepciones para todos los tenedores actuales de cualquier tipo de visa. El resultado fue que hubo casi un millón de ingresos de países con casos de COVID-19 después de que fuesen implementadas las restricciones.

Aún así la orden del presidente el mes pasado fue mas obtusa que esta suspensión amplia, dado que se aplicaba solamente a una porción de las visas. En la práctica, realmente no cambiaba nada.

Siempre fue un caso perdido esperar que las restricciones impulsivas de viajes para los extranjeros tuvieran algún efecto significativo sobre la epidemia en EE.UU., en ese momento o ahora. Demasiados estadounidenses (ya sean estos ciudadanos estadounidenses o no-ciudadanos con residencia legal permanente) viajan, y las investigaciones epidemiológicas muestran que incluso un pequeño número de viajeros pueden propagar la enfermedad de manera igual de efectiva. 

Por esta razón es que el COVID-19 se ha encontrado en prácticamente cada país sin importar su nivel de inmigración. El problema no es que Trump actuara demasiado despacio. El problema es que se fijó casi exclusivamente en los viajes internacionales y lo hizo mucho después de que EE.UU. se convirtiera en el líder mundial en cuanto a los casos de COVID-19. Este enfoque miope en la migración podría explicar por qué su administración hizo tan poco para preparar una respuesta doméstica vigorosa. 

Trump quiere felicitarse por haber restringido los viajes antes que otros países. Aún así muchos de esos otros países han controlado la epidemia mucho mejor que EE.UU. dirigiendo sus energías hacia la realización de pruebas y el rastreo de los casos. EE.UU. necesitaba un líder que buscara herramientas novedosas para detener un virus novedoso, en lugar de volver a su herramienta favorita una y otra vez.

Este artículo fue publicado originalmente en Washington Examiner (EE.UU.) el 14 de mayo de 2020.