Soy escéptico

Alberto Benegas Lynch (h) afirma "me declaro escéptico respecto del futuro, es decir, me asaltan dudas que se fundamentan en observaciones que causan verdadero desánimo y, a veces, estupor en cuanto a que los supuestos defensores de la sociedad abierta, cuando las cosas andan bien se dedican a sus personales arbitrajes y se desentienden del estudio y difusión de aquello que, entre otras cosas, permite sus negocios".

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Ya he escrito antes que el pesimista del presente es en verdad optimista respecto del futuro porque tiene expectativas de la posibilidad de mejora puesto que es inconforme de lo que al momento ocurre, mientras que el optimista de lo actual es en definitiva pesimista del futuro ya que no tiene cifradas sus esperanzas en superar la marca de lo que viene sucediendo. En esta sentido, el optimista tiene una visión estática mientras que el pesimista se basa en una concepción móvil y en progreso.

Pero en esta nota quiero destacar una faceta algo diferente puesto que miro el asunto desde otro ángulo. En este último sentido, me declaro escéptico respecto del futuro, es decir, me asaltan dudas que se fundamentan en observaciones que causan verdadero desánimo y, a veces, estupor en cuanto a que los supuestos defensores de la sociedad abierta, cuando las cosas andan bien se dedican a sus personales arbitrajes y se desentienden del estudio y difusión de aquello que, entre otras cosas, permite sus negocios. Y cuando las cosas andan mal, se limitan a despotricar en la sobremesa o, cuando más, a unirse en marchas de protesta que si bien útiles y hasta absolutamente necesarias... Siempre que haya conciencia de que el tema de fondo reside en el debate y comprensión de ciertos valores y principios básicos, lo demás es adorno o apoyo logístico, cuando no mero consumo de energía como cuando algunos se limitan a distribuir papeletas electorales de algún mediocre.

Más aun, si las cosas se ponen en extremo peligrosas optan por mudarse de país, lo cual nada tiene de particular como no sea que muchos siguen como si nada con sus operaciones crematísticas sin nunca considerar que allí las cosas andan mejor debido al trabajo de locales a los que los migrantes no consideran siquiera ayudar. De este modo, se va cerrando el cerco hasta que a los susodichos negociantes les quedará solo el océano y ser masticados y engullidos por los tiburones.

Si este cuadro de situación fuera correcto ¿tiene visos de alguna seriedad el estar satisfechos con las perspectivas para nosotros, para nuestros hijos y para nuestros nietos? ¿O es que debe esperarse un milagro que mágicamente revierta la situación?

Se ha sostenido que si cada uno cumple bien con su trabajo se está contribuyendo a sostener el sistema adecuadamente. Pero si el técnico en computación, el hombre de campo, la bailarina, el escultor, la cocinera, el arquitecto y así sucesivamente cumplen a las mil maravillas con sus respectivas tareas no por eso se crean anticuerpos frente al ataque dirigido a las raíces de la sociedad abierta. Es que el alud viene por otro lado, nada tiene que ver con el perfeccionamiento de las tareas cotidianas sino que se socavan los cimientos de todo el edificio al combatir el sentido mismo de la propiedad privada y el resto de los derechos individuales en el contexto de la demolición de marcos institucionales civilizados.

Es entonces una tarea eminentemente docente. Ya he subrayado antes que la cátedra, el libro, el ensayo y el artículo constituyen las tareas más eficaces para explicar los fundamentos de la libertad pero no son las únicas. Una de las más efectivas, cuando por una razón u otra no se puede acceder a las anteriormente mencionadas, es la reunión en pequeños ateneos para exponer y discutir libros que trasmitan los conceptos básicos y, a su vez, al año siguiente cada una de las personas integrantes establece un nuevo ateneo, todo lo cual expande enormemente las ideas congruentes con la condición humana. Además esto tiene la ventaja de que el libro o los textos elegidos se adaptan a las características de los miembros del grupo.

No hay pretexto para quedarse ajeno a las labores esenciales de defensa del sistema que no hace más que proteger a cada uno de los integrantes de la sociedad que pretenden vivir en una sociedad libre en la que se respeten sus derechos. Mirar para otro lado es absolutamente suicida. Es en verdad llamativo que muchos son los que esperan que otros les resuelvan los problemas y cuando se desmorona la situación se enojan con esos otros en lugar de mirarse por dentro y descubrir la desidia, la apatía y la propia irresponsabilidad.

