¿Y ahora qué?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Todos los que somos liberales, es decir, los que mantenemos que deben respetarse de modo irrestricto los proyectos de vida de otros y que, por tanto, el uso de la fuerza debe estar reservado exclusivamente para fines defensivos, sabemos que, como la perfección no está al alcance de los mortales, los medios para lograr esos objetivos siempre estarán en constante evolución sin la posibilidad de llegar a una meta definitiva. Estamos en tránsito y en permanente estado de ebullición.

En las primeras líneas del primer tomo de Law, Legislation and Liberty del premio Nobel F.A. Hayek se lee que “Cuando Montesquieu y los autores de la Constitución estadounidense articularon la concepción de una constitución limitativa que se había desarrollado en Inglaterra, establecieron pautas que, desde entonces, fueron seguidas por el constitucionalismo liberal. Su objetivo central consistía en proveer salvaguardas institucionales a las libertades individuales; y el dispositivo en el que depositaron su confianza era la separación de poderes. En la manera en que conocemos esta separación entre el legislativo, el judicial y el administrativo, no se ha logrado la meta que se suponía lograría. En todas partes los gobiernos han obtenido poderes por métodos constitucionales que aquellos hombres se propusieron denegar. El primer intento para salvaguardar la libertad individual por medio de constituciones ha fracasado”.

En el tercer tomo de la obra mencionada Hayek realiza un nuevo intento de proteger las libertades de las personas a través de lo que denominó demarquía con la intención de proveer al sistema de límites y resguardos adicionales para evitar los desbordes de las mayorías ilimitadas. Si bien sus propuestas no carecen de interés, en última instancia, están imbuidas de los mismos riesgos de los sistemas parlamentarios tradicionales en cuanto a la posibilidad de levantar la mano en el recinto legislativo y hacer tabla rasa con las limitaciones y conculcar derechos.

Sin duda que puede afirmarse que si el sistema se mantiene dentro de lo previsto no hay problemas respecto a la expansión del poder, pero lo mismo puede afirmarse de la democracia tradicional en cuanto a que si se respetan las minorías se mantiene al gobierno en brete. Pero el problema es que si los temas sobre los que se vota están sujetos a la aprobación de mayorías compactas y centralizadas, los incentivos tienden a hacer que las coaliciones mayoritarias terminen expropiando a las minorías.

Cuando las votaciones se realizan de modo descentralizado los incentivos e intereses mueven los resultados por otros andariveles: como he apuntado en otra oportunidad, no se vota con el mismo cuidado, prudencia, esmero y grado de razonabilidad en un consorcio para cambiar la alfombra de la entrada que cuando se vota en la sede del gobierno central para toda la nación por subsidios que deban sufragar personas alejadas del poder central. El federalismo, aplicado hasta sus últimas consecuencias, dispersa y fracciona el poder y hace que las votaciones se lleven a cabo sobre asuntos que más directamente atañen a los votantes, pero, dadas las estructuras gubernamentales, por las mismas razones aludidas, hacen que los intereses, incentivos y las fuerzas centrípetas desatadas tiendan en dirección al unitarismo para lograr el propósito de la exacción para beneficio de las mayorías coaligadas.

Joseph Schumpeter en Capitalism, Socialism and Democracy se pregunta y se responde al abrir la segunda parte “¿Puede sobrevivir el capitalismo? No; no creo que pueda”. Y esto a pesar del éxito extraordinario que, como dice el autor, ha producido el capitalismo para las masas. Entre varios factores que se señalan en el libro, destacamos que es debido a los “impulsos subracionales” y, en este sentido, “el capitalismo plantea su litigio ante jueces que tienen la sentencia de muerte en sus bolsillos” en base a que “la masa del pueblo no elabora nunca opiniones determinadas por su propia iniciativa. Todavía es menos capaz de articularlas y convertirlas en acciones coherentes. Lo único que puede hacer es seguir o negarse a seguir al caudillaje de un grupo que se ofrezca a conducirlo”, lo cual nos lleva al “concepto particular de la voluntad del pueblo [...] ese concepto presupone la existencia de un bien común claramente determinado y discernible por todos” pero, en la más difundida obra de Gustave LeBon, se recuerda que “el comportamiento humano bajo la influencia de la aglomeración, especialmente la súbita desaparición —en un estado de excitación— de los frenos morales y de los modos civilizados de pensar y sentir; [...y] la súbita erupción de impulsos primitivos, de infantilismos y tendencias criminales”.

