Una cumbre "reaccionaria"

Lorenzo Bernaldo de Quirós dice que la reciente reunión de la autodenominada "Cumbre Progresista" celebrada en Barcelona ha sido un ejercicio de ensimismamiento ideológico.

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

La reciente reunión de la autodenominada "Cumbre Progresista" celebrada en Barcelona ha sido un ejercicio de ensimismamiento ideológico. Bajo una retórica almibarada de "justicia social", "soberanía popular" y "emancipación de los pueblos", ha constituido toda una declaración de principios contra los dos fundamentos institucionales de la sociedad abierta: la democracia liberal y el capitalismo de libre empresa. Desde una perspectiva teórica y empírica, el intento por parte de este bloque de apropiarse del término "progreso" no es solo una burla, sino una perversión semántica de proporciones orwellianas.

En la tradición ilustrada que va de Locke a Kant y cuya expresión más depurada es la Escuela Escocesa de David Hume y Adam Smith, el progreso no es un destino prefijado ni un plan diseñado por una élite de iluminados. Es, por el contrario, el resultado de la extensión de las libertades individuales y la limitación del poder estatal. El progreso es un proceso de descubrimiento; un camino abierto donde el individuo, libre de coacciones arbitrarias, despliega su creatividad y su esfuerzo para mejorar su propia condición y, con ello, la de la sociedad entera.

Sin embargo, los regímenes y organizaciones reunidas en la Ciudad Condal el pasado fin de semana representan una regresión atávica. Bajo el disfraz de la vanguardia social, plantean el retorno a la tribu y a un colectivismo 2.0 que niega la soberanía del individuo para subordinarla a los caprichos de una casta política que se identifica a sí misma, de forma mística, con el "pueblo". Esta “nueva izquierda”, al igual que la vieja, es profundamente reaccionaria: busca desmantelar los logros de la civilización liberal para regresar a estructuras de control que se creían superadas por la modernidad y la razón.

Estos reaccionarios disfrazados de progresistas parten de una falacia de manual: la consideración de la mera victoria aritmética en las urnas como una carta blanca para desmantelar los contrapesos institucionales que protegen al ciudadano frente a la arbitrariedad del Leviatán. Isaiah Berlin denominaría a este enfoque la tiranía de la "libertad positiva": un escenario donde el Estado no libera al ciudadano para que este persiga sus propios fines, sino que lo absorbe en una voluntad colectiva definida de forma autoritaria por la casta dirigente. El resultado no es la autorrealización del individuo, sino una servidumbre programada que devora su autonomía moral y le convierte en un mero receptor de subsidios y consignas.

En el plano económico, la pretensión de este grupo pseudo progresista de ofrecer una alternativa al capitalismo de libre empresa roza lo cómico, si no fuera por el rastro de miseria que deja a su paso. La libertad económica es la otra cara, indisociable, de la libertad política. Aquellas naciones con mayores dosis de la primera son no solo más prósperas, sino más libres, hecho avalado por una abrumadora evidencia empírica. El capitalismo ha demostrado ser la fuerza de liberación más poderosa de la historia de la Humanidad. En este contexto, la aplicación de las ideas de la Cumbre resulta letal, de nuevo la experiencia es demoledora, para los países menos desarrollados, Brasil o México por ejemplo, y un camino seguro hacia la decadencia para aquellos que aún gozan de altos niveles de bienestar.

En la práctica, las recetas de la izquierda reaccionaria solo benefician a sus élites extractivas y condenan a sus pueblos a una marginación sistémica bajo la excusa de una soberanía nacional que, a menudo, es solo la del sátrapa de turno. En el corazón de Occidente, este discurso cala en sociedades que han olvidado el origen de su libertad y de su prosperidad. Resulta irónica la pretensión de estos adalides de un falso progresismo de proponer, como cura a los males del mundo, los mismos fármacos que han causado la necrosis económica e institucional en sus propias naciones.

