Benegas frente al caballo de Troya

Alejandro Bongiovanni reseña el libro Lo impensable. El curioso caso de los liberales mutando al fascismo de José Benegas, donde el autor considera que algunos liberales estarían haciendo una transición peligrosa desde el liberalismo hacia un colectivismo de derecha.

Por Alejandro Bongiovanni

Un autor joven, Cristian Iturralde, cuyos libros publica Unión Editorial Argentina (el sello liberal que publica a Hayek, Popper y Mises) que “hay que defender los valores del fascismo: la patria, la tradición y la familia”, “las mentiras de Núremberg quisieron hacernos creer que los nazis eran criminales, cuando eran verdaderos patriotas”, “el Tribunal de la Inquisición fue el más justo de la historia y Torquemada en realidad fue un hombre piadosísimo”, “Los judíos tuvieron lo que merecían, por algo no los querían en ningún lado”. Este mensaje es difundido en charlas organizadas por uno de esos sellos auto-percibidos como liberales, financiadas distraídamente por think tanks liberales americanos y alemanes.

“Lo de McCloskey es una enfermedad mental y habría que internarla por su bien” me sugiere el liberal coordinador de una red de jóvenes liberales. Deirdre McCloskey es una economista e historiadora económica liberal, que se llamaba Donald antes de realizarse una operación de cambio de sexo.

“El gobierno de facto es más barato que el gobierno democrático” publica el sitio referencia de la derecha vernácula y los liberales locales se ponen a analizar si conviene más una democracia que sale Y o una dictadura que sale Z. “El nazismo era en realidad nacionalsocialismo” recuerdan, pero menos para elevar el costo del socialismo (que tiene sus propias y masivas muertes) que para devaluar al nazismo. Lo malo del nazismo fue su economía planificada, concluye el liberalismo doméstico.

Hans Hermann-Hoppe, miembro del Mises Institute, llama a discriminar activamente a todo aquel que no sea blanco y heterosexual, y adolescentes liberales con sobredosis de aislamiento y enojo sin canalizar aplauden rabiosos mientras que desde cuentas anónimas sueltan memes insultantes.

Los liberales clericales se frotan las manos. En el peor momento de la Iglesia –por sus escándalos intestinos y por su atrasada cultura frente a la modernidad– el miedo que despierta la diversidad producto del capitalismo y la globalización, llega un aire nuevo y acaso una esperanza de mantener y aumentar el poder temporal. En un evento liberal una expositora muestra el avión tomado por los terroristas chocando contra las Torres Gemelas. En la pantalla siguiente muestra tres mujeres en tetas en alguna protesta en una ciudad europea. Si permitimos discutir los valores cristianos, el castigo será el terrorismo musulmán, dice.

En Europa y en América Latina reverdecen viejos colectivismonacionalismo, clericalismo, fascismo, nazismo, franquismo, carlismo– que tuvieron de enemigo al comunismo tanto como al liberalismo cosmopolita, moderno e individualista.

El clima se enrarece. De pronto, quien ayer peleaba a tu lado para derrotar al esperpento del llamado Socialismo del Siglo XXI hoy te dice que la libertad conseguida no debe usarse para tal o cual cosa. Libertad sí, pero siempre que vaya en el sentido correcto. El problema no era el Estado sino la dirección del Estado.

La mitología cuenta que Laooconte intentó advertirle a los troyanos que no debían entrar el caballo de madera a la ciudad. ¡Necios, no os fieis de los griegos ni siquiera cuando os traigan regalos! No fue escuchado por los troyanos y ya se sabe qué pasó con Troya.

El libro de José Benegas Lo impensable. El curioso caso de los liberales mutando al fascismo es un grito de advertencia. Estamos haciendo una transición peligrosa del liberalismo al colectivismo de derecha. El enorme empuje que la izquierda desarrolló durante décadas nos está llevando a una reacción de igual fuerza pero sentido opuesto, hacia la derecha. El liberalismo, subraya Benegas, no tiene nada que ver tampoco con este lado. Quizás cuando lo entendamos ya sea tarde y arda Troya.