Subrayamos lo dicho al comienzo: ningún sistema humano es perfecto y, por el mismo motivo, ninguno es susceptible de llegar a un destino definitivo, por ende, debemos estar permanentemente alertas y realizar esfuerzos para mejorar la situación tal como se mejoró cuando se pasó del absolutismo monárquico a la democracia. Sin embargo, a esta altura de los acontecimientos, es hora de reconocer que “el emperador está desnudo”, que todos los gobiernos, unos más y otros menos, se han apartado por completo del ideal democrático original y, en algunos casos, se ha establecido aquello que tanto temía Thomas Jefferson en cuanto al “despotismo electo”.

Para recurrir a una de las estadísticas que pretenden medir el tamaño del aparato gubernamental, apuntamos que con anterioridad a la primera guerra mundial la participación del estado en la renta nacional era entre el 3 y el 8 por ciento en países considerados civilizados, mientras que hoy ese guarismo oscila entre el 30 y el 70 por ciento. Tanto es así que, por momentos, la democracia parece haberse convertido en una utopía peligrosa. Cuando se criticaba la idea de mitigar la influencia democrática a través del “gobierno mixto” establecido en Estados Unidos en el siglo dieciocho, Thomas B. Macaulay, desde Inglaterra, en carta dirigida a R. H. Randall el 23 de mayo de 1857, escribió que “Hace mucho que estoy convencido que las instituciones puramente democráticas, tarde o temprano destrozarán la libertad, la civilización o ambas a la vez”.

Como se dice en “lateral thinking”, no siempre la solución consiste en empecinarse en hurgar más profundamente en el mismo hoyo, sino en sacarse las anteojeras, respirar nuevo oxígeno, mirar en otras direcciones y escarbar en otros lugares. Insertos en procesos democráticos y frente a cada barquinazo, resultaba muy romántico (y en verdad poco imaginativo) insistir —como ha hecho una y otra vez el que estas líneas escribe y tantos otros con anterioridad y con mayor destreza— en que la solución estribaba en contar con más democracia, en retornar a los cauces de la “verdadera democracia”, pero esta postura solo tiene sentido si la naturaleza del proceso no condujera necesariamente al problema, como es el caso de marras en el que apunta Anthony de Jasay es donde se maximizan los problemas de free riders, bienes públicos y externalidades, en línea con lo que Auberon Herbert —el célebre profesor decimonónico de Oxford— irónicamente denominaba “la ética de la dinamita”. Tal como queda dicho, la democracia ha sido una idea muy noble, una etapa que permitió escapar de los absolutismos “de origen divino” y otros peligros, pero la etapa no tiene que ser tomada como la meta.

No resulta soportable la letanía de aquél cartel infame que reproduce Miguel Ángel Asturias en El Señor Presidente: “Pronunciar el nombre del Señor Presidente de la República, es alumbrar con las antorchas de la paz, los sagrados intereses de la Nación que bajo su sabio mando ha conquistado y sigue conquistando los inapreciables beneficios del Progreso” y demás sandeces equivalentes pronunciadas por los sátrapas y mandones de todos los rincones de nuestro atribulado mundo. No deben cederse posiciones intelectuales cuando se estima que se adoptan medidas inconvenientes, lo contrario, el renunciamiento permanente, desemboca en la estampida final de “Casa tomada”, el difundido cuento de Cortázar. Tal como ha manifestado en su momento Edward R. Murrow al insistir en la importancia del debido proceso: “una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos”.

