Un gobierno demasiado esparcido

Patrick Basham afirma que el peso de un gobierno federal demasiado grande obstaculizó la preparación y la respuesta a la tragedia del Huracán Katrina.

Por Patrick Basham

Políticamente, al presidente Bush puede que se le dificulte recuperarse del Huracán Katrina, pero no por las razones que a usted se le ocurren. El verdadero problema del Sr. Bush no es ayudar a las víctimas del huracán o el intento de utilizar retórica Reganesca. En vez, su problema es el peso de un gobierno federal demasiado grande que obstaculizó tanto la preparación para y la respuesta a esta tragedia. Es un gobierno que podría fallar nuevamente durante esta presidencia.

El Sr. Bush sí reconoció la inaceptable naturaleza del esfuerzo de ayuda humanitaria. Desde ese entonces él ha tratado de mantenerse al frente de los medios de comunicación y del juego partidista de “¿quién tiene la culpa?”, pero asegurarse puntos a favor no debería ser la principal preocupación política del presidente. Eso es porque la respuesta constreñida del presidente no se ha sido considerada tan mala por el estadounidense promedio.

Las encuestas Gallup antes, durante y después de Katrina que llegaron a la costa del Golfo hallaron que el nivel de aprobación del presidente Bush estaba ascendiendo, no descendiendo. A corto plazo, por lo menos, la opinión elite y popular sobre su desempeño están claramente fuera de la onda. La reacción inicial del público a la respuesta del gobierno federal ante el desastre físico es altamente ambivalente. Una encuesta del Washington Post dice que los estadounidenses se dividieron casi por la mitad al contestar si aprobaban o no de la manera en que el Sr. Bush había lidiado con esta crisis. Las más recientes encuestas muestran que ahora más gente desaprueba de la manera en que el Sr. Bush había lidiado con la crisis por un pequeño márgen.

Siempre fue la anarquía en las calles lo que realmente amenazó con hundir políticamente al Sr. Bush. Antes de que una infusión de tropas calme las aguas sociales, Nueva Orleáns parecía más una zona de guerra que una zona de ayuda humanitaria. Las escenas prolongadas de violencia y el nivel sostenido de anarquía hubieran producido una reacción pública indudablemente negativa.

Los hospitales bajo el tiroteo de los francotiradores y los dueños de tiendas armados frente a las pandillas merodeadoras expusieron una falla gubernamental de gran escala. Si el gobierno tiene un papel que jugar o no en la ayuda a las víctimas del desastre es una cuestión que merece ser discutida. Lo que no merece ser discutido es la responsabilidad del gobierno de hacer que el orden público sea cumplido y de proteger los derechos de propiedad. Muchos estadounidenses aprecian esto de manera intuitiva.

También es aparente que aunque el gobierno no fue responsable por este desastre natural, puede que sea responsable por hacer el impacto trágico aún más devastador. Las alertas ignoradas por mucho tiempo de que la ciudad no estaría preparada para las consecuencias de un desastre natural colocan la culpa exactamente en las manos del Tío Sam.

La inundación de Nueva Orleáns había sido prevista hace mucho tiempo, y aún así la región de la costa del Golfo estaba inadecuadamente preparada. Hubo innumerables alertas de que los diques estaban demasiado bajos y débiles para prevenir la inundación y que los sistemas de drenaje de la ciudad eran insuficientes para resistir las condiciones de un huracán como el Katrina.

Katrina primero fue identificado como una amenaza para la costa del Golfo el 24 de agosto. El gobierno federal tuvo cinco días para prepararse antes de que la costa del Golfo sea azotada. Sin embargo, la coordinación gubernamental fue incompleta, por eso hubo la confusión entre los oficiales federales, estatales y locales. También hubo una presencia inadecuada de policías y de la Guarda Nacional para disuadir el saqueo.

Estas deficiencias bien documentadas reflejan la sobrecarga de responsabilidades del gobierno. Éste simplemente hace mucho y cuesta mucho. Se esparció mucho y, por lo tanto, ahora parece ser demasiado ligero (la Guardia Nacional, por ejemplo) en precisamente aquellos momentos en los que la acción gubernamental podría ser adecuada, tal como en el momento de la respuesta a un desastre natural catastrófico.

El gobierno federal puede haber estado en la posición de hacer más por los 5 millones de residentes afectados en Louisiana, Mississippi y en Alabama si hubiese estado haciendo menos cosas en otros lugares. En lugar de estar haciendo muchas cosas muy mal, ¿Podría el gobierno hacer más bien (y con certeza menos daño) si solo hiciera menos?

Los numerosos departamentos y agencias federales ahora respondiendo al desastre distorsionan la realidad de cuánto ha crecido el gobierno. El gasto federal sin precedentes que ha ocurrido durante la presidencia del Sr. Bush significa que los tentáculos del gobierno han llegado literalmente a todas partes, desde la educación hasta a la agricultura, desde la transportación hasta a la salud, desde el mercado laboral hasta a la energía, desde la pequeña empresa hasta a la protección ambiental. Aún así, como la situación en Nueva Orleáns demostró, el gobierno falló en proveer algo tan fundamental como la ley y el orden.

La inundación de Nueva Orleáns de 1927 movilizó la opinión pública de toda la nación para apoyar el involucramiento federal en la ayuda humanitaria para las víctimas del desastre. Pero la principal lección de la tragedia contemporánea de Nueva Orleáns es la necesidad de que el péndulo de las políticas públicas regrese hacia un gobierno federal más modesto. Un gobierno menos intervencionista podría mostrar ser más capaz de actuar durante aquellos momentos raros cuando una respuesta gubernamental no es solo demandada pero requerida.

Este artículo apareció en el Baltimore Sun el 9 de septiembre del 2005.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.