¿Rehacer el mundo a imagen de EE.UU.?

Por Gene Healy

"¿Misiones estadounidenses para la construcción de naciones? Absolutamente no. Nuestro ejército está hecho para luchar y ganar una guerra. Para eso está y cuando se le asignan otras funciones, la moral cae". Así declaró el candidato George W. Bush en su debate el 11 de octubre del 2000 con el entonces vicepresidente Al Gore. Hoy en día el presidente George W. Bush tiene una visión totalmente diferente. Él está contemplando la posibilidad de enviar 2.000 tropas a Liberia en una misión humanitaria que no tiene nada que ver con la seguridad nacional de Estados Unidos.

Repasar el debate presidencial de hace dos años es instructivo. En él, Bush declaró su oposición a la intervención de reconstrucción de Haití llevada a cabo por el presidente Clinton, y dijo: "No estoy tan seguro de que el papel de Estados Unidos sea el de andar por todo el mundo diciendo de qué manera debieran ser las cosas". Bush prometió que, como presidente, su "pregunta guiadora" cuando se tratara de una intervención exterior de Estados Unidos sería "¿es en nuestro interés nacional?"

¿Es en "nuestro interés nacional" intervenir en Liberia? Solo si esos intereses son definidos tan ampliamente como para divorciarlos de cualquier relación son la seguridad nacional de Estados Unidos. El presidente Bush ha ofrecido nuestra "historia particular" con Liberia como justificación, y su asesora de seguridad nacional ha declarado que la estabilidad del Occidente africano es "vital" para el progreso en un continente al cual el presidente ha "dedicado mucho tiempo y energía".

No hay duda alguna que pacificar a Liberia haría del mundo un mejor lugar. Pero esto por sí mismo no debería ser razón suficiente para arriesgar vidas y dinero estadounidense. Desdichadamente, hacer del mundo un mejor lugar, y no defender a Estados Unidos, amenaza con convertirse en el principio guiador de la política exterior estadounidense.

Aún la guerra en Irak, vendida al pueblo norteamericano como un imperativo para la seguridad nacional, se transformó rápidamente en una "Operación para la Liberación Iraquí". Como no ha salido a flote la evidencia de que Irak contaba con los medios o la intención de atacar a Estados Unidos, la administración Bush enfatiza cada vez más en los beneficios que la guerra le trajo al pueblo iraquí. Y la Estrategia de Seguridad Nacional del presidente Bush, publicada en septiembre del 2002, fija objetivos que van mucho más allá de mantener la paz doméstica, al proclamar que "Estados Unidos utilizará esta oportunidad para extender los beneficios de la libertad alrededor del globo". El fallecido Michael Kelly identificó la fuerza detrás de la política de Bush como un "evangelismo armado" por "la libertad del hombre".

Liberia es difícilmente el único lugar del globo en donde no hay libertad. Si el simple hecho de que haya opresión es suficiente para justificar la acción militar, entonces el pueblo estadounidense debería prepararse para un estado de guerra perpetua. En África, y en todo el mundo, existe suficiente sufrimiento como para mantener ocupadas a las tropas estadounidenses indefinidamente.

El evangelismo armado podrá luchar por la libertad del hombre, pero se aleja bastante de los ideales de los Fundadores de Estados Unidos. La Constitución de 1789 facultó al Congreso a crear un Ejército para "la defensa común" de los estadounidenses, no de todo el mundo. Y menos aún contemplaron los Fundadores un ejército envuelto en una campaña eterna de altruismo armado.

La política exterior en los comienzos de Estados Unidos rechazó la noción de que el ejército de este país fuera usado para difundir la libertad en el extranjero. Estados Unidos rechazó brindar asistencia material a las nacientes repúblicas latinoamericanas que buscaban librarse del yugo del Imperio español en las primeras décadas del siglo XIX. "El destino de estas provincias debe depender de sí mismas", explicó James Monroe en 1811. Estados Unidos lucharía cuando el honor y los derechos neutrales estuvieran en juego, como en la Guerra de 1812, pero no debiera irse a la guerra para liberar a otros. John Quincy Adams resumió este principio guiador en su discurso del 4 de julio de 1821 a la Casa de Representantes: Estados Unidos es "el que desea libertad e independencia para todos. Es el campeón y vindicador únicamente de las suyas".

Hoy en día dicho principio encuentra pocos amigos en los partidos políticos estadounidenses. El candidato presidencial demócrata, Howard Dean, quien ha basado su campaña sobre la oposición a la guerra en Irak, apoyó recientemente enviar tropas a Liberia. "La situación en Liberia es significativamente diferente a la situación en Irak", dijo. Sí, lo es. En Irak, uno al menos podía argumentar que había una implicación de seguridad nacional; en cambio, Liberia es estratégicamente insignificante para Estados Unidos. Pareciera que para Dean el hecho de que no haya nada en juego es prueba de la nobleza de nuestros propósitos, y por lo tanto es un argumento para la intervención.

Sin embargo, hay poca nobleza en una política que arriesga a soldados estadounidenses por causas que no tienen nada que ver con la seguridad de Estados Unidos. El candidato Bush estaba en lo correcto en los debates presidenciales del 2000. El propósito del ejército norteamericano es defender al pueblo estadounidense—no hacer al mundo a imagen de Estados Unidos.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.