Adam Smith, un extraño Adán
Carlos Rodríguez Braun destaca, con motivo del aniversario No. 250 de la publicación de La riqueza de las naciones, las nociones del pensamiento smithiano tanto en economía como en ética
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El pensador, profesor y economista escocés se considera actualmente como alguien poco ordinario en sus enfoques y una persona rara en sus hábitos.
A dos siglos y medio de haber publicado La riqueza de las naciones, Adam Smith parece un extraño Adán. Saludado como fundador, Smith, al revés que Adán, no fue el primero, ni en economía ni en liberalismo. En cambio, es sabido que era un hombre distraído, como su tocayo, aunque no tanto como para creerle a las serpientes. E incluso en sus descuidos fue una persona extraña.
Dos nociones económicas sobresalen en el pensamiento smithiano. Una es la eficiencia de los mercados a la hora de satisfacer el interés social más importante: el de los consumidores. La otra es que el crecimiento económico depende del marco institucional, de la productividad y de la extensión del mercado.
Nada de esto remite a utopías. Muchos economistas gustan de emplear la imagen de la mano invisible para representar la competencia perfecta, que no tiene nada que ver con el problema de Smith, que consistía en explicar la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones —como reza el título de su libro sobre economía de 1776—.
También fue realista en su liberalismo. Como recordó Francisco Cabrillo en Expansión, Smith no fue un anarquista, ni mucho menos. Le he definido en alguna ocasión como liberal matizado. Eso encaja con su habitual realismo, que no debe ser confundido con indefinición o relativismo, porque Smith era claramente un liberal en su confianza en la armonía provechosa de personas interesadas en sí mismas, pero también en la comunidad, y en su recelo hacia los políticos, los grupos de presión, y sus prédicas intervencionistas.
Siendo un pensador poco ordinario en sus enfoques, también fue una persona rara en sus hábitos. Los historiadores de la Economía disfrutamos con sus famosas anécdotas que lo retratan como el típico sabio distraído. En una oportunidad, paseando por el jardín de su casa, se marchó sin ser consciente de lo que hacía, y caminó desde su Kirkcaldy natal hasta el vecino pueblo de Dunfermline, ambas poblaciones en el concejo escocés de Fife.
Caroline Breashears, de la St. Lawrence University, apuntó en Law & Liberty que estos episodios no retratan simplemente a un hombre despistado. Adam Smith era mucho más. Ya sus contemporáneos, como su discípulo y primer biógrafo, Dugald Stewart, habían percibido que "Smith a menudo recordaba detalles de acontecimientos que se le habían escapado al propio Stewart: había algo que permitía a Smith concentrarse en lo que él juzgaba importante".
Este rasgo peculiar de personalidad ha motivado alguna especulación sobre si el profesor escocés podría haber padecido algún trastorno del espectro autista, como el síndrome de Asperger. Sea como fuere, lo que es indudable es que Smith era una persona "sobresaliente en la observación —en el sentido de examen metódico— de asuntos relevantes para su trabajo, y los podía detectar en textos griegos o en los campos de Escocia. Edmund Burke señaló este punto cuando leyó La teoría de los sentimientos morales.
Un extraño distraído, en efecto, debió ser un pensador capaz de plantearse un gran plan intelectual que abarcase no solo la economía y la ética —que logró completar en sus dos únicos libros publicados mientras vivió— sino también la filosofía del Derecho, la teología natural, la epistemología, la retórica, la estética y las bellas letras, además de la historia de las instituciones y sistemas políticos, como resume John Reeder en su estudio preliminar a los Ensayos Filosóficos (Ediciones Pirámide).
A ese plan de considerable ambición se refirió Smith en la advertencia que añadió poco antes de morir, en 1790, a la última edición de Moral Sentiments, añadiendo: "Creo que mi muy avanzada edad me hace abrigar pocas esperanzas de completar esa gran obra satisfactoriamente". No pudo hacerlo, en efecto.
Este artículo fue publicado originalmente en Expansión (España) el 5 de agosto de 2026.
Concluye la profesora Breashears que Smith fue un profesor despistado que podía ver más que los demás. Por eso Dugald Stewart evoca los versos del obispo Barnard en los que elogia a Adam Smith porque "enseña a pensar".