¿Qué queda de la tercera vía?

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

A finales de los años noventa, la denominada Tercera Vía aparecía como una posibilidad real para renovar el discurso de la izquierda. Esto implicaba renunciar a los aspectos más arcaicos de la vieja socialdemocracia y aceptar los elementos básicos del  liberalismo. Los socialistas prometían ofrecer una especie de "capitalismo de rostro humano". Esta estrategia era la respuesta obligada al desplome del Muro de Berlín y con el del socialismo real y al descrédito de las recetas socialdemócratas tradicionales. Con esta filosofía llegó al poder el New Labour de Blair o el Neu Mitte (Nuevo Centro) de SchrѶder. La fórmula más clásica de Jospin, con su izquierda plural ha desaparecido ante el vendaval del centro-derecha galo. A estas alturas es posible realizar una lectura de lo que de verdad ha supuesto la Tercera Vía en el gobierno. En este marco es interesante comparar el fracaso germano con el "éxito" británico.

Por lo que se refiere a Alemania, el SPD llegó al poder con una plataforma reformista que no ha sido capaz de llevar a la práctica. En retórica han quedado sus declaraciones a favor de liberalizar los mercados, sobre todo el laboral, de introducir modificaciones en los programas sociales etcétera. En casi nada se ha traducido la apuesta del canciller germano por recortar los impuestos y las cotizaciones sociales o su idea de modificar el sistema de pensiones. En el plano macroeconómico, Alemania no es capaz de cumplir los criterios presupuestarios incluidos en el Plan de Estabilidad y Crecimiento, su tasa de crecimiento económico ha sido de una mediocridad considerable en estos años y el paro no se ha reducido desde el ascenso de SchrѶder al poder. El país de Goethe se ha convertido en una de las economías menos dinámicas de Europa y su decadencia relativa sólo aparece enmascarada por la riqueza acumulada durante décadas.

En la práctica, SchrѶder se ha limitado a mantener con ligeras variaciones, una gestión presupuestaria peor, la misma política desplegada por KѶhl en sus largos años al frente del gobierno alemán. Esto no es una novedad ya que constituye la tónica habitual del país desde la Gran Coalición de 1966. En los últimos cuarenta años, los sucesivos gabinetes alemanes han construido un modelo, el denominado capitalismo-renano, asentado sobre un gasto público y unos impuestos muy elevados, un extenso y costoso Estado del Bienestar, unos mercados regulados y una asociación Estado-empresas-sindicatos que ha hecho imposible aplicar estrategias modernizadoras y han fortalecido las rigideces de la estructura económica alemana. Este esquema no se ha visto alterado por el simpático canciller socialdemócrata.

El caso del Reino Unido es aún peor porque no resulta tan perceptible. Se suele ver al New Labour como un campeón del capitalismo frente a sus dinosáuricos homólogos continentales. En apariencia, Blair no ha modificado en lo sustancial la herencia socio-económica recibida de los conservadores pero la realidad es muy distinta. A través de la Employment Relations Act ha devuelto a los sindicatos parte del poder que Thatcher les arrebató, ha introducido el salario mínimo y el Libro Verde sobre Competitividad y Elección de diciembre de 2000 propone la puesta en marcha de una exhaustiva lista de regulaciones en el mercado laboral. Los ejemplos podrían multiplicarse. Según la Confederación de la Industria Británica las nuevas regulaciones han costado a las empresas 12,3 millardos de libras esterlinas. Una de las consecuencias de esta estrategia ha sido una caída media anual de la productividad del 2,3 por 100 desde 1997.

En el plano fiscal y presupuestario, el gabinete Blair ofrece una aparente imagen de ortodoxia. El laborismo ha mantenido las cuentas públicas en equilibrio y/o en superávit a costa de una fuerte subida de la fiscalidad. Los impuestos sobre el trabajo suponen ahora un 46,1 por 100 de la renta disponible de las familias frente al 42,1 por 100 de 1996. Esta ha sido la consecuencia de la puesta en vigor de 45 tributos ocultos (24 soportados por los individuos y los restantes por las compañías) que han extraído de los contribuyentes casi cuarenta millardos adicionales de libras esterlinas desde 1997. Esta modalidad de imposición se caracteriza porque pasa desapercibida para la mayoría de la población ya que no implica una subida directa de la tasa básica del impuesto sobre la renta. En una muestra arrolladora de justicia distributiva, el 20 por 100 de las familias más pobres es el que ha soportado la elevación de la carga fiscal (ver Mardsen K. Miracle o Mirage?, Centre for Policy Studies, mayo 2001).

Desde esta perspectiva, el discurso modernizador de la Tercera Vía o bien no se ha concretado, caso alemán, o bien constituye una versión edulcorada pero idéntica en la sustancia de las antiguas políticas socialistas: más regulación, más gasto, más impuestos. La diferencia estriba en que los laboristas británicos vieron condicionada su actuación por los cambios socio-económicos producidos por los gabinetes conservadores. El SPD alemán no ha tenido esa limitación. En consecuencia, su estrategia ha sido el inmovilismo. De cualquier manera, la experiencia "blairita" merece un análisis más detallado y a esa tarea dedicaré pronto un artículo.