Una empresaria que salió adelante en Comas, Perú

Entrevista a la empresaria Francisca Zevallos realizada por José Gabriel Chueca para Perú 21.

Por Francisca Zevallos

Entrevista a la empresaria Francisca Zevallos realizada por José Gabriel Chueca para Perú 21.

Lima Norte es una zona que hierve de actividad. La avenida Túpac Amaru es una zona comercial de kilómetros a lo largo en la que llama la atención la cantidad de ferreterías que hay. Son miles. Francisca Cevallos abrió La Libertad, la primera ferretería de Comas, hace 46 años, cuando todo no era más que chacra e invasión.

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Yo nací en Huamachuco, departamento de La Libertad, en un distrito que se llama Chugay. Yo me quedé huérfana a los 9 años, cuando murieron mis abuelitos, que me criaron. Mi esposo fue como un padre para mí, muy bueno. Me estoy levantando a las cinco de la mañana. La ferretería abre a las 6 de la mañana. El negocio depende de uno mismo, uno tiene que ser honesto y no engañar a su cliente ni a sus proveedores; uno tiene que ser cumplido. Por eso no les tengo miedo a la competencia, ni siquiera a Metro o al Mega Plaza; porque yo sí puedo atender a mis clientes personalmente.

“Vine hace 48 años a Lima. Y el negocio tiene 46 años. Vinimos del norte porque mi esposo se enfermó. Felizmente, un amigo nos recomendó a un buen doctor, que lo curó. Mi esposo estaba muy enfermo. Él ya estaba casi sin darse cuenta de quién era. Yo sufrí mucho por su enfermedad, como cuatro años. Él no sabía ni quién era yo. Pero se mejoró”, recuerda Francisca Cevallos.

¿Dónde se quedaron?

Como no podíamos estar yendo y viniendo de la sierra, nos tuvimos que quedar. Pero un amigo nos ayudó y nos dio para poner un negocito. Comenzamos a vender palos y esteras, en un sitio al frente de donde está la ferretería ahora.

¿Cómo era esta zona en ese momento?

Era chacra, todito. Cultivaban maíz, papa. Vinieron los padres y comenzaron a hacer una iglesia de esteritas (donde está el colegio Jesús Obrero), que nos compraban a nosotros. Y empezó la urbanización. No existía la avenida Túpac Amaru como ahora, el camino era de tierra. Era la ruta a Canta, pues. La nuestra era la única tienda. Al frente era chacra y piedras. Y al otro lado era invasión, con las esteritas dobladas así (dibuja una y invertida con las manos).

¿Y su esposo?

Él mejoró y comenzó a comprar cemento. Los dueños le daban preferencia porque mi esposo era muy cumplido. Él siempre pagaba puntual. Fue así que nos empezaron a dar crédito.

¿Y por qué se cambió a este lado de la avenida?

Porque la dueña que nos alquilaba su corralón quiso poner su negocio, igual que nosotros. Vino de noche, con gente, nos gritó y nos botó. Uy, nos vinimos para acá, donde teníamos un terrenito. Ellos empezaron a vender, pero se les mojó el cemento y las esteras se les picaron porque no salían. La gente iba a allá y preguntaba por mí. Luego murió mi esposo. Una también ha sufrido mucho. Un día se quemó la ferretería. ¡Se quemó toditito! Los tarros de pintura volaban. Ardió, créame, todo, los clavos, hasta la pared. Y no teníamos una gota de agua porque la comprábamos en cilindros. Al final apagaron el incendio.

¿Fue un accidente?

No. Envidia fue. Si todo estaba nuevecito, ¿cómo iba a prenderse?

¿Y cómo se paró de nuevo?

Un señor con el que siempre trabajábamos mandó cuatro obreros. Yo recuperaba cualquier cosa que no se hubiera quemado, cada metro de manguera, cada lata de pintura o clavos. Y la gente venía a comprar. Era una bendición. Había una colaza afuera. Y venían los curas a darme el pésame, como si se hubiera muerto alguien. Hasta que llegó un chinito que me dijo: ‘No llore, señora. En mi pueblo, cuántos no quisieran que su negocio se queme’.

¿Por qué le dijo eso?

Porque dijo que trae buena suerte. Se quema lo que no vale y viene la felicidad. Él me dijo que había tenido una granja con 15 mil pollos, que se le había quemado y que en ese momento tenía una granja de 50 mil. Y yo, mire, que no paraba de vender.

¿Con quiénes trabaja?

Con mis hijitos, que comenzaron chiquitos. Hace seis meses nomás ha muerto la menor. Me ha dado mucha pena (suspira), ya no quiero nada. Ya tengo setenta y cuatro años trabajando. Pero mi hijo me ha dicho, ‘mamá ¿y nosotros?’. Bien buenos son. Desde chiquitos los he tenido trabajando. Se han acostumbrado a levantarse tempranito.

¿Cuál es el horario?

Yo abría a las 6 y media de la mañana, hasta las 12. De ahí abríamos en la tarde. Y así seguimos trabajando.

¿Cómo ha visto cambiar Comas?

Ha cambiado bastante. Hay miles de ferreterías, pero nosotros seguimos. Es la responsabilidad de no deber, de cumplir. Eso lo gana uno y ya no l pueden hacer competencia. Y nunca engañar al cliente. Yo tengo cosas baratas, pero le digo ‘esto no le va a durar. Si quiere que algo le dure, pague un poco más y compre buen material’. Siempre hay que hablarle con franqueza a la gente porque es la misma gente la que va a hacerle publicidad, mejor que los avisos en los periódicos.

Tiene toda una serie de estrategias de venta.

Además, yo paro todos los días con mi botellita de gaseosa. ‘¿Un vasito, señor?’, mientras esperan que los atiendan. Es que si no, la gente no regresa. Hay un señor, un viejito que fue mi cliente. Le doy sus soles. Me da pena. Además, por ellos tengo, porque ellos, mis clientes, me han ayudado. Yo pertenezco al Club de Leones. Ahí uno no recibe nada; al contrario, tiene que dar. Asé me han ayudado, así tengo que ayudar yo.

¿Y cómo se siente en Comas?

Este es mi sitio. Me han dicho que me vaya a Miraflores. ¿Pero qué me hago allá, sola? Acá estoy trabajando. Y la gente siempre exige. ‘Allá—me dicen—hay ferreterías de pitucos, abren a las 9’. Acá vendo tempranito de todo, para que se vayan a trabajar temprano a Lima ya con sus materiales.