Acabemos con las audiencias de confirmación para los nominados a la Corte Suprema

Ilya Shapiro considera que las audiencias públicas para confirmar a los nominados ante la Corte Suprema de EE.UU. dado que ahora infligen un costo superior a la Corte, el Senado y el Estado de Derecho que cualquier beneficio informativo o educacional obtenido.

Por Ilya Shapiro

Conforme la batalla sobre otra nominación a la Corte Suprema se desarrolla, las propuestas de reforma abundan: los límites a los periodos, cambiar el tamaño de la corte para que cada puesto en ella sea menos importante, rotar de manera periódica a los jueces del circuito en lugar de tener jueces permanentes. Dejando a un lado la estructura de la Corte Suprema, ¿qué hay del proceso de confirmación en sí mismo? ¿Deberíamos tener reglas acerca de qué tantos días luego de una nominación debe haber una audiencia y luego un voto?

Quizás deberíamos considerar restaurar las tácticas dilatorias para los nominados —aunque Neil Gorsuch fue el primer y único nominado a la Corte Suprema que estuvo sujeto a una obstrucción dilatoria partidista (El Juez Abe Fortas carecía incluso de una mayoría de respaldo anunciado para su asunción a juez titular en 1968, mientras que los jueces Clarence Thomas y Samuel Alito fueron confirmados con menos de 60 votos). Por supuesto, si tuviésemos la unidad política para este tipo de cargos, no hubiésemos tenido la atmósfera tóxica en la que nos encontramos, así que este es un problema del pollo y el huevo. 

Detengan el espectáculo de la confirmación

A principios de este año, en una conferencia de Princeton acerca de la política alrededor de las nominaciones judiciales, Henry Saad, un anterior juez en las cortes de apelaciones de Michigan cuya nominación al Sexto Circuito fue dilatada bajo la administración de George W. Bush, propuso una serie de reformas al proceso. Saad desearía que sea una violación de la ética judicial que los nominados revelen su opinión acerca de un caso, mientras que haría que las audiencias no sean televisadas, siendo las preguntas entregadas por escrito, restringidas a calificaciones profesionales, y preguntadas por el principal abogado de los miembros del comité judicial de cada partido.

Algunos comités del congreso permiten esto en otros contextos, y mientras que no parecía funcionar muy bien para los Republicanos en la audiencia suplementaria en torno a la nominación de Brett Kavanaugh, eso fue en gran medida debido a los incrementos de cinco minutos a los que fueron forzados los cuestionamientos de los abogados. Cualquier información personal o preocupaciones éticas entonces podrían ser manejadas en una sesión confidencial que el Comité Judicial del Senado ya tiene para discutir el requerido chequeo del FBI y otras cuestiones sensibles.

Este tipo de propuestas posteriores a la nominación son sanas porque apuntan al espectáculo en el que se han convertido las confirmaciones, estando los senadores o mal preparados para manejar las líneas requeridas de cuestionamiento o haciendo un show para producir un momento que avergüence al nominado, o al menos algunas escenas que sirvan para videos de campaña. “Es como dar un testimonio en un restaurante”, dice el anterior abogado de la Casa Blanca Don McGahn, estando los fotógrafos tomando fotos sin parar y los manifestantes diciendo arengas en la parte trasera. No es como si con esto aprendiéramos algo nuevo acerca de los nominados, quienes ahora son entrenados para evitar decir cualquier cosa noticiosa. 

Las audiencias públicas son algo relativamente reciente en la historia

El Senado ni siquiera tuvo audiencias públicas para las nominaciones de la Corte Suprema hasta 1916, un año tumultuoso que presenció el primer nominado judío (Louis Brandeis), y luego la renuncia de un juez que se postule en contra de un presidente en funciones. No sería hasta 1938 que un nominado presentó un testimonio que duró menos de 15 minutos y consistía de preguntas carece de su historiada carrera de fútbol americano. Eran épocas distintas. 

He llegado a la conclusión de que deberíamos librarnos de las audiencias totalmente, las cuales han cumplido su propósito durante un siglo pero que ahora infligen un costo superior a la Corte, el Senado, y el Estado de Derecho que cualquier beneficio informativo o educacional obtenido. Dados los registros voluminosos e instantáneamente disponibles para realizar una búsqueda acerca de los nominados hoy —incluyendo sus escritos como estudiantes universitarios y otros archivos digitalizados— ¿hay necesidad alguna de someterlos a ellos y al país a una inquisición pública? Por lo menos, el Senado podría tener audiencias por nominaciones en sesiones totalmente cerradas. 

Cualquier cambio así no llegará a tiempo para la consideración de Amy Coney Barrett, por supuesto, pero podría reducir la tensión en torno a las nominaciones en el futuro. Necesitamos pensar fuera de la caja.

Este artículo fue publicado originalmente en USA Today (EE.UU.) el 11 de octubre de 2020.