La Cumbre de Barcelona ha sido también un brindis al sol de la antropología pesimista. Sus líderes parten de una premisa falaz y peligrosa: el individuo es un ser desvalido, un menor de edad incapaz de gestionar su propia vida y, por tanto, requiere de una vanguardia iluminada que dirija su existencia de la cuna a la tumba. No buscan ciudadanos libres, sino súbditos agradecidos. La soberanía que predican no es la del ciudadano frente al poder, sino la del poder frente a cualquiera que ose limitarlo.

Pretender que el iliberalismo político y el colectivismo económico en sus versiones duras y suaves son el futuro de la Humanidad es una astracanada intelectual. Equivale a afirmar que la alquimia es la alternativa científica a la química moderna. Frente a la robustez del capitalismo liberal, el bloque reaccionario ofrece como único "progreso" tangible el avance decidido hacia una sociedad cerrada moldeable en función de la coyuntura y las ocurrencias de sus lideres.

La historia, lejos de darles la razón, observa a los falsos progresistas con la curiosidad de quien mira un resto arqueológico que se resiste a aceptar su propia defunción. Para que el hombre recupere su dignidad, es imperativo que recupere su autonomía moral. La soberanía individual, motor de todo avance humano real, debe prevalecer sobre la abstracción del "pueblo" utilizada por la élite para perpetuar su dominio. Frente a la reacción, es hora de recuperar el verdadero ideario del progreso: el de la libertad.

¿Un problema de prosperidad?

En términos económicos, lo que ha ocurrido en la atención de la salud mental estadounidense es una demanda inducida por los proveedores que opera dentro de un sistema que carece de las señales de precios, los controles de utilización y los mecanismos de rendición de cuentas sobre los resultados que normalmente la limitarían. La industria de la terapia se ha expandido para absorber el reembolso disponible, exactamente como predeciría la teoría económica en un sistema de pago por servicio con criterios de diagnóstico elásticos, mandatos de cobertura abiertos y ausencia de supervisión.

Vale la pena dejarlo claro, porque la creciente oleada de diagnósticos psiquiátricos se cita a menudo como prueba de que la modernidad ha fracasado; de que las mejoras en la esperanza de vida, la reducción de la pobreza, la alfabetización, los ingresos, etc., son vacías, porque enmascaran un colapso espiritual o psicológico más profundo. Esa narrativa es comprensible. También es incompleta.

La historia de la salud mental en el mundo moderno no es una de puro declive. Es una historia de múltiples fuerzas que operan simultáneamente, algunas genuinamente preocupantes y otras artefactos de la misma prosperidad que hace del bienestar psicológico una prioridad en primer lugar. Las sociedades ricas pueden permitirse detectar, nombrar y tratar afecciones que nuestros antepasados soportaban en silencio o que nunca reconocían en absoluto. Eso es una forma de progreso. Pero cuando los sistemas diseñados para prestar esa atención están estructurados para premiar el volumen por encima del valor, el diagnóstico por encima del resultado y el gasto por encima de la rendición de cuentas, el resultado es predecible: un conjunto de diagnósticos en constante expansión que diluye los recursos alejándolos de quienes padecen las discapacidades más graves.

Hay motivos para ser optimistas. El hecho de que las sociedades sean lo suficientemente ricas y seguras como para atender el sufrimiento psicológico —en lugar de simplemente soportarlo— representa un logro notable.

Pero el mismo ingenio que dio lugar a la medicina moderna, las economías de mercado y una abundancia material sin precedentes también puede generar estructuras de incentivos perversas que socavan los objetivos para los que fueron diseñadas. Comprender que los sistemas humanos, al igual que los seres humanos que los diseñan, son imperfectos y responden a los incentivos, no es un argumento en contra del progreso. Es una condición previa para mantenerlo. El progreso, como siempre, depende de acertar con los incentivos.

Este artículo fue publicado originalmente en La Vanguardia (España) el 25 de abril de 2026.