Sobre héroes y tumbas

Manuel Hinds considera que América Latina sigue atrapada en un pasado lleno de pasiones y venganzas terribles, quedando rezagadas sus economías conforme los países de Asia, que eran más pobres que los países de la región en los años cincuenta, se han ido integrando a la nueva economía del conocimiento.

Por Manuel Hinds

La situación de América Latina en 2019 trae remembranzas de Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato, el gran novelista argentino del Siglo XX. La novela tiene como trasfondo una familia que se ha quedado capturada por sucesos terriblemente traumáticos ocurridos en un pasado tan lejano que ya no tienen ningún impacto sobre la realidad objetiva de ellos, excepto por la conexión sicológica que los miembros de la familia han construido alrededor de ellos. Esas conexiones a su vez causan otros hechos siniestros, así perpetuando la destructividad de ese pasado lejano.

En la novela, el protagonista, Martín, un adolescente de 17 años, es invitado a su casa por una muchacha, Alejandra. La casa es una vieja mansión derruida. En su ambiente oscuro, Alejandra cuenta cómo la propiedad ha pasado de generación en generación en su familia, los Olmos, muy prominentes más de un siglo antes, y narra las tragedias —todas ligadas a la política— que la destrozaron hasta quedar reducida a ella, su papá, su bisabuelo, y un tío loco que toca la corneta en las altas horas de la noche, y el recuerdo de una tía tatarabuela, Escolástica, que enloqueció en la época del tirano Juan Manuel de Rosas, en 1852, cuando sus sicarios tocaron en una ventana y cuando se las abrieron, tiraron a la sala la cabeza del padre de Escolástica, matando de la impresión a su madre y desestabilizando para siempre a Escolástica, que vivió por ochenta años más con la cabeza de su padre escondida en su cuarto, del que no salía.

El lector realiza que esa mansión es como una prisión en la que la locura se ha trasmitido a todas las generaciones que han ido quedando. La vida en ella todavía gira alrededor de las glorias de más de cien años antes, de la dictadura de Rosas, de los eventos que llevaron al episodio de la cabeza (todavía guardada por el abuelo en una caja de sombreros) y a la decadencia de la familia. Así, entrar en esa casa es como pasar a un siglo distinto, ya olvidado, que todavía causa terribles pasiones que terminan con que Alejandra mata de cuatro tiros a su padre y le pega fuego a la parte de la mansión que ella ocupaba, quemándose viva e incinerando el cadáver de su padre.

El paralelo del Latinoamérica con la novela está en las terribles pasiones y venganzas evocadas por los eventos e ideas de un mundo ya caducado, que ya no tiene ninguna relación con el que existe ahora excepto en los odios y resentimientos y revanchas heredados de hechos ya pasados. Así como la familia de Alejandra se quedó trabada en los pleitos políticos del siglo XIX, gran parte de América Latina se ha quedado trabada en los conflictos del siglo XX, reviviendo los vapores de revoluciones lideradas por un marxismo que ha dejado de ser tomado en serio desde hace treinta años en el resto del mundo. Como la mansión de la familia Olmos, las locuras de esa época ya muerta ha causado un atraso económico que hace que Latinoamérica se vea anacrónica en el mundo del siglo XXI, en medio de los países de Asia que eran mucho más pobres que ella en los años cincuenta y que ahora están todos integrados a la nueva economía mundial del conocimiento, en la cual Latinoamérica no tiene parte.

Como entrar a la casa de los Olmos, entrar a Latinoamérica es visitar el mundo de ayer, con su bajo valor agregado en productos primarios e industrias primitivas y su bajo nivel de capital humano. Políticamente, la ideologización de sus conflictos es tan obsoleta como sus economías, cuando en las regiones desarrolladas del mundo los partidos políticos están compitiendo por elevar el nivel de dicho capital.

Es triste ver cómo una izquierda radical ya obsoleta en el mundo, tan obsoleta como era el tirano Rosas de 1852 en el 1953 de la novela, todavía tiene apoyo para pegarle fuego a Latinoamérica. No es que no haya problemas en ella, pero la violencia y los incendios no son la solución. Destruyen lo único que Latinoamérica parecía haber ganado en los últimos treinta años. Los hechos de 2019 indican que las locuras del Siglo XX pueden volver a detener el progreso de la región, esta vez en el siglo XXI. Si nos dejamos.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de Hoy (El Salvador) el 26 de diciembre de 2019.