Siria: No fue el aislacionismo

John Mueller dice que "el pueblo estadounidense ha estado decididamente en contra de siquiera respaldar el bombardeo punitivo de Siria —una aventura que probablemente arriesgue pocas si es que alguna vida de soldados estadounidenses— por la preocupación de que este derivaría en una mayor participación en el conflicto que se desenvuelve allí".

Por John Mueller

Una explicación popular de la palpable falta de voluntad del pueblo estadounidense de considerar una participación militar en la guerra civil de Siria fue que el país había caído en un profundo sentimiento aislacionista. Pero la reacción difícilmente constituye un “nuevo aislacionismo” o un “creciente aislacionismo” o una “nueva moda no intervencionista”. En cambio, siempre ha habido una profunda renuencia a perder vidas de estadounidenses o a ponerlas en riesgo en el extranjero para servir propósitos humanitarios.

En Bosnia, por ejemplo, EE.UU. pospuso intervenir hasta después de que las hostilidades habían cesado. Incluso en ese momento, la gente estaba cualquier cosa menos entusiasta cuando los soldados para la preservación de la paz fueron enviados. Bombas, no botas, se enviaron a Kosovo. En Somalia, EE.UU. retiró abruptamente sus tropas cuando 18 de sus soldados fueron asesinados en un caótico cruce de fuego en 1993. EE.UU., como muchas otras naciones desarrolladas, se ha mantenido distante en muchos otros desastres humanitarios como aquellos que se dieron en Congo, Ruanda y Sudán. El país si se involucró en Libia, pero la operación fue limitada y vacilante, y hubo poco entusiasmo después de ella como para hacer algo respecto del conflicto en el país vecino de Mali.

Esta perspectiva fue vista más claramente, tal vez, cuando los encuestadores presentaron a los estadounidenses en 1993 la afirmación: “Nada que EE.UU. pueda lograr en Somalia vale la muerte de siquiera un soldado estadounidense adicional”. Un 60 por ciento expresó estar de acuerdo con esa aseveración. Esta no es una posición tan inusual cuando se trata de aventuras humanitarias. Si la Cruz Roja u otros trabajadores son asesinados mientras realizan sus misiones humanitarias, sus organizaciones frecuentemente amenazan con retirarse, sin importar qué tanto bien estén haciendo.

Algunos comentaristas, incluyendo personas con opiniones usualmente tan distintas como Andrew Bacevich, Roberg Kagan, Johm Mearsheimer, Rachel Maddow y Vladimir Putin, han sostenido que hemos visto el surgimiento de un nuevo militarismo estadounidense durante las últimas décadas o que los estadounidenses provienen de Marte. 

Pero esa perspectiva extrapola demasiado a raíz de las guerras en Afganistán e Irak. En esos casos, la opinión pública era incitada no por la inclinación hacia el militarismo, sino, como con la intervención en la Segunda Guerra Mundial, por la reacción a un ataque directo contra EE.UU. Estas aventuras —las guerras del 11 de septiembre— han demostrado ser aberraciones desviadas del patrón usual, no presagios del futuro. Aunque demuestran que los estadounidenses siguen dispuestos a responder severamente si son atacados, no indican un cambio en la desconfianza de la gente acerca de involucrarse militarmente en otro tipo de misiones, particularmente las humanitarias.

Una evaluación de las tendencias en una pregunta de encuesta diseñada para discernir el grado de “aislacionismo” no sugiere un auge del militarismo. En cambio, documenta algo como el surgimiento de una desconfianza pública acerca de la intervención militar, empezando con la Guerra de Vietnam y que, desde ese entonces, se mantuvo considerablemente constante aunque marcada por unos altos y bajos en respuesta a eventos coyunturales, incluyendo el 11 de septiembre y las guerras que vinieron después de este suceso.

Desde 1945, los encuestadores han preguntado una y otra vez: “¿Usted cree que será mejor para el futuro de este país si nos involucramos de manera activa en los asuntos globales, o si nos mantenemos apartados de los asuntos globales?” La pregunta parece haber sido enmarcada para generar una respuesta “internacionalista”. En 1945, después de todo, EE.UU. poseía algo así como la mitad de la riqueza del mundo y por lo tanto difícilmente tenía espacio para decidir si convenía o no “involucrarse de manera activa en los asuntos globales”, como fue tan suavemente e inocentemente presentado. Aún así, recibiendo la pregunta formulada de esta forma, solamente 19 por ciento de los encuestados en 1945 eligieron la opción “mantenerse afuera” o “aislacionista”. Los autores de la pregunta de la encuesta obtuvieron el número que probablemente deseaban.

