Quo vadis, América
Lorenzo Bernaldo de Quirós considera que cuando tanto la derecha populista como la izquierda identitaria miran con sospecha los pilares de 1787, el peligro no es una mala administración cuatrienal, sino la transformación del carácter de la nación.
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Por Lorenzo Bernaldo de Quirós
Estados Unidos se encuentra ante una encrucijada que sus fundadores habrían contemplado con profunda inquietud. En las elecciones intermedias de noviembre no se enfrentan dos proyectos enraizados en la tradición liberal que dio origen a la República, sino dos desviaciones simétricas de aquella: el trumpismo y un Partido Demócrata cada vez más escorado hacia la izquierda. Ambos se han alejado de los valores que forjaron América —la libertad individual, el gobierno limitado, el imperio de la ley, la igualdad ante la misma y la economía de mercado— y ofrecen al ciudadano un menú de opciones que, en lo esencial, niega el espíritu de 1776 y 1787.
Los Padres Fundadores no diseñaron una democracia ilimitada ni un plebiscito permanente de pasiones. Concebían una república constitucional donde el poder estuviera fragmentado, las mayorías contenidas y los derechos individuales protegidos frente a la tiranía de la muchedumbre o del príncipe. El federalismo, la separación de poderes y la Carta de Derechos no eran adornos retóricos, sino diques contra el poder arbitrario. Hoy, esos principios se perciben como arqueología política.
El trumpismo representa una forma de populismo nacionalista que ha resucitado el mercantilismo, el personalismo caudillista y una desconfianza sistemática hacia las instituciones. No es ni conservador ni liberal en el sentido clásico. Su discurso celebra la voluntad del líder por encima de las reglas. En él no hay defensa alguna del gobierno limitado, sino la promesa de un ejecutivo más fuerte, más intervencionista y más personalista. La derecha norteamericana ha abandonado el individualismo metodológico de F.A. Hayek y el constitucionalismo de James Madison por un nacionalismo emocional que recuerda más a los caudillismos del siglo XX que a la Revolución americana.
En el otro extremo, el Partido Demócrata ha experimentado una radicalización izquierdista sin precedentes. Ya no se contenta con un Estado del bienestar moderado; abraza una visión expansiva del poder público que interviene en la economía, en la cultura y en la propia definición de la persona. La política de la identidad ha reemplazado la igualdad ante la ley por una jerarquía de privilegios grupales. La cancelación, la vigilancia del lenguaje y la captura de las instituciones educativas y mediáticas por dogmas “progresistas” erosionan la libertad de expresión que la Primera Enmienda consagró como sagrada. A ello se suman propuestas de gasto público y de fiscalidad desbordadas, así como regulaciones asfixiantes cuya puesta en marcha erosionaría de manera brutal el capitalismo norteamericano.
Cuando se prioriza la equidad de resultados sobre la igualdad de oportunidades, cuando se considera la meritocracia un instrumento de opresión y cuando se trata la Constitución como un texto “vivo” que puede reinterpretarse a voluntad por las mayorías coyunturales, se están liquidando los fundamentos del modelo norteamericano. El Partido Demócrata de hoy se parece más a una coalición de sensibilidades europeas de izquierda radical que al partido de sus ancestros.
La tragedia reside en que ambas fuerzas se alimentan mutuamente. El exceso identitario y estatista de la izquierda genera la reacción populista de la derecha; el caudillismo trumpiano refuerza el relato de una democracia en peligro que justifica más control estatal y más polarización. El ciudadano queda atrapado en un falso dilema entre el líder que desprecia las instituciones en nombre del pueblo y la coalición que desprecia al individuo en nombre del pueblo. En ambos casos, el ciudadano soberano de la tradición norteamericana —aquel que decide su vida, asume sus responsabilidades y espera que el Estado proteja sus derechos— desaparece; queda el súbdito de una u otra tribu.
Los valores que fundaron América no eran de izquierda ni de derecha en los términos contemporáneos. Eran liberales en el sentido clásico: desconfianza hacia el poder concentrado, fe en la capacidad del individuo para perseguir su felicidad, reconocimiento de que la prosperidad surge del intercambio voluntario y no de la planificación central, y convicción de que la dignidad humana no depende del color de la piel, el género o la afiliación grupal, sino de la condición de ser racional y libre. Tocqueville advirtió que la democracia americana podía degenerar en tiranía de la mayoría o en despotismo suave. Hoy emergen esas dos amenazas de modo simultáneo: el despotismo de la voluntad personificado en un caudillo y el de la “progresía” que pretende reeducar a la sociedad.
No se trata de idealizar el pasado. Estados Unidos ha cometido errores graves y ha necesitado correcciones. Pero estas se hicieron, en lo fundamental, expandiendo el principio de igualdad ante la ley. La tentación actual es distinta: abandonar el marco constitucional en favor de proyectos de transformación total, ya sea desde el populismo nacionalismo o desde el progresismo.
La elección que se avecina no ofrece una vía de retorno a los principios fundacionales. Ofrece dos caminos de alejamiento. El electorado se ve obligado a escoger el mal menor, sabiendo que cualquiera de las opciones profundizará la polarización y debilitará las instituciones que hicieron de América un experimento excepcional. Mientras el debate público se agote en gritos tribales, el terreno común del liberalismo constitucional se erosiona. Y sin ese terreno común, la República se convierte en un campo de batalla permanente donde el poder se disputa no para limitar el Estado, sino para controlarlo y usarlo contra el adversario.
El verdadero riesgo no es solo la mediocridad de las opciones. Es la evidencia de que la mayor potencia liberal del planeta ha olvidado, en gran medida, de dónde viene. Cuando tanto la derecha populista como la izquierda identitaria miran con sospecha los pilares de 1787, el peligro no es una mala administración cuatrienal, sino la transformación del carácter de la nación. América necesita, más que nunca, una recuperación de su tradición liberal clásica. Mientras tanto, el ciudadano se enfrenta a una elección que, en términos de principios, es una derrota anunciada.
Este artículo fue publicado originalmente en El Economista (España) el 24 de septiembre de 2026.