Tanto va el cántaro...

Manuel Suárez-Mier estima que el resentimiento de Trump con México y su agresiva política migratoria son factores que no proveen las condiciones ideales para una renegociación del tratado de libre comercio con México.

Por Manuel Suárez-Mier

… al agua que al final se rompe. Donald Trump ha sido una veleta en casi todos los temas que toca, salvo dos en los que es reiterativo al extremo: su desprecio y amenazas a México, y su devoción ilimitada por el premier ruso Vladimir Putin, del que se deshace en elogios y jamás critica.

El caso ruso está siendo investigado por el fiscal especial Robert Mueller, ex-director del FBI por más de una década, de probada competencia, que ya empezó a emplazar testigos para que hagan declaraciones juradas dentro el círculo cercano a Trump durante su campaña, y dónde los indicios de un abigarrado enjambre de conexiones potencialmente ilícitas del Presidente crecen todos los días.

Resulta más difícil entender el odio de Trump por México, aunque hay que explorar con cuidado los varios fracasos en negocios que intentó allí, incluido el concurso de Miss Universo que se celebró en su capital en 2007 y respecto al que el magnate se quejó de ser defraudado por 12 millones de dólares, perdió el caso y desde entonces se ha dedicado a insultar al país y denunciar a su sistema judicial.

Otro caso es el de los condominios que Trump presumió iba a construir con una empresa de bienes raíces de Los Ángeles, en Punta Bandera, al sur de Tijuana, de la que dijo ser inversionista, lo que resultó una mentira más al derrumbarse el proyecto con la crisis de 2008, con más de 100 compradores timados de sus pagos, que lo demandaron y fueron sólo parcialmente compensados años después.

Cualesquiera que sean las causas de su resentimiento con México, está claro que Trump no va a cambiar y eso hace muy difícil negociar con su gobierno un nuevo TLC mientras él insulta y intimida vía twitter o en las reuniones masivas tipo campaña política que tanto le gustan y dónde deja desbordar su retórica populista.

Pero hay otros temas de preocupación para poder llevar a buen término tan difícil negociación. Se rumoraba en EE.UU. que esta semana el gobierno podría cancelar el decreto firmado por Barack Obama que exentaba de la deportación a los hijos de trabajadores indocumentados que llegaron chicos a EE.UU.

Ese programa, conocido como DACA, por sus siglas en inglés, le ha permitido a cerca de 800 mil habitantes que son estadounidenses en todos los sentidos, salvo por su nacionalidad, salir de las sombra y llevar una vida normal ya sea continuando sus estudio y/o trabajando mediante un permiso válido por tres años.

La fecha citada se debe a que los procuradores de extrema derecha de 11 estados habían demandado la acción de Obama como ilegal al modificar la ley migratoria por acción ejecutiva y sin la aprobación del Congreso, y ahora conminan a Trump a cancelar DACA y que de no hacerle insistirán su anulación en las cortes federales.

Quienes se atuvieron a la protección de DACA dieron toda su información a las autoridades, lo que en caso de cancelarse el programa los deja vulnerables en extremo y que sus datos los aprovechen las autoridades migratorias para procesar de inmediato su deportación y la de su familia, lo que significaría que cerca de 2 millones de personas, en su mayoría de origen mexicano, podrían ser expulsadas.

Tal volumen de deportaciones sería en adición a las más de 200 mil que el gobierno de Trump se estima hará en 2017, que ya tiene a los consulados mexicanos en la frontera con cargas de trabajo enormes, lo que pondría a México en una situación imposible para procesar y absorber tan elevado número de repatriados.

Si a todo esto se suma el ambiente racista que Trump ha alentado en su país, con el consecuente resurgimiento de grupos que propugnan la supremacía blanca, se tienen las peores condiciones posible para negociar comercio y otros temas en beneficio de todas las partes.  

Este artículo fue publicado originalmente en Asuntos Capitales (México) el 1 de septiembre de 2017.