Todos somos daneses

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

¿Estamos todos locos? La cobardía manifestada por la mayoría de los gobiernos y de buena parte de los medios de comunicación y de las elites europeas ante la indignación de todos, algunos o pocos musulmanes, da igual, originadas por las caricaturas del Profeta publicadas en un periódico danés son de una gravedad extraordinaria. Ese tipo de actitudes constituye una claudicación inaceptable de los principios sobre los que se sostiene una sociedad abierta. La libertad de crítica, de expresión, la capacidad de censurar, de ridiculizar, de hacer escarnio de las convicciones personales o colectivas de la mayoría y/o de las minorías aunque sólo sea por diversión ha sido, es y será uno de los fundamentos de la civilización occidental. Cualquier limitación de facto o de iure del ejercicio ese derecho individual supondría poner en cuestión los cimientos sobre los que reposan las democracias liberales. Equivaldría a aceptar la superioridad moral de sistemas en los cuales el individuo es un esclavo de un sistema cerrado que tiene capacidad de dictarle lo que tiene que pensar y como ha de vivir.

Quien escribe estas líneas respeta las ideas de los demás aunque no esté de acuerdo con ellas. Sin embargo, estoy dispuesto a combatir, dentro de la ley, todas aquellas que considero nocivas para el tipo de orden social en el cual quiero vivir. Soy propietario de mi propio cuerpo y de mi mente, por consiguiente, tengo el derecho fundamental de propiedad sobre los conocimientos que acumulo en mi cabeza, incluidos los referidos a Mahoma, así como el derecho derivado a imprimirlos y a difundirlos sean hostiles o no a la figura del heraldo de Alá. Se puede realizar cualquier juicio moral sobre mis convicciones, faltaría más, pero nadie puede impedirme decir lo que quiera, como quiera, cuando quiera y en donde quiera o pueda, salvo que invada la esfera de autonomía y/o la libertad de los otros. No acepto censuras en nombre de la peculiar visión de los más o de los menos sobre ninguna de mis afirmaciones porque hieran sus sentimientos. No acepto una moral dictada desde la coerción o la intimidación. El pensamiento no delinque.

De la misma manera defiendo el derecho de los musulmanes a manifestar su deseo de que nuestras mujeres llevasen el “burka”, a que la poligamia fuese una opción familiar, a que los libros impíos fuesen quemados en la hoguera...siempre y cuando no recurran a la fuerza para imponer sus ideales. Eso es lo que nos diferencia de ese mundo tenebroso y oscuro que aplastaba la libertad del individuo, su capacidad de decir “no” al tirano. Ahí reside la fortaleza, no la debilidad, de las democracias liberales. Ahora bien no acepto que se exija en nombre de la tolerancia permitir a las niñas musulmanas ir a la escuela con velo y al mismo tiempo se estime inaceptable ridiculizar esa legítima postura o que plantear otras, radicalmente opuestas, se considere una ofensa para la sensibilidad de los creyentes y que en consecuencia se exija a los poderes públicos que actúen para reprimirlas. Este planteamiento no refleja sólo una concepción del mundo diferente a la nuestra sino una hipocresía impresentable e inasumible para cualquier ente pensante con la excepción, según parece, de todos, de muchos o de algunos de los adictos al Profeta.

Los mismos políticos, intelectuales y grupos mediáticos que se indignan y piden respeto a la figura de Mahoma nunca han adoptado ni adoptarían jamás una posición similar ante los chistes, comentarios jocosos o satíricos de la religión católica y/o del Sumo Pontífice. Si los católicos pidiesen medidas represivas contra esas expresiones de mofa de su fe y de sus símbolos, una catarata de descalificaciones se precipitarían sobre ellos con grados distintos de agresividad y con razón. Inmediatamente, Chirac proclamaría el inmaculado laicismo de la República francesa. ¿Por qué son diferentes los musulmanes? La respuesta terrible porque refleja una mezcla explosiva de miedo y de estupidez, una falta de convicción en los valores de la sociedad abierta, una ignorancia supina de lo que la hace posible. La enfermedad europea no es sólo económica sino moral. Se ha perdido el recuerdo de lo que hizo grande a Europa.

No todas las civilizaciones son iguales aunque esta expresión se considere una declaración de imperialismo cultural. Por eso, la denominada Alianza de Civilizaciones es una solemne tontería. La realidad es la que es. Mírese como se mire, Occidente, ese entramado complejo de libertad política, económica, cultural y social ha producido unos niveles de prosperidad y de respeto a la dignidad humana sin parangón en la historia de la Humanidad. Guste o no, el mundo musulmán o islámico no ha logrado un éxito parejo. Por voluntad propia o impuesta muestra una faz de atraso, de pobreza y de ausencia de libertades políticas y civiles. Si la población de ese habitat quiere mantener ese estado de cosas en nombre de su fe y le gusta que lo haga, pero que no nos intente exportar o imponer su “modelo” por la fuerza. Si los musulmanes europeos no aceptan las reglas del juego propias de las sociedades abiertas, la alternativa ha de ser clara: que no vengan o que se vayan.

Desde hace unas semanas, todos somos daneses. Ese pequeño país y su gobierno han dado una lección de coraje al Viejo Continente. La respuesta del Señor Rodríguez a la agresión a la libertad de expresión ha sido enviar una carta a los periódicos pidiendo respeto para los agresores. Son las cosas del talante.