Ronald Reagan, un gran presidente

Por Pedro Schwartz

Reagan marcó el mundo con la huella indeleble de su presidencia: la Unión Soviética vencida sin provocar un holocausto atómico, la economía de su país liberada de la inflación y el estancamiento, el orgullo de sus compatriotas recuperado tras el gran desastre de Viet Nam y las pequeñas humillaciones de Carter el breve. Sobre todo destacó por su sintonía con el pueblo americano, que reconoció en él al sheriff tranquilo y valeroso de las leyendas del Oeste, que, tras luchar a brazo partido con los cuatreros, supo alejarse hacia el poniente de una vida tranquila acompañado de su fiel Nancy.

Muchos de los que ahora aceptan a regañadientes la realidad de sus éxitos fueron sus críticos y enemigos implacables. La temerosa opinión europea, dispuesta ayer como hoy a ceder ante los enemigos de nuestras libertades, se burló de su definición del comunismo como “el Imperio del Mal”, y se resistió como pudo al rearme de la “Guerra de las Galaxias” y la instalación de misiles de medio alcance en nuestro Continente. Pero Reagan, casi siempre con fortuna, campeó contra los adversarios de Occidente: apoyó a Margaret Thatcher contra los dictadores argentinos, derrotó dictadorzuelos del Caribe, mostró firmeza en Oriente Medio, y, sobre todo, consiguió poner a los soviéticos contra las cuerdas. La historia nunca olvidará su exhortación en el Berlín dividido de 1987: “¡Abra esa puerta, señor Gorbachov ¡Eche abajo ese muro!”

Su política económica sigue siendo incomprendida. La parte que en general se admira, pero con cierto temor a lo drástico de los remedios, fue la política monetaria aplicada en la Reserva Federal por Paul Volker para centrifugar la inflación que había penetrado en los entresijos del sistema social: los tipos de interés llegaron casi al 20% y las expectativas de continuas subidas de precios desaparecieron, con lo que se crearon las bases de un crecimiento sostenido que duró casi siete años. Más discutidas fueron las tres rebajas de impuestos, pese al creciente déficit público: Reagan se inclinaba por una drástica reducción del gasto “social” (despilfarro lo llamaría yo) pero el Congreso se opuso; en lo que sí tenía razón era en negarse a considerar el impuesto como un instrumento de política coyuntural. Los impuestos afectan radicalmente las decisiones de inversión y consumo de los particulares, por lo que no es posible el crecimiento económico si el Estado reduce el ingreso disponible de individuos y empresas. Con su castigo inicial al sindicato de controladores aéreos y su apoyo a la empresa privada, consiguió crear once millones de empleos durante sus años en la Casa Blanca.

Aprendió a hablar y convencer, no sólo como actor, sino también como conferenciante de General Electric en giras de difusión del ideario capitalista. Hizo sus prácticas de político activo como gobernador de California, marcando directrices y dejando hacer a sus subordinados. Era sobre todo un hombre de convicciones claras y sencillas, un hombre sin dobleces y lleno de optimismo, como es el pueblo americano. Si no hubiera de vez en cuando gobernantes americanos de ese talante a la cabeza del mundo occidental, habríamos dejado de ser libres hace tiempo.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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