Ajuste global

Macario Schettino considera que si bien una contracción del valor agregado mundial de 5% es algo grave, tampoco significa que se acaba el mundo, aunque hay varias señales de que tardaremos algunos años en volver al mundo “normal” de antes.

Por Macario Schettino

La pandemia, de la que supimos por estos rumbos al inicio de este año, no fue tomada muy en serio por varios países importantes, todos ellos dirigidos por ese tipo de políticos que llamamos populistas: España, Italia, Reino Unido, EE.UU., India, Brasil, México. Aunque no puede uno calificar al PSOE de esa manera, el gobierno actual de España es un híbrido con Podemos, y algo similar ocurre en Italia por la fuerte presencia de Cinco Estrellas. En todos los casos, en realidad se trata de un deterioro general de los sistemas políticos, que han permitido el ascenso de líderes que, en condiciones normales, estarían en los márgenes de la vida pública. 

Es muy llamativa la comparación con naciones gobernadas por mujeres, todas ellas producto de un sistema político más equilibrado, que han tenido resultados mucho mejores en el tema sanitario.

Sin embargo, en todo el mundo el impacto ha sido considerable. Para evitar un contagio sin control, un país autoritario como China simplemente cerró una provincia entera, y mantiene férrea vigilancia en sus fronteras. Corea del Sur, Singapur o Taiwán, sin los excesos autoritarios, han hecho algo parecido. En las democracias occidentales que funcionan hubo distanciamiento, reducción de movimiento y otras medidas de prevención. En las liberales, se hizo un desorden generalizado. Cambia mucho la cantidad de contagiados y fallecidos, pero en todos los casos tenemos una contracción económica importante.

No tiene mucho sentido hacer cuentas con base en el punto más bajo de los datos económicos, que en todos los casos coincide con confinamientos, obligados o no. Obviamente, si nadie trabaja, no se produce. Lo relevante es ver la perspectiva general, que nos indica que en 2020 perderemos algo así como 5 por ciento del valor agregado global. Sin embargo, a diferencia de otras crisis, no habrá un repunte automático en 2021, sino un retorno a la tendencia previa. Dicho de otra manera, la pandemia no es un bache en el camino, sino un escalón. 

En el fondo, esto no es un asunto demasiado grave, no se acaba el mundo ni mucho menos, pero sí se pierden un par de años de generación de riqueza. Digamos que regresamos a 2018, en términos generales, y de ahí continuamos como veníamos. Todo esto, si efectivamente logramos que la amenaza del contagio se reduzca notablemente o desaparezca como resultado de una vacuna que pueda distribuirse ampliamente en la primera mitad de 2021. De otra forma, habrá que volver a calcular.

Como todos los cambios, buenos y malos, éste no se distribuye parejo. Algunos países caen más que otros (nosotros), algunos sectores incluso crecen. A nivel personal hay quien ha perdido todo su ingreso, y hay quien sigue como si nada. La tragedia del turismo tardará años en superarse, mientras que el auge de la economía digital será permanente. Me parece que algo similar ocurrirá con las energías alternas, que compensarán a los combustibles fósiles más rápido de lo esperado.

Muy pronto empezaremos a discutir si está bien que quienes trabajan para el gobierno no sufran la misma suerte de quienes lo hacemos en el sector privado, y lo mismo aplicará para la educación. Esto golpeará a los grupos que promueven el deterioro político desde posiciones confortables, y van a reaccionar. Las discusiones orientadas por ideas del siglo XX (es decir, el eje izquierda-derecha), que son su base ideológica, perderán apoyo público, pero no necesariamente político. Por eso, aunque la derrota de Trump en noviembre sería una gran noticia, no espere que sea suficiente. Seguiremos en este mundo raro unos años más.

Este artículo fue publicado originalmente en El Financiero (México) el 8 de septiembre de 2020.