¡Vivan los contrabandistas!
por Walter Williams
Walter Williams es profesor de economía en la Universidad George Mason y académico asociado del Cato Institute.
En la Unión Soviética era ilegal tener un reloj suizo. Durante la Ley Seca, en Estados Unidos era ilegal la importación, fabricación y venta de licores. Las Actas de Navegación de Inglaterra imponían altos aranceles y otras restricciones a los productos que se vendían a las colonias americanas, lo cual condujo en 1776 a la guerra de independencia. El esquema común en todo esto es el gobierno interfiriendo, regulando y declarando ilegal el intercambio pacífico y voluntario entre individuos.
En la Unión Soviética era ilegal tener un reloj suizo. Durante la Ley Seca, en Estados Unidos era ilegal la importación, fabricación y venta de licores. Las Actas de Navegación de Inglaterra imponían altos aranceles y otras restricciones a los productos que se vendían a las colonias americanas, lo cual condujo en 1776 a la guerra de independencia. El esquema común en todo esto es el gobierno interfiriendo, regulando y declarando ilegal el intercambio pacífico y voluntario entre individuos.
Yo no veo nada malo en que a la gente le gusten los relojes suizos o que quieran tomarse un trago o comprarle té a comerciantes holandeses en lugar de a comerciantes ingleses. Pero, a menudo, el gobierno cree saber lo que más nos conviene a todos y utiliza la fuerza bruta para impedir los intercambios pacíficos y voluntarios. Entonces aparece un salvador: el contrabandista.
Ese es el tipo que de hecho nos dice: "yo sé que el gobierno no quiere que te tomes un Martini o una copa de vino, pero yo te lo consigo". Puede que él maneje un negocio clandestino y que le pague bajo la mesa a funcionarios corruptos, todo lo cual aumenta sus costos de operación, pero nos consigue lo que queremos. Y antes que lo veamos con desprecio, recordemos que varios de los próceres que celebramos el día de la independencia, como John Hancock, eran contrabandistas.
Según la revista Newsweek hay un negocio floreciente en contrabando de cigarrillos en Estados Unidos. Las tabacaleras fabrican y venden sus productos legalmente a mayoristas tanto internamente como en el extranjero. Entonces, los cigarrillos pueden cambiar de manos varias veces hasta llegar a los contrabandistas y estos les dirán a gente que vive en Nueva York o en California: "tu gobierno te está estafando al hacerte pagar 4,50 dólares por una cajetilla de cigarrillos. Yo te la vendo por 2 dólares". Para mí, ese tipo es un héroe.
Aunque se crea un problema. A pesar de que no hay ninguna justificación moral para que el gobierno federal y el gobierno estatal extorsionen a los fumadores, la mayoría de los fumadores respetan las leyes. Por definición, quienes participan en contrabando le tienen poco respeto a las leyes. Esa gente tiende a utilizar la violencia y a corromper a funcionarios. Y son ellos los beneficiarios del ataque gubernamental contra los fumadores.
Hace unas semanas, las autoridades federales acusaron a 18 personas de contrabando de cigarrillos, al adquirirlos en Carolina del Norte -un estado con bajos impuestos al tabaco- y venderlos en Michigan, donde los impuestos son más altos. Los agentes federales hasta tienen un centro de operaciones en Raleigh, Carolina del Norte y acusan a los fabricantes de favorecer el contrabando. Eso tiene tanto sentido como condenar al fabricante de martillos, porque yo le pegue a usted con mi martillo en la cabeza.
Los ingleses no lograron que nuestros próceres dejaran de comerciar con quienes les diera la gana. Eliot Ness y sus agentes del Departamento de Justicia no tuvieron mucho éxito en impedir que nuestros abuelos tomaran licor cuantas veces quisieran. La llamada guerra contra las drogas ha sido un inmenso y costoso fracaso, no sólo por no eliminar el narcotráfico sino también por convertir a nuestros barrios en verdaderas zonas de combate. ¿Alguien cree que el gobierno va a tener más éxito controlando el contrabando de cigarrillos?
Pero las preguntas verdaderamente importantes son otras: ¿acaso la guerra contra el cigarrillo amerita fomentar la delincuencia y la corrupción que conlleva ese contrabando? Para perjudicar a los fumadores, ¿vale la pena que se juegue con la Constitución y el estado de derecho?©
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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