Zimbabwe, el problema africano

Por Brett D. Schaefer y Marian L. Tupy

Marian L. Tupy es analista de políticas públicas del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute y editor del sitio Web www.humanprogress.org.

Zimbabwe fue elegido recientemente como el dirigente de la Comisión sobre el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (CSD, por sus siglas en inglés), algo que no agradó a las agrupaciones de derechos humanos y a países, como EE.UU., a los que les gustaría que las Naciones Unidas tome en serio su responsabilidad. Esta decisión es más que una aberración; es una muestra cruel de la negligencia del sufrimiento del pueblo de Zimbabwe por parte de las Naciones Unidas y de esos países africanos que ayudaron a que Zimbabwe sea elegido para tal posición.

Las Naciones Unidas definen al desarrollo sostenible como un “desarrollo que satisface las necesidades de los presentes sin comprometer la habilidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”. La CSD fue establecida en 1992 para promover el desarrollo sostenible, supervisar la implementación de varios acuerdos ambientales, y para aconsejar políticas públicas a nivel local, nacional, regional e internacional. Explícitamente indicado en los documentos que la CSD está la noción de que “La buena gobernabilidad dentro de cada país y a nivel internacional es esencial para el desarrollo sustentable” y que “La paz, la seguridad y la estabilidad y el respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales…son esenciales para lograr un desarrollo sustentable y para asegurarnos de que el desarrollo sustentable beneficie a todos”.

Si uno busca alrededor del mundo, es difícil encontrar muchos países que no desobedezcan estos principios más que Zimbabwe. Cuando Robert Mugabe llegó al poder en 1980, heredó unos sectores de manufactura y minería bien desarrollados, un sector agrícola competitivo, una industria de turismo próspera y una infraestructura sólida. El país tiene abundantes depósitos minerales de asbestos, cromita, carbón, cobre, diamantes y otras joyas como el oro, el hierro, el níkel y el platino. Zimbabwe tenía todo el derecho de ser considerado como una de las brillantes luces en África.

A principios de la década de los noventas, Mugabe comenzó a enfrentarse con serios cuestionamientos a su autoridad. Durante aquel periodo, Mugabe reprimía a su oposición mediante abusos, persecuciones legales, imposición de castigos económicos, y utilizó su autoridad para recompensar a sus aliados y para asegurar el apoyo de la policía, las fuerzas armadas y otros grupos claves. Lo más notorio fue cuando Mugabe comenzó a expropiar las granjas comerciales grandes que en gran parte eran propiedad de blancos. Con los derechos de propiedad y el estado de derecho severamente socavados, el crédito y la inversión desaparecieron, acabando con una economía que dependía en gran parte de la producción agrícola.

Esas políticas han resultado en un veloz declive económico y en una crisis humanitaria que compite con aquella de Darfur. A lo largo de los últimos siete años, el profesor Craig Richardson de Salem College estima que la economía se ha encogido en un 40 por ciento, eliminando casi 60 años de mejoras económicas graduales. La calidad de vida ha caído a niveles de 1948. La Organización Mundial de la Salud estima que Zimbabwe tiene la expectación de vida más baja en el mundo —34 años para las mujeres y 37 años para los hombres.

El desempleo es de 80 por ciento. La moneda vale prácticamente nada y la inflación actualmente excede 3.700 por ciento anual. Hace dos semanas, el tipo de cambio en el mercado negro para un dólar llegó a 40.000 dólares de Zimbabwe.

El desastre económico ha derivado en una devastación ambiental. Zimbabwe, antes conocido por su biodiversidad abundante, solía tener una sofisticada industria de turismo que constituía hasta un 6 por ciento del PIB. El hambre y la anarquía han acabado con eso.

Brian Gratwicke, un ambientalista nacido en Zimbabwe y educado en Oxford que maneja una página de Internet basada en EE.UU. acerca de la naturaleza y la biodiversidad estima que “Ochenta por ciento de las 250.000 cabezas de ganando que vivían en las granjas comerciales de propiedad privada han sido consumidas por los invasores de tierras —muchas veces con el apoyo de los funcionarios del partido ZANU-PF quienes querían quitarle el control de las granjas a sus debidos propietarios”. Para empeorar la situación, Gratwicke argumenta que los problemas ambientales crónicos tales como la deforestación y la sobre-cultivación, la contaminación del agua, los fuegos fuera de control, los conflictos entre la vida humana y salvaje, y las enfermedades derivadas de los animales salvajes se están esparciendo a través de Zimbabwe.

