Un liberal sudamericano de fuste

Alberto Benegas Lynch (h) destaca la contribución del precursor venezolano Francisco de Miranda a difundir el liberalismo en la antesala de las independencias de los países latinoamericanos.

Por Alberto Benegas Lynch (h)

En un libro de mi autoría publicado hace veinte años en Lima por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas titulado Pensando en voz alta incluí un trabajo sobre Francisco de Miranda (1750-1816). El 14 de julio se cumplirá un nuevo aniversario de su muerte y es por tanto oportuno recordar una vez más a ese ilustre personaje que no tiene igual en nuestra región, solo comparable a la notable altura intelectual del gran Juan Bautista Alberdi, con la diferencia que este último le dedicó más a la escritura y menos a la incansable acción que desplegó Miranda en trifulcas militares y a su dialéctica para convencer de viva voz y por correspondencia a interlocutores de primer nivel en el mundo de entonces y a sus detenidos y voraces estudios en una biblioteca personal sin par en el mundo de entonces tal como veremos más abajo.

El venezolano Francisco de Miranda hablaba y leía con fluidez italiano, francés, inglés y ruso. Tradujo obras del latín y del griego y, sobre todo, estudió autores como John Locke, Adam Smith, David Hume, Montesquieu y Voltaire. Mantuvo asidua correspondencia con James Madison, Thomas Jefferson, Jeremmy Bentham, John Stuart Mill y Edward Gibbon, personas todas que han dado testimonio de los conocimientos filosóficos, económicos y jurídicos de Miranda, todo lo cual queda consignado en los trabajos de sus biógrafos más destacados: Karen Racine, William S. Robertson, Joseph F. Toring, Allan Brewer-Carías y Vicente Dátola.

Arturo Uslar Pietri –reconocido como el intelectual venezolano más destacado del siglo XX cuyos textos fueron reproducidos en distintos países, profesor en la Universidad Central de Caracas y en la Universidad de Columbia en New York– dijo en el Senado venezolano el 4 de Julio de 1966 que Miranda fue “la más extraordinaria personalidad que había florecido en el vasto, desconocido y rico lino del Nuevo Mundo. Era la flor y la asombrosa síntesis de tres siglos de historia y de magia creadora […] Su apresurado peregrinaje por el mundo fue menos intenso, variado y sin tregua que su maravilloso viaje de deslumbramiento a través de los libros, las literaturas y las ciencias de los viejos y los nuevos tiempos. No hubo hombre de su siglo que hubiera reunido conocimientos más extensos y variados ni biblioteca comparable a la que llegó a reunir”.

Igual que Lafayette peleó en las guerras de la independencia estadounidense y participó en la revolución francesa hasta la contrarrevolución (su nombre está inscripto en el Arco de Triunfo), fundó la Sociedad Patriótica para debatir las ideas de la libertad y tuvo una participación deslumbrante en la Logia Lautaro.

Puede resumirse su pensamiento en un pasaje que estampó en una misiva dirigida a Thomas Paine en 1797: “La conservación de los derechos naturales y, sobre todo, de la libertad de las personas, seguido de sus bienes, es incuestionablemente la piedra fundamental de toda sociedad humana, bajo cualquier forma política en que ésta sea organizada”. Y en varios de sus muy nutridos intercambios epistolares de la época de la independencia, preocupado por el peligro de la sustitución de un autoritarismo por otro reitera que “no buscamos sustituir una tiranía antigua por una nueva.” (en paralelo con Alberdi que insistía que “dejamos de ser colonos de España para serlo de nuestros gobiernos”).

En su peregrinar por el mundo al efecto de lograr apoyos en noble causa latinoamericana, Miranda trabó relación estrecha con Catalina de Rusia, con el Secretario del Tesoro estadounidense de Washington, Alexander Hamilton que también fue uno de los autores de Los papeles federalistas y con el Primer Ministro inglés William Pitt. Francisco de Miranda tenía la obsesión de lograr la independencia de toda Hispanoamérica para lo cual escribió una Constitución liberal aunque con un Ejecutivo hereditario pero con un Senado electivo y una Cámara baja representada por propietarios con la idea de resguardar mejor esa institución, todo lo cual consta en carta dirigida al Presidente John Adams el 24 de marzo de 1789. Esto además lo escribió Miranda en su ensayo de 1801 titulado “Proyecto de Gobierno Federal” reproducido en Textos de la Independencia (Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1967).