Benegas desenreda con paciencia los mitos de la derecha disfrazada de liberal. Dedica el capítulo inicial al citado Hoppe, un colectivista biologicista de derecha, insólitamente encumbrado por varios grupos liberales. Aplica los principios del liberalismo en temas como inmigración, soberanía, auto-propiedad y racismo. Aclara que, claro, todos tenemos derecho a tener prejuicios pero que cuando los prejuicios se convierten en un programa político es cuando nace el fascismo. En otras palabras, usted tiene derecho a que no le gusten los negros o los homosexuales (en estos gustos no aplica el liberalómetro, acaso sí el estupidómetro) pero cuando estos prejuicios pretenden organizarse políticamente hay que ponerse en guardia.

Benegas desmitifica el concepto de “Occidente en peligro” recordándonos que en cierto momento histórico el liberalismo fue la “infección de occidente” y que si el liberalismo se desarrolló en occidente fue por la misma razón que los anticuerpos contra una enfermedad se desarrollan en el cuerpo enfermo. El hoy idealizado “occidente” (nuevo “ser nacional”)  fue, previo al liberalismo, un lugar signado por la tradición totalitaria de la Iglesia, el absolutismo monárquico, de los privilegios, las castas, la censura de ideas y los siervos de la gleba. Al que hay que salvar es al liberalismo, no a occidente.

Los nuevos liberales creen que liberalismo es mero antónimo de socialismo, por lo que todo lo que sea contrario al socialismo debe ser liberal. Lleva una inversión de tiempo y lectura –que cada vez menos quieren asumir. Si total con quotes y memes el mundo se comprende igual– el abarcar el liberalismo como una corriente histórica mucho más amplia, rica y compleja. El liberalismo, parece básico pero resulta pertinente aclararlo, está a favor de la libertad. No está a favor (ni en contra) de alguna moral sexual, de algún formato familiar o de alguna forma de estructurar una empresa. El neo-fascismo disfrazado de liberalismo está logrando legitimarse, usando el resentimiento lógico que quedó como resabio de tantas décadas de presión socialista. Sus plan no es la libertad sino el orden; no es occidente (con lo que sea que signifique) sino Dios, patria y familia; no es la menor intervención del Estado posible sino un Estado que intervenga en la dirección correcta.

¿Servirá esta advertencia de Benegas? ¿Llegará a tiempo? Sería tan falso decir que está solo como decir que son muchos quienes lo acompañan. De los fascistas disfrazados de liberales no se puede esperar demasiado. El internismo en el liberalismo es su estrategia y no les está yendo mal. Los liberales verdaderos todavía están tan obnubilados por el daño que hizo el socialismo que no se preocupan por el origen de los ataques contra la izquierda, ni si se dirigen exclusivamente contra la izquierda. Es momento de disfrutar que la izquierda está en problemas, dicen, sin evaluar si no están ayudando a crear un monstruo populista de derecha. Los liberales más jóvenes disfrutan una guerra imaginaria contra todo lo que sea “marxismo cultural”. En la bolsa meten legisladores que quieren intervenir la economía junto con hombres que quieren casarse entre sí o mujeres que se pintan el pelo de azul. Los liberales más grandes han renunciado a guiar a los jóvenes, porque necesitan su aprobación como nunca antes. El autoestima de los profesores, extrañamente, depende hoy de la cantidad de likes que les den chicos que saben poco o nada (justamente porque aún son chicos) de los temas que enseñan.

Laooconte, además de no ser escuchado por los troyanos, fue asfixiado por serpientes que salieron del mar para callarlo para siempre. Fanáticos y trolls con la viborita de Don´t tread on me tachan de liberprogre o idiota útil a José Benegas o a todo aquel que advierta contra la amenaza de la derecha. El don´t tread on me se convirtió en Tread on them, concluye Benegas.

El panorama no es promisorio. Pero tampoco cabe la desesperanza. Benegas abre con su libro una grieta en la máscara liberal del fascismo. Esto recién comienza.