Reforma electoral

por Edward H. Crane

Edward H. Crane es el Presidente Ejecutivo del Cato Institute.

Uno de los temas más importantes -y peor entendidos- que enfrenta Estados Unidos es la reforma electoral. La reforma de las leyes que rigen el financiamiento de las campañas choca de frente con la más popular de las reformas propuestas, la que busca asignar un límite a las veces que un congresista puede ser reelegido.

Por Edward H. Crane

Uno de los temas más importantes -y peor entendidos- que enfrenta Estados Unidos es la reforma electoral. La reforma de las leyes que rigen el financiamiento de las campañas choca de frente con la más popular de las reformas propuestas, la que busca asignar un límite a las veces que un congresista puede ser reelegido.

El intento de reformar el financiamiento de las campañas, de la manera como ha sido recientemente presentado en el Congreso, es más bien una solución en búsqueda de un problema. Las críticas de que estamos gastando cantidades "obscenas" en las elecciones no tienen base en la realidad. En Estados Unidos gastamos menos de $10 por elector en cada ciclo de dos años para cada cargo en el país, desde atrapador de perros callejeros a presidente de la nación.

Dado el inmenso impacto que los funcionarios electos tienen en nuestras vidas y en nuestros bolsillos, se puede más bien argumentar que no estamos gastando lo suficiente. Eso es particularmente cierto si reconocemos que el dinero es lo que nos permite ser informados durante las campañas. Herbert Alexander, director de Citizens Research Foundation lo explica de la siguiente manera: "Los gastos en las campañas deben ser considerados como lo que pagamos para ser educados sobre los temas políticos. Las campañas más costosas resultan ser aquellas donde los electores hacen una mala selección por falta de información".

Es obvio que los límites que se tratan de imponer a los gastos en las campañas electorales de los congresistas beneficia a los miembros actuales y perjudica a desconocidos que aspiran reemplazarlos.

Por el contrario, aquellos que intentan limitar las reelecciones de los congresistas buscan abrir el proceso político. Ellos quieren que sus conciudadanos que viven y trabajan en el mundo real, lejos de Washington, vayan a la capital como sus representantes, por tiempo limitado, en lugar de los políticos profesionales que favorecen las propuestas de limitar el financiamiento de las campañas.

La limitación de las reelecciones combinado a la total transparencia e información sobre las contribuciones recibidas por los candidatos conformarían una verdadera reforma. Ello permitiría que gente competente, con las más diferentes posiciones, pudiesen recolectar suficientes fondos para participar como candidatos en el proceso político, aún cuando hayan pasado la mayor parte de sus vidas en el sector privado, como el resto de nosotros.

Como resultado tendríamos una democracia más vigorosa, con la participación de candidatos con los más variados antecedentes y experiencias, tomando parte en elecciones más competitivas.

En 1968, Eugene McCarthy pudo lanzar su candidatura a la presidencia porque unos pocos opositores a la guerra en Vietnam, con mucho dinero, contribuyeron cientos de miles de dólares a su campaña. Si los actuales límites a las contribuciones hubieran estado entonces vigentes, los millones de ciudadanos opuestos a la guerra no hubieran tenido un vocero y Lyndon Johnson hubiera ido a la reelección. No es el papel de las leyes electorales cambiar la historia.

Como el Sr. McCarthy sostuvo: "Nuestros próceres de la independencia arriesgaron ’sus vidas, sus fortunas y su sagrado honor en la batalla por la libertad’. No dijeron ‘sus vidas y sus fortunas hasta $1000’".

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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