Aranceles asesinos

Manuel Suárez-Mier indica que los aranceles a las importaciones de acero son un subsidio a la industria acerera mientras que constituye un impuesto a la industria automotriz y otras que utilicen al acero importado como insumo.

Por Manuel Suárez-Mier

Hay un concepto en la teoría del comercio internacional conocido como “protección efectiva” en el que no había pensado en décadas porque mientras cada vez más países se sumaban a la globalización y eliminaban barreras al libre intercambio de bienes y servicios a nivel mundial, parecía ya una noción obsoleta.

Este ya no es el caso desde la aparición del malandrín que habita en la Casa Blanca, quien cree que los déficit comerciales de su país son pésimos, y son consecuencia de malos tratos con sus socios comerciales, lo que pretende corregir imponiendo tarifas para proteger industrias para él prioritarias para la seguridad nacional de EE.UU.

La protección nominal es simplemente el monto del arancel sumado al precio del producto protegido. Si suponemos que la tonelada de acero extranjero tiene un valor en EE.UU. de 900 dólares y que se le aplica un arancel nominal del 25%, ello significa que el acero importado pasaría a costar 1.125 dólares y allí termina la historia.

En la mente rudimentaria de Donald Trump su tarifa le otorga la protección indicada a la industria acerera doméstica, que ahora florecerá como nunca, y todos contentos. El problema es que el acero se usa como insumo en múltiples otras industrias que, por cierto, suelen ser las que mayor valor agregado aportan a la economía.

En la medida que la industria automotriz use de forma importante el acero como insumo intermedio para sus automóviles, que compiten con vehículos importados que tienen hasta ahora una tarifa de cero, como es el caso de EE.UU. frente a México y Canadá, imponer tarifas al acero resta competitividad a los autos de EE.UU., es decir, les impone dolosamente tasas negativas de protección efectiva. 

De hecho, como aprendí de mi querido maestro Harry Johnson en Chicago, la tasa de protección efectiva, noción propuesta por él, opera en realidad como un subsidio para la industria acerera, en nuestro ejemplo, y como un impuesto para la industria automotriz, y todas las demás que lo utilizan como insumo, que variará en relación directa a la proporción del valor agregado que represente el acero en cada caso.    

Este tipo de distorsiones, como se les conoce en la jerga económica a toda medida de política que fuerza la separación de los precios antes y después de su adopción, resulta en una serie infinita de impactos diferenciales, según la proporción que utilicen de los insumos intermedios sobre los que recaen las tarifas.

En nuestro ejemplo, si la industria que fabrica tractores usa el doble de acero como porcentaje de su costo final que la industria automotriz, su tasa de protección efectiva negativa será del doble de la que afecta a los autos fabricados en EE.UU.

Cuando muchos países éramos más o menos proteccionistas, la medición de las tasas de protección efectiva tuvo un auge notable, con el economista húngaro Béla Balassa, del Banco Mundial yendo por el mundo para transparentar las horribles distorsiones introducidas por los aranceles y otros impedimentos al libre comercio.

En México esa labor la hizo con notable eficacia el gran economista Gerardo Bueno, que trabajó muy cerca de Balassa, desnudando la terrible ineficiencia e injusticia que inyectaban en la economía la proliferación, sin ton ni son, de tarifas de enorme disparidad y el resto de los muchos obstáculos al libre comercio.

Tengo la esperanza que la pesadilla proteccionista de Trump se disipe pronto pues las guerras comerciales por él iniciadas están ya introduciendo graves distorsiones en las economías de su país y de los demás que se han visto obligados a actuar en reciprocidad. De no ser así, tendremos que seguir el ejemplo de Balassa y Bueno y empezar de nuevo a medir las tasas de protección efectiva.

Este artículo fue publicado originalmente en Asuntos Capitales (México) el 12 de junio de 2018.