Tanto en el aspecto ambiental como en el de desarrollo, Zimbabwe es un ejemplo terrible para el resto de África y el resto del mundo. Elegir a Zimbabwe para que dirija el comité encargado de guiar las medidas de la ONU en esas áreas es absurdo.

La elección de Zimbabwe para la dirección del Comité sobre el Desarrollo Sostenible no puede dejarse pasar como una aberración desafortunada. La nominación de Zimbabwe para la dirigencia fue ampliamente reportada y severamente criticada por EE.UU. y otros países. A pesar de las críticas, el grupo regional de África en la ONU se negó a reversar su decisión de nominar a Zimbabwe. Además, el grupo africano de la ONU se ha acostumbrado a realizar tales nominaciones absurdas. Por ejemplo:

  • Zimbabwe actualmente forma parte de la Junta Ejecutiva del Programa Mundial de Alimentos, a pesar del hecho de que Zimbabwe, considerado la canasta de pan de África hasta hace apenas una década, ahora ni siquiera puede alimentar a su población y regularmente pide a los programas internacionales que le donen alimentos. Las principales causas de la devastación de las granjas comerciales de Zimbabwe son las expropiaciones motivadas políticamente, las cuales ahora pertenecen en gran parte a los compinches de Mugabe y también se debe a otras políticas estatistas.
  • Zimbabwe fue elegido para la Junta Ejecutiva del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia para un periodo de tres años que comenzará en 2008 a pesar del hecho de que de acuerdo a la UNICEF misma, uno de cada cuatro niños en Zimbabwe son huérfanos. Esta situación trágica es considerable en parte debido a las políticas del gobierno de Zimbabwe, las cuales han aumentado el esparcimiento del HIV/SIDA, reducido la expectación de vida y erosionado el sistema de salud.
  • Zimbabwe fue elegido para el Consejo de Administración del Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (UN-HABITAT) para un periodo que expirará en 2010 a pesar de la Operación Murambatsvina del gobierno de Zimbabwe, la cual demolió las casas informales y mercados y dejó a 700.000 ciudadanos citadinos sin casa o empleo. Se cree que 70 por ciento de la población urbana puede haber perdido su hogar o su empleo y que más de 2 millones (más de un 15 por ciento de la población del país) han sido indirectamente afectados por la pérdida de clientes, empleados o mercados. El gobierno le dijo a aquellos afectados que “regresen a sus orígenes rurales”, aunque muchos de ellos no tenían un hogar al cual regresar. De hecho, muchos de ellos se habían quedado sin casa inicialmente cuando el gobierno ordenó la toma de las granjas comerciales.

La habilidad de Zimbabwe de ser elegido varias veces para tales posiciones privilegiadas en la ONU ilustra que poco respeto tienen muchos estados para con los propósitos de la ONU y para con la influencia que esos estados tienen sobre las decisiones, elecciones y actividades de la organización.

Esto debería sorprender poco a aquellos que han seguido a las Naciones Unidas y a sus muchos fracasos a lo largo de los años. Sin embargo, debería avergonzar a aquellos gobiernos de África que dicen estar tratando de mejorar las vidas de sus ciudadanos y la calidad de los gobiernos a lo largo de la región, de aprovechar la influencia que se le ha dado a la región en los foros internacionales, y de mejorar la seriedad con que se asume esa influencia.

Hay algo fundamentalmente mal cuando los países africanos no solo se sienten cómodos al hacerlo sino que también insisten en nominar a países como Zimbabwe para posiciones de influencia a pesar del récord de violaciones y abusos —directamente relacionados con la posición que asumiría— por parte de ese país. ¿Cómo puede el resto del mundo estar tranquilo dándole a África un puesto permanente en el Consejo de Seguridad, por ejemplo, si el continente no puede ponerse de acuerdo entre sí para nominar a un solo candidato aceptable para cuerpos de menor importancia?

Este artículo fue originalmente publicado en el National Review Online el 24 de mayo de 2007.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.