Un continente huérfano

Por José Piñera

Siempre me ha asombrado la paradoja latinoamericana. Conectada por su geografía con dos de las naciones más exitosas del mundo, bendecida con toda clase de recursos naturales, sin graves problemas de violencia originados en la raza, la religión o la lengua, y con una extraordinaria cultura caracterizada por su diversidad, América Latina podría ser un continente amistoso para la búsqueda de la felicidad. Y sin embargo, la región se mantiene hundida en el subdesarrollo, la demagogia, la corrupción y la inestabilidad política. Algo muy profundo debe estar mal.

La vida política y económica de nuestro continente en los últimos dos siglos contrasta abiertamente con aquella de Estados Unidos. Las consecuencias han sido elocuentes, como lo ha destacado el historiador Claudio Véliz, "Nosotros estamos en un nuevo mundo que nació casi simultáneamente en el Norte y en el Sur, que fue habitado por dos grandes sociedades trasplantadas y ambas generadas a su vez por los imperios más grandes de la modernidad. Dos sociedades que comenzaron una muy pobre, la del Norte, y otra muy rica, la del Sur. Y en cinco siglos los papeles se han trastocado totalmente".

Quisiera esbozar la hipótesis de que la tragedia de América Latina proviene, en gran parte, de ser un continente huérfano. Bolívar, San Martín, Sucre y O'Higgins, entre otros, lucharon con heroísmo para independizar a nuestros países del control político hispano. Pero una cosa es saber luchar y otra muy distinta saber gobernar y fundar republicas exitosas. Los Libertadores y sus sucesores definitivamente no anclaron a las jóvenes republicas en los valores de la libertad individual, el estado de derecho y la democracia limitada.

El hecho de que América Latina tuviera "Founding Generals", pero indudablemente no "Founding Fathers" como los de Estados Unidos, ha significado que hasta hoy nuestro continente carezca de las instituciones y los principios de una verdadera democracia al servicio de la libertad. Esa sería la causa profunda de que nuestro progreso sea tan frágil. Como en el mito de Sisifo, empujamos la roca hasta la cumbre del cerro para ver una y otra vez como vuelve a caer, aunque no necesariamente al nivel desde el cual se partió.