Como queda dicho, el objetivo central para las relaciones pacíficas entre los miembros de la comunidad es el respeto recíproco, todo lo demás debe quedar en manos de cada uno. Nada hay más peligroso que las cruzadas de “los purificadores de sociedades”, lo cual nos recuerda que lo primero que instauraron los talibanes y sus sicarios en el asalto al poder de 1996, fue el “Ministerio de la Reivindicación de la Virtud y la Erradicación del Vicio” (sic). Y Albert Camus transcribe lo dicho por Marat en plena contrarrevolución francesa: “¡Ah!, ¡que injusticia!.¿Es que hay alguien que no comprenda que lo que yo pretendo es cortar la cabeza de unos pocos para salvar las de muchos?” y C.S. Lewis ha escrito que “De todas las tiranías una ejercitada sinceramente para el bien de las víctimas puede ser la más opresiva”.

Por su parte, con vistas al futuro, Ernst Cassirer ha escrito que “Yo no dudo que las generaciones posteriores, mirando atrás hacia muchos de nuestros sistemas políticos, tendrán la misma impresión que un astrónomo moderno cuando estudia un libro de astrología o un químico moderno cuando estudia un tratado de alquimia.” Hoy aparece la siempre nefasta dictadura como la alternativa a la democracia, pero hay una tercera posibilidad que es de interés explorar, discutir y tamizar. Naturalmente no resulta posible exponerla en una nota periodística pero remito a los lectores a la mas reciente referencia que he elaborado del asunto que ahora nos concierne, esto es en mi libro titulado Estados Unidos contra Estados Unidos (México, Fondo de Cultura Económica, 2008). A los efectos de lo que aquí mencionamos no es necesario adentrarse en todo el libro (ni siquiera compartir su tesis central), solo hace falta leer el penúltimo capítulo titulado “Despejar telarañas mentales: una mirada al futuro” en el que me baso en una copiosa bibliografía en la materia que eventualmente podría ayudar a darle respuesta al interrogante con que se encabezan estas líneas: ¿Y ahora qué?. Presenta una gran ventaja el dejar testimonio escrito por aquello de verba volant, scripta manent (las palabras vuelan, lo escrito permanece).

Una digresión final: en un plano completamente distinto, en lo personal, si se han sabido manejar las cosas de un modo tal que no se quiere retroceder porque se conjetura que los logros obtenidos, los desafíos que se enfrentaron, las metas que se cumplieron y los obstáculos que se sortearon no se podrán repetir con los mismos resultados, a lo que se agrega que el factor suerte que acompañó en cada instancia puede no presentarse, en ese caso decimos, el “¿y ahora que?” abre nuevas perspectivas más fértiles y prometedoras. Se puede disfrutar de los alimentos intelectuales adquiridos en cuanto a que, por un lado, permiten que la producción resulte mucho mas provechosa y, por otro, el entendimiento para absorber conocimientos está mucho más ejercitado, lo cual permite emociones y perplejidades de la mayor intensidad frente a lo nuevo. Tal como ha escrito Anthony Quinn en su autobiografía, resulta en verdad paradójico que se diga de ese tipo de personas que su bicicleta, en la extendida y fructífera recta final, opera “barranca abajo” como si se tratara de algo inconveniente, sin embargo, cualquiera que haya tenido la experiencia de circular en ese adminículo sabe que es la mejor parte. Es cierto que el cuerpo no tiene la misma energía, pero si realmente valoramos lo que tiene de más preciado el ser humano debe celebrarse la fortuna de haber sabido aprovechar el tiempo al dejar huella benéfica en la cuesta arriba para luego, sin abandonar el testimonio, gozar intensamente cada instante de la parte más atractiva del recorrido.

Este artículo fue publicado originamente en el Diario de América (EE.UU.) el 14 de agosto de 2008.