Por otro lado, es por demás evidente la cantidad de personas y de pequeñas instituciones que dan la batalla diariamente para que en diversos niveles se comprendan valores y principios que constituyen las defensas medulares contra los permanentes ataques de socialistas, colectivistas y totalitarios. Sin embargo, salvo raras excepciones, esas personas y esas instituciones están a la intemperie: quedan a merced de la suerte y no son apoyadas ni financiadas por los propios interesados en que se respeten sus derechos. Es de una irresponsabilidad rayana en el crimen. En realidad no se debería siquiera esperar que se les solicite recursos para continuar con sus faenas bienhechoras sino que deberían adelantarse a ofrecer fondos como parte del interés personal del donante al efecto de cubrir riesgos de su familia y su empresa.

En algunas reuniones sociales hay quienes declaran muy sueltos de cuerpo que “todos somos responsables” de la decadencia como si el involucrar al universo aliviara la culpa de quien habla de esa manera, sin percibir que los pocos que cumplen con su deber en estos trabajos vitales no son responsables. También hay quienes frente al peligro ofrecen una especie de receta mágica sosteniendo que debe “actuarse en política” como si se pudiera poner el carro delante de los caballos: la política es la ejecución de ideas y no es posible ejecutar una idea que no se sabe en que consiste. Primero viene el estudio y el debate de ideas que a su debido momento permitirá articular un discurso dirigido a una opinión pública ya informada y no peroratas políticas destructivas puesto que no resulta posible hablar en otros términos porque nadie comprendería lo dicho. Es que la pereza y las telarañas mentales hacen que sea más fácil hacer activismo y charlatanería en el comité político que quemarse las pestañas y encarar un estudio serio, sistemático y trabajoso.

Desde que nací escucho decir que “las papas queman” y que la educación es a largo plazo pero cuanto antes se comience mejor será el resultado. Los detractores de la sociedad abierta han entendido bien el problema por eso es que han seguido los consejos de Antonio Gramsci en cuanto a que “tomen la educación y la cultura y el resto se dará por añadidura” por lo que pueden también abarcar otras áreas y campos de acción hasta cubrir todo el espectro de lo posible. Sin embargo, los que se dicen partidarios de la sociedad libre alegan que no tienen tiempo para proteger a los suyos de avalanchas varias, como si la vida no fuera una cuestión de prioridades.

La desidia a la que me refiero para defender lo propio con argumentos serios no es un asunto inherente a la naturaleza humana puesto que esto no ocurre con los detractores de la sociedad abierta, quienes demuestran perseverancia y mucho trabajo. Esto último es así debido al fuego interior, a lo que estiman son ideales, sueños y metas que consideran dignas de lograrse. Sin embargo, la apatía, la dejadez, la cobardía de los supuesto defensores de la libertad en gran medida no encuentran otros objetivos que disponer de un plasma, un buen automóvil y equivalentes, lo cual claro está no se encuadra dentro de lo que pueda denominarse un ideal. Esto es así porque no se han detenido a sopesar el inmenso valor de las autonomías individuales que descansan en una noción eminentemente ética que ocupa todos los recovecos de quienes conservan su dignidad y autoestima.

En una de las célebres fábulas de Esopo se muestra como la hormiga trabajaba para encontrarse a salvo en el invierno mientras que la cigarra se desviaba en lo que atrae la atención del momento. La primera estuvo a salvo cuando llegaron los fríos, mientras que la segunda pereció a la primera escaramuza de la temperatura y los vientos. Keynes ha ironizado con que “en el largo plazo estaremos todos muertos”, pues bien, ahora estamos en el largo plazo de las irresponsabilidades hechas para el corto plazo y debemos sobrevivir, con lo que se requiere corregir las sandeces y ponernos a trabajar sin las anteojeras que siempre enangostan el horizonte. Cuando a la preocupación se le sume una más generalizada ocupación dejaré en el acto mi escepticismo para celebrar entusiastamente el camino hacia la reversión del asfixiante estatismo que agobia a todos los espíritus libres que se niegan al siempre cruel servilismo.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de América (EE.UU.) el 27 de septiembre de 2012.