(De hecho, para generar niveles altos de esta calidad, la pregunta puede ser reformulada a “No deberíamos pensar tanto en términos internacionales sino concentrarnos más en nuestros propios problemas nacionales y construir nuestra fortaleza y prosperidad aquí en casa”. En esta versión, el “aislacionismo” medido registra 30 o 40 puntos adicionales).

En los años después de la guerra el porcentaje de “mantenerse afuera” aumentó un poco hasta llegar a 25 por ciento, pero había descendido a 16 por ciento en 1965 luego de la crisis de los misiles cubanos en 1962 y conforme estaba por empezar la guerra en Vietnam. La experiencia de la guerra llevó este porcentaje a un nivel mucho más alto —de 31 a 36 por ciento— como parte de lo que ha sido denominado como “el síndrome de Vietnam”.

Se ha mantenido en alrededor de ese nivel desde ese entonces. Hubo una caída temporal durante la Guerra del Golfo de 1991 y se dieron unas subidas interesantes alrededor de la época del conflicto de Kosovo en 1999 aun cuando ningún soldado estadounidense perdió su vida en ese conflicto y la intervención en este fue considerada como exitosa en ese entonces. Y, en este siglo, el porcentaje de “mantenerse afuera” cayó a 14 por ciento después del 11 de septiembre, el nivel más bajo que se ha registrado. Se elevó un año después, y luego cayó nuevamente en 2003 y 2004, los primeros dos años de la Guerra en Irak. Para 2006, sin embargo, había vuelto a subir a niveles post-Vietnam donde ha permanecido hasta 2012, la última vez que se realizó la encuesta.

Dada la insípida atracción de la opción “involucrarnos de manera activa en asuntos globales”, es impresionante que alrededor de un tercio o más de aquellos encuestados desde la guerra en Vietnam generalmente la ha rechazado para favorecer la opción “mantenerse afuera”. Sin embargo, esto es probable que sea más una expresión de la desconfianza en costosos y frustrantes enredos militares que un verdadero deseo de retirarse completamente. No hay, por ejemplo, señal alguna de que los estadounidenses desean levantar barreras comerciales draconianas. Y las encuestas, incluyendo aquellas que tenían que ver con Siria, continuamente muestran que la gente es mucho más probable que apruebe aventuras en el extranjero si son aprobadas y respaldadas por nuestros aliados y las organizaciones internacionales. El verdadero aislacionismo debería estar compuesto de elementos mucho más rígidos.

La respuesta pública a la intervención en Siria también sugiere que la gente, contrario a lo que sugiere una abundante literatura, no es tan fácilmente manipulada por la “élite de la opinión”. La administración de Obama propuso dramáticamente la acción militar como respuesta al uso de armas químicas en Siria y los líderes de ambos partidos en el Congreso relativamente rápido se alinearon a esa opinión. Además, estas “señales de liderazgo” de ambos partidos estuvieron acompañadas de unas perturbadoras fotos de los cuerpos de niños sirios que aparentemente fueron asesinados en el ataque.

No obstante, el pueblo estadounidense ha estado decididamente en contra de siquiera respaldar el bombardeo punitivo de Siria —una aventura que probablemente arriesgue pocas si es que alguna vida de soldados estadounidenses— por la preocupación de que este derivaría en una mayor participación en el conflicto que se desenvuelve allí. Y el público estadounidense ha seguido sospechoso de, y por lo tanto inmune a, las repetidas garantías del Presidente Barack Obama de que él ha puesto fuera de consideración la opción de enviar soldados al territorio de Siria.

Los líderes pueden proponer actuar en el extranjero, pero eso no significa que la opinión pública se moverá de acuerdo a eso, que la gente necesariamente comprará el mensaje. Y cuando si lo hacen, es probablemente mejor concluir que el mensaje ha coincidido con un sentimiento que estaba a flor de piel, y no que la gente ha sido manipulada.

Las ideas son como los productos comerciales. Algunos son acogidos por los clientes mientras que la mayoría, sin importar qué tan bien empacados o promovidos estén, fracasan en conseguir aceptación o siquiera en capturar interés. Es un proceso que es extremadamente difícil predecir y todavía más difícil de manipular.

Este artículo fue publicado originalmente en The National Interest Online (EE.UU.) el 14 de octubre de 2013.