Recordando a Ronald Reagan

Por David Boaz

Ronald Reagan fue el portavoz más elocuente en nuestro tiempo a favor de un gobierno limitado. En 25 años de un incansable “levantar de pancartas no de colores pastel sino de colores llamativos”, de principio político, él tuvo éxito en cambiar el clima de opinión en los Estados Unidos y alrededor del mundo.

Desde su primera aparición en la escena política nacional en 1964, habló de los valores que defendía en su discurso televisado justo antes de esa elección:

Esta idea de que el gobierno está subordinado al pueblo, que no tiene otra fuente de poder, es todavía la idea más novedosa e inigualable de toda la larga historia de la relación entre individuos. Este es el asunto de esta elección: creer en nuestra capacidad para auto-gobernarnos o abandonar la revolución estadounidense y confesar que una pequeña élite intelectual en una capital distante puede planear nuestras vidas mejor de los que las podemos planear nosotros mismos.

Se nos ha dicho que debemos escoger entre izquierda o derecha, pero yo sugiero que no existe tal cosa como una izquierda o una derecha. Sólo existe un arriba y un abajo. Arriba, el antiquísimo sueño del hombre –la máxima libertad individual consistente con orden- o abajo, la montonera de hormigas del totalitarismo. A pesar de su sinceridad, sus motivos humanitarios, aquellos que sacrifican la libertad por seguridad se han embarcado en este camino hacia abajo. Plutarco advirtió: “El verdadero destructor de las libertades de las personas es el que distribuye entre ellos recompensas, donaciones y beneficios”.

Los Padres Fundadores sabían que un gobierno no puede controlar la economía sin controlar a las personas. Y ellos sabían que cuando un gobierno se organiza para hacer eso, debe usar la fuerza y coerción para alcanzar su propósito.

Como un centro-izquierdista que se movió a la derecha, podría ser denominado como el primer neoconservador. Excepto que él fue un centro-izquierdista anticomunista, no un comunista como los neoconservadores originales. Y su conservatismo abogó por disminuir el tamaño del gobierno, no el usar un gran gobierno para metas conservadoras. Extrañamos ahora ese tipo de conservatismo en Washington.

En su primera intervención inaugural, proclamó:

En la presente crisis, el gobierno no es la solución a nuestro problema; el gobierno es el problema.

Mi intención es frenar el tamaño y la influencia del aparato federal y demandar reconocimiento de la distinción entre los poderes otorgados al gobierno federal y aquellos reservados a los estados o las personas. Todos necesitamos recordar que el gobierno federal no creó los estados; los estados crearon al gobierno federal.

Sus acciones en el cargo no siempre cumplieron esas promesas. El gasto gubernamental siguió creciendo, hubo poca devolución de poder a los estados y el costo de la regulación federal siguió creciendo. En lugar de abolir dos departamentos del gabinete, como prometió (Educación y Energía), creó uno (Asuntos de los Veteranos de Guerra). A é le debemos las presidencias de George H. W. Bush y George W. Bush, ninguno de los cuales compartió su compromiso con la libertad y el gobierno limitado.

No obstante, como él sucedió a un presidente que nos dio buenas razones para creer que nuestra nación estaba enferma, él revivió nuestros espíritus y nuestra fe en la libre empresa. Redujo las tasas marginales impositivas y revivió la economía. Junto con Margaret Thatcher, simbolizaron y galvanizaron un entusiasmo renovado por el empresariado y el libre mercado. En su discurso de segunda posesión, repitió sus palabras de 20 años atrás:

Hacia 1980, nosotros sabíamos que era hora de renovar nuestra fe, de procurar toda nuestra fuerza hacia el fin último de libertad individual consistente con una sociedad organizada. Creímos entonces y ahora que no hay límites al crecimiento y al progreso humano cuando los hombres y las mujeres son libres de seguir sus sueños.

Reagan era contemplado como un conservador social, y a menudo hablaba de “nuestros valores de fe, familia, trabajo y comunidad”. Pero rara vez utilizó el gobierno para imponer esos valores. En 1978 habló abiertamente en contra de la iniciativa anti gay en California. Robert Kaiser del Washington Post, anotando que los Reagan eran los primeros ocupantes de la Casa Blanca que habían albergado una noche a una pareja homosexual, lo apodó en 1984 “el tolerante del clóset”.

Mucho de la presidencia de Reagan, claramente, fue dominado por la Guerra Fría y la larga lucha contra el comunismo. En un discurso de 1983 sorprendió a las élites intelectuales al decirles la verdad sobre la Unión Soviética:

Recemos por la salvación de todo aquellos que viven en la oscuridad totalitaria – recemos para que ellos descubran la alegría de conocer a Dios. Pero hasta que lo hagan, cuidémonos de que mientras ellos predican la supremacía del estado, declaran su omnipotencia sobre el hombre individual y predicen su eventual dominación sobre todas las sociedades sobre la Tierra, ellos son el centro del mal en el mundo moderno...

