Se equivocan acerca de México

Por Mary Anastasia O'Grady

Luego de observar el debate entre Barack Obama y Hillary Clinton en Cleveland el martes pasado, quedé convencida de que ambos aspirantes presidenciales del Partido Demócrata quieren dirigir este país como si fuera Argentina.

En ese país, los sindicatos inspirados en Juan Perón y sus jefes dominan la economía y trabajan codo a codo con el Estado. Juntos aseguraron el aislamiento de Argentina del libre comercio y la inversión internacional y un lento pero estable declive en los estándares de vida.

Se trata de un giro radical hacia la izquierda para el liderazgo del Partido Demócrata. Una de las rondas más significativas de liberalización comercial en el mundo durante el siglo XX llevó el nombre de John F. Kennedy. Ahora, Hillary Clinton y Barack Obama, al amenazar con disolver el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta) a menos que se convierta en un instrumento de los grandes sindicatos de Estados Unidos, quieren dar un paso atrás.

Clinton dice que el libre comercio con nuestros vecinos, bajo el Nafta, ha sido dañino para los estadounidenses porque nuestros socios no juegan limpio. Obama hace eco de lo mismo. Cuando Clinton amenazó con salirse del Nafta a menos que sea renegociado, Obama dijo lo mismo.

El asalto contra el Nafta es una señal de que el Partido Demócrata piensa que EE.UU. debe abandonar su papel de liderazgo en la defensa de un capitalismo moderno y democrático en América Latina. Pero eso es sólo la mitad. Cuando Clinton dice que quiere imponer estándares de trabajo "básicos" incluidos en el pacto, se refiere a forzar a EE.UU., por tratado, a lo que la Organización Internacional del Trabajo, un organismo de Naciones Unidas, denomina "principios básicos". EE.UU. ha firmado sólo dos de las ocho convenciones de la OIT precisamente porque el resto conduciría a la rigidez en el mercado laboral que impera en Argentina. Eso complacería a los líderes de los grandes sindicatos de EE.UU., pero ¿qué pasaría con el resto de nosotros? Probablemente no nos guste tanto.

Canadá fue mencionada en el debate del martes. Pero la mayoría de las críticas recayeron sobre México, acusado de atraer compañías al permitir la explotación de los trabajadores. Si un estadounidense perdió un empleo en el transcurso de la última década, dicen los acusadores, es porque las empresas en México no tienen obligaciones laborales. Esta queja no sólo es falsa, sino que es lo opuesto a la realidad. México alberga a sindicatos militantes y poderosos y tiene la legislación laboral más rígida de América del Norte.

Al igual que Argentina, México fue víctima de la tragedia de la represión de las empresas que tuvo lugar a lo largo de la mayor parte del siglo XX. Un sistema unipartidista, con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el poder más de 70 años, se aseguró de que no hubiera competencia ni en el ámbito político ni en el económico. Pero a finales de los años 80 y principios de los 90, una clase joven y educada de tecnócratas empezó a romper las cadenas del proteccionismo, el aislamiento y el monopolio. El Nafta, firmado y ratificado en 1993, fue una pieza central en todo esto. Sus beneficios incluyen un mayor acceso al capital y comercio en México así como un alza en el flujo de información, que es fuente de innovación y progreso en cualquier país.

El Nafta ha hecho mucho por México, pero hay algunas cosas que no puede curar. Una de las principales son los males causados por un exceso de regulación en el mercado laboral. Contratar, mantener y despedir a un trabajador es tan costoso que los empleadores hacen lo posible para evitar la contratación de nuevos empleados. Esto produce un exceso de trabajadores en relación con la demanda, reduciendo los salarios y los beneficios.

Sin embargo, no sólo son los altos costos lo que reduce las oportunidades. El empleo en la mayoría de los casos requiere ser miembro de un sindicato y si un trabajador es expulsado del sindicato, pierde su empleo. Esto le otorga a los líderes de los sindicatos un poder extraordinario, especialmente porque no hay votaciones secretas en las elecciones sindicales. Las promociones se hacen en base a la antigüedad, no el mérito, por lo que hay poco incentivo para que los trabajadores se capaciten o aprendan nuevas tecnologías. Esto perjudica la productividad y ayuda a explicar por qué Pemex, el monopolio petrolero con uno de los sindicatos más dominantes del país, registró una pérdida neta de US$484 millones el año pasado, en circunstancias que los precios del petróleo estaban en las nubes. También ayuda a explicar por qué el monopolio estatal de electricidad, conocido como CLFC, es incapaz de generar ganancias suficientes para cubrir sus costos y, en su lugar, necesita un subsidio federal año tras año.

Los sindicatos también son poderosos en otro sentido. Regularmente lanzan huelgas preventivas como una manera de extraer los pagos de las empresas. El columnista del periódico Reforma Sergio Sarmiento observó la semana pasada que en Los Cabos, en la península de Baja California, la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos practica lo que se conoce como "chantaje sindicalista" al bloquear el Hotel Grand Mayan porque la empresa había negociado con un sindicato diferente. Los activistas han "aterrorizado y atacado no sólo a los trabajadores sino a los clientes" y "ponen en riesgo una inversión US$1.200 millones" en el área, dice.

Con esta clase de acoso, es fácil ver por qué la mayoría de los trabajadores termina en la economía subterránea donde es más probable que sean explotados. De acuerdo con Isaac Katz, profesor de economía en el prestigioso Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), los "trabajadores en el sector del transable o en empresas con inversión extranjera ganan entre 40% y 50% más que aquellos que trabajan para compañías no relacionadas al comercio o la inversión extranjera".

En otras palabras, lejos de explotar a los trabajadores, el Nafta ha traído mejores condiciones. Pero no para los jefes de los sindicatos. Tal vez por eso, los líderes del sindicato de electricistas en la Ciudad de México, que suelen marchar con pancartas del Che Guevara y Lenin, anunciaron la semana pasada que irían a El Paso esta semana y se reunirían con Obama. En una marcha laboral en Ciudad de México, el secretario general del sindicato dijo que planean decirle al candidato que la apertura del sector agrícola en el Nafta es la causa de la migración al norte y que si no se hace nada al respecto, la "crisis social se intensificará y mañana no serán capaces de controlarlo". Esto es extraño puesto que la campaña de Obama dice "esta (reunión) no está ocurriendo ni nunca ha ocurrido".

Lo que se podría hacer para frenar la migración mexicana a EE.UU. es liberalizar los mercados laborales mexicanos. Pero si el debate de la semana pasada sirve como indicador, lo que los candidatos demócratas tienen en mente no es hacer que los mercados laborales en México se parezcan más a los de EE.UU., sino viceversa.

Este artículo fue originalmente publicado en el Wall Street Journal (EE.UU.) el 3 de marzo de 2008.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2011
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