Por qué las expresiones ofensivas son valiosas

Trevor Burrus señala que "Durante años, si no siglos, el campo de la investigación sexual se encontraba obstaculizado por el tabú y la censura puritana. La intolerancia y los prejuicios en contra de la homosexualidad, los deseos sexuales divergentes de cualquier tipo, la salud sexual de las mujeres, y la disfunción sexual, hicieron que los investigadores fueran relegados al mercado negro de las ideas".

Por Trevor Burrus

A raíz del suceso hace algunos meses, en el que se filmó a una fraternidad de la Universidad de Oklahoma cantando una aborrecible canción sobre los afroamericanos, una predecible variedad de críticos de la libertad de expresión han sostenido que la Primera Enmienda no debería proteger el discurso ofensivo y racista. Están equivocados. El discurso ofensivo no sólo debería estar protegido por la Primera Enmienda, sino que debería ser visto como una parte valiosa de una sociedad libre.

En la revista The Atlantic (en inglés), el profesor de derecho de la Universidad de Boston, Kent Greenfield, esgrimió un argumento típico en contra de la protección del discurso ofensivo: "Si la Primera Enmienda se ha vuelto tan amplia, tan torpe, que no puede distinguir entre semejante barbaridad y el debate público serio sobre la raza, entonces es tiempo de repensar lo que significa".

Greenfield está en desacuerdo con lo que él considera que es el principal argumento para la protección de discurso ofensivo: el problema de la diferenciación y la pendiente resbaladiza. Es decir, "no podemos confiar en el gobierno para tomar decisiones sobre el contenido por nosotros", si lo hiciera, prohibir el discurso ofensivo conduciría "por la pendiente resbaladiza hacia la tiranía".

Ese es un argumento en contra de darle al gobierno el poder de censurar, pero no es el único. Es difícil definir el discurso ofensivo, cierto, pero este argumento parece implicar que si se pudiera identificar fácilmente entonces la prohibición del discurso ofensivo estaría bien.

Incluso si el discurso ofensivo pudiera ser fácilmente definido, no debería prohibirse. En un mundo ideal, el discurso ofensivo podría circular libremente.

Hace un par de meses la Corte Suprema escuchó los alegatos orales de un caso (en inglés) acerca de si el gobierno puede prohibir discursos sobre la teoría de que "podría ser ofensivo para algún miembro del público". Ese caso se refiere a una solicitud de una placa de automóvil personalizada para los Hijos de los Veteranos Confederados de Texas. El diseño de la placa propuesta habría incluido una bandera de los Estados Confederados de América. La Junta del Departamento de Vehículos de Texas votó por no emitir la placa.

La Corte primero tendrá que decidir si una placa forma parte de la expresión del Estado o de la expresión privada. En un amicus curiae (en inglés) de mi coautoría en apoyo de los Hijos de los Veteranos Confederados de Texas —junto con el humorista P.J. O'Rourke, Martin Garbus (uno de los abogados del comediante Lenny Bruce), el Fondo para la Defensa Legal de los Libros Cómicos y prominentes académicos especializados en la Primera Enmienda— sostenemos que, si una placa es parte de la expresión privada, entonces no se debería permitir que el gobierno prohíba un diseño basado en la creencia de que "podría ser ofensivo para cualquier miembro del público".

El discurso ofensivo contribuye al mercado de las ideas mediante la expansión de sus fronteras. Si el mercado de las ideas es el área donde las ideas "aceptables" se intercambian libremente, entonces fuera de esos límites se encuentra el mercado "negro" de las ideas. Allí, la gente habla de cosas que no están permitidas en el mercado “oficial” de ideas oficial. Este a veces incluye teorías conspirativas, fomento al odio racial y otras simples y llanas locuras, pero también incluye cosas que necesitan desesperadamente difusión pública.

Durante años, si no siglos, el campo de la investigación sexual se encontraba obstaculizado por el tabú y la censura puritana. La intolerancia y los prejuicios en contra de la homosexualidad, los deseos sexuales divergentes de cualquier tipo, la salud sexual de las mujeres, y la disfunción sexual, hicieron que los investigadores fueran relegados al mercado negro de las ideas. Para salir del mercado negro, tenían que ofender.

Al ser ofensivos, comediantes, autores y artistas ayudaron a que la investