Venezuela y sus verdaderos patriotas
por Carlos Ball
Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE (www.aipenet.com) y académico asociado del Cato Institute.
Según cifras preliminares, la contracción económica de Venezuela en el segundo trimestre alcanza 12% del PIB y el desempleo del sector industrial ascendió al 20%, en un país donde el costo de la legalidad es tan exagerado que más de la mitad de su gente trabaja en la informalidad.
Por Carlos A. Ball
Según cifras preliminares, la contracción económica de Venezuela en el segundo trimestre alcanza 12% del PIB y el desempleo del sector industrial ascendió al 20%, en un país donde el costo de la legalidad es tan exagerado que más de la mitad de su gente trabaja en la informalidad.
La lección no podría estar más clara: no importa la riqueza del subsuelo ni las ventajas de una posición geográfica privilegiada ni que la actual generación de venezolanos haya sido beneficiaria de altísimas inversiones estatales en educación ni que tantos de nuestros jóvenes ingenieros y ejecutivos hayan estudiado en las mejores universidades del mundo. El socialismo estatista que ha prevalecido en Venezuela por más de 30 años eclipsa todas esas ventajas y ha logrado retroceder el ingreso promedio del venezolano a niveles del año 1952. Sólo Cuba y Haití muestran trayectorias similares en cuanto al dramático empobrecimiento de la población.
Aunque Venezuela es considerada una democracia desde 1958, desde entonces elegimos déspotas cada cinco años, quienes con buenas o malas intenciones (principalmente lo último) han derrochado oportunidades únicas, fomentado la corrupción con excesivas regulaciones y el desmedido crecimiento de la burocracia. La elección popular del presidente, de la legislatura y de los gobernadores significa bien poco si no va acompañada de seguridad jurídica, de igualdad ante la ley y de respeto tanto por la propiedad privada como por los derechos de las minorías.
Los venezolanos de la generación de mis padres y abuelos sabían que el camino a la prosperidad era a través del esfuerzo personal y del ahorro. El Banco Central acabó con el ahorro al destruir el valor del bolívar. Y las nuevas generaciones han aprendido que el camino a la prosperidad significa acercarse a algún cacique de la política local o nacional para lograr algún privilegio. No es lo que tu haces sino a quién tu conoces. Es decir, se trata de la antítesis de una economía de mercado y el regreso al mercantilismo colonial. Hemos visto la rotación de magnates y de sus grandes grupos financieros e industriales. Aparecen y desaparecen según los nexos que tengan con el gobernante de turno. Pero cuando la torta lejos de crecer se reduce de tamaño, tras cada crisis son menos los sobrevivientes, por lo que industrias y bancos pasan a manos de inversionistas extranjeros. En esto último no habría nada de malo si se tratara de una destrucción creativa por parte del mercado -la desaparición del ineficiente y su reemplazo por quien ofrece mejores productos y servicios-, pero esto más bien refleja la depauperación del venezolano.
En medio de esta tragedia nacional, el 5 de julio, día en que se conmemoró nuestra independencia de hace 188 años, justamente en el lugar donde se encubren y promocionan grandes corruptelas y saqueos, el Congreso Nacional, un valiente político y periodista venezolano -Jorge Olavarría- dio el discurso de orden, quitándole la careta bolivariana al presidente Hugo Chávez.
El disfraz bolivariano tiene funestos precedentes en la historia de Venezuela. El último en usarlo fue Carlos Andrés Pérez, quien con su estatización del petróleo y de las principales fuentes de riqueza a mediados de los 70 precipitó una caída que nadie ha logrado todavía detener. El presidente Chávez hizo manifiesto su poco respeto por la legalidad al ascender a 33 altos oficiales, a pesar de la expresa negativa del Senado, cuerpo que debe aprobar tales ascensos desde que Simón Bolívar así lo propuso al Congreso de Angostura en 1819. Los otros 201 ascensos propuestos sí fueron aprobados por el Senado.
El presidente del Congreso trató de callar a Olavarría en tres oportunidades durante su discurso y la presidenta de la Corte Suprema se marchó antes de que el orador le recordara su obligación de enjuiciar a un presidente que no cumpla con las leyes y con la constitución.
Ahora se acusa a Olavarría, quien hasta hace tres meses era una de las personas más allegadas a Hugo Chávez, de estarle haciendo el juego a los socialdemócratas y socialcristianos corruptos que hundieron a Venezuela. No lo veo así. Lo peor que han tenido los venezolanos de mi generación ha sido tan excesivo respeto y endiosamiento de los políticamente poderosos, cuando estos a menudo no se han merecido respeto alguno, sino -por el contrario- nuestro mayor desprecio.
Felicito a Jorge Olavarría por el discurso más valiente y patriótico que jamás oí desde el capitolio. Hay esperanzas para Venezuela si logramos acabar con ese rastrero servilismo con que endiosamos a los gobernantes. ©
Este artículo fue originalmente publicado por el Wall Street Journal.
Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
© Todos los derechos reservados. Para mayor información dirigirse a: AIPEnet