El antes mencionado William S. Robertson en The Life of Miranda (The University of South Carolina Press, 1929) detalla los magníficos y muy valiosos documentos recopilados por Miranda en sus periplos europeos y respecto a los estadounidenses quedan consignados en otra obra del mismo autor titulada Diary of Francisco de Miranda: Tour of the United States 1783-1784 (New Yok, The Spanic Society of America, 1928). Por su parte, Tomás Polanco también reproduce pensamientos de Miranda y copia parte de sus archivos, al tiempo que destaca las persecuciones del Tribunal de la Inquisición española por considerar que Miranda tenía en su biblioteca libros prohibidos y difundía “ideas heréticas” (es decir ideas liberales contra los abusos del poder político y la Iglesia de entonces) todo lo cual aparece en  el libro de Polanaco titulado Miranda (Caracas, Ediciones Vencemos, 1997).

Con ese motivo y especialmente por las razones independentistas, Miranda fue perseguido motivo por la cual viajaba con documentación rusa provista por el gobierno de Catalina la Grande que nuestro personaje utilizó para desplazares en 1787 con el nombre falso de Meran desde San Petesburgo a Suecia, Noruega y Dinamarca, persecuciones que se agudizaron debido a la publicación de su libro titulado América Espera donde resumía sus proyectos liberales (más adelante reproducida en varias ediciones en Caracas por Ediciones Salerno) a lo que se sumaba su anterior y muy difundido trabajo A la representación nacional (original en francés, París, Barrois l´Aine, 1795).

Durante cinco años Miranda vivió en Londres en una casa de Grafton Street donde formó otra biblioteca considerada la más importante de su época según relata el también antes mencionado Allan Brewer-Carías en su obra enciclopédica titulada Sobre Miranda. Entre la perfidia de uno y la infamia de otros (New York, Editorial Jurídica Venezolana, 2016).

Es de destacar por último que James Mill comentó sobre las ideas de Miranda en The Edinburgh Review en 1809 y al año siguiente se reprodujeron en Londres parte de los archivos de Miranda con el título de South American Empacipation Documents, incluso debe subrayarse que Mill padre y Bentham estuvieron a punto de acompañarlo a Miranda en su viaje a tierras sudamericanas en 1810, tal era el entusiasmo que despertó en sus mentes el proyecto del sudamericano.

Gobernó por un corto período en su país con un título que no se condice con sus ideas pero impuesto por sus camaradas, gestión que le granjeó los celos de personajes como Simón Bolívar sobre el cual había influido grandemente (en cualquier caso, dados los esperpentos del chavismo en Venezuela es del caso recordar lo expresado por Bolívar el 2 de enero de 1814: “Huid del país donde un solo hombre ejerza todos los poderes, es un país de esclavos”).

Miranda murió en el lugar donde se utilizó por vez primera la expresión “liberal” como sustantivo (hasta ese momento era un adjetivo para significar generoso, desprendido) a raíz de la Constitución de Cádiz aunque muerto en esas tierras españolas en circunstancias que pusieron de manifiesto el veneno de las envidias y las traiciones de sus propios colegas sudamericanos en un contexto de denuncias falsas a un personaje que se desvivió por la independencia en el sentido más estricto de la palabra en línea con el espíritu jeffersoniano y no el patrioterismo vulgar de los en verdad españolistas en el peor sentido de la expresión. Los traidores lo llevaron preso primero a Puerto Rico (entonces territorio ultramar de la corona española) y luego a La Carraca, la prisión de Cádiz donde murió.

Una suerte similar a la de Alberdi –no preso pero también abandonado por quienes le debían tanto– Jorge Mayer describe su final en París, según testigos, en el segundo tomo de Alberdi y su tiempo: “Falleció el jueves 19 de junio de 1884 […] permanecía solo en el hotel, sin poder ya salir, ahí le robaron los sirvientes, quedándose apenas algunas ropas que ponerse, sus relojes habían desaparecido […] en una piecita en donde apenas cabía la pobrísima cama en que estaban tendidos sus restos […] envuelto en sábanas sucias […] hacía días que no comía, durante la noche se arrojaba de la cama dando gritos, pues sus noches eran terribles”.