Creo que el comunismo es otro triste y extraño capítulo en la historia humana cuyas últimas páginas están siendo escritas aun en este momento...

Les pido que tengan cuidado con la tentación del orgullo –la tentación de declararse estar por encima de todo y que ambas partes son igualmente culpables de ignorar los hechos de la historia y los impulsos agresivos de un imperio del mal.

Uno podría debatir la prudencia de particulares iniciativas en política exterior, pero es seguro que fue una buena cosa ser honesto sobre la naturaleza del comunismo totalitario. Sus palabras declararon un fin a la “equivalencia moral” y una determinación de tomarse el campo moral en la lucha contra el comunismo; e inspiraron a las personas detrás de la Cortina de Hierro a creer que ellos eran capaces de poner un fin a ese “triste y extraño capítulo de la historia humana” que fueron obligados a vivir.

Como las últimas páginas de ese capítulo de hecho estaban comenzando a revelarse, Reagan fue a Berlín y tal vez en sus más famosas palabras, le extendió un desafío al líder soviético Mikhail Gorbachev:

Secretario General Gorbachev, si usted busca la paz, si busca prosperidad para la Unión Soviética y Europa Oriental, si busca liberalización: ¡Venga a esta puerta! Señor Gorbachev, abra esta puerta. Señor Gorbachev, derribe este muro!

Un año después, en 1988, Reagan visitó a Gorbachev en Moscú. Se le permitió hablarle a los estudiantes de la Universidad Estatal de Moscú, a los que les dio una brillante discusión sobre la naturaleza de una sociedad libre:

Los exploradores de la era moderna son los empresarios, hombres con visión, con el coraje para tomar riesgos y suficiente fe para enfrentar lo desconocido. Estos empresarios y sus pequeñas empresas son responsables de casi todo el crecimiento económico en los Estados Unidos. Ellos son los dinamizadores primarios de la revolución tecnológica. De hecho, una de las más grandes empresas de computadores en los Estados Unidos fue creada por dos estudiantes universitarios, no más viejos que ustedes, en el garaje de su casa...

Estamos viendo el poder de la libertad económica esparciéndose alrededor del mundo – lugares como Corea del Sur, Singapur y Taiwán se han volcado hacia la era tecnológica, casi sin detenerse en la era industrial durante su camino. Las políticas agrícolas de bajos impuestos en el subcontinente significan que en algunos años India ha llegado a ser un exportador neto de comida. Talvez lo más excitante son los vientos de cambio que están estremeciendo la República Popular China, donde un cuarto de la población mundial ahora está obteniendo su primera probada de libertad económica...

Vayan a un salón de clases y verán que a los niños se les enseña la Declaración de Independencia, que a ellos les ha sido concedido ciertos derechos inalienables por su creador –entre ellos la vida, libertad y la búsqueda de la felicidad– que ningún gobierno puede negarles – las garantías de su Constitución para la libertad de expresión, libertad de asamblea y libertad de religión...

Pero la libertad es más que eso: Libertad es el derecho a cuestionar y cambiar la forma establecida de hacer las cosas. Esa es la continua revolución del mercado. Es su entendimiento que nos permite reconocer los defectos y buscar soluciones. Es el derecho a proponer una idea, de la que se burlan los expertos, y verla causar sensación entre las personas. Es el derecho a aferrarse – a un sueño – a perseguir su sueño, o aferrarse a su conciencia, incluso si usted es el único en un mar de dudosos.

Libertad es el reconocimiento de que ninguna persona, ninguna autoridad del gobierno tiene un monopolio de la verdad, pero que cada vida individual es infinitamente preciosa.

Ronald Reagan a menudo decía que “en el alma y corazón del conservatismo esta el libertarianismo”. Se lo escuché decir eso en la Universidad Vanderbilt en 1975, cuando tuve el honor de cenar con él antes de su discurso y recibir un autógrafo en mi boletín de “Reagan para Presidente”. En estos días lo veo un poco diferente: el mejor aspecto del conservatismo estadounidense es su compromiso con la protección de las libertades individuales proclamadas en la Declaración de Independencia y garantizadas en la Constitución. Ronald Reagan habló a favor de ese tipo de conservatismo. Ese es el conservatismo que penosamente extrañamos hoy en Washington y en el Partido Republicano.

Traducido por Javier L. Garay Vargas para Cato Institute.