Renace el Banco del Sur

Por Manuel Suárez-Mier

Por lo visto, las malas ideas, como las malas yerbas, nunca mueren. Ello lo acredita la reaparición del populismo en América Latina y la clonación que logró hacer de su agenda destructiva el obsoleto marxismo en nuevos y vigorosos movimientos globafóbicos.

Ahora toca renacer al Banco del Sur promovido por los principales populistas latinoamericanos, Hugo Chávez y Néstor Kirchner, quienes seguramente ignoran que no es una idea original y que nació, igual que hoy, cuando los países petroleros acumulaban cuantiosas fortunas hace tres décadas.

Corría el año de 1983 y yo trabajaba en el Banco de México. Nos encontrábamos entre los escombros en los que había quedado el país después del catastrófico gobierno de José López Portillo, tratando de evitar el colapso total de la economía.

En alguna reunión en la oficina de Miguel Mancera, a la sazón Director General del Banco —el título de Gobernador no se había adoptado todavía— con el secretario de Hacienda Jesús Silva Herzog, se mencionó la necesidad de que México retirara su apoyo al Banco del Sur.

El proyecto había surgido en el Grupo de los 77 de Naciones Unidas para canalizar los excedentes financieros de los países petroleros, que entonces se llamaban del Tercer Mundo, para proyectos en sus propios territorios.

La idea entonces, igual que ahora, era “recuperar la soberanía financiera” de los países del sur y rechazar en definitiva el tutelaje de los organismos financieros internacionales que sirven a los intereses de los países ricos en su explotación inmisericorde de los pobres.

Esta inspirada demagogia había sorbido el seso a López Portillo, quien adoptó con entusiasmo la iniciativa y ofreció aportar recursos, junto con los países miembros de la OPEP, para integrar el capital que crearía al Banco.

El problema era que para 1983 era obvio que México había dilapidado sus excedentes petroleros y enfrentaba una deuda externa de 60 mil millones de dólares para el sector público, y de 20 mil millones del sector privado, que resultaban impagables, por lo que no parecía lo más sensato aportar dinero del que carecíamos para el Banco del Sur.

El problema radicaba en que el Embajador de México ante la ONU era el pintoresco Porfirio Muñoz Ledo, quién, con su protagonismo característico, había tomado la presidencia del G-77 e iba a lanzar oficialmente la iniciativa para crear el Banco anunciando una fuerte aportación de México.

A mi me tocó ser el portador de las malas noticias hasta Nueva York, lo que no fue fácil, pues Muñoz Ledo estaba en una “grilla” frenética y perpetua. Finalmente, lo rastree hasta P.J. Clarke’s, la legendaria cantina en le 3ª Avenida, y al día siguiente se anunció que México no apoyaría el proyecto.

Así murió el primer Banco del Sur. ¿Cómo le irá al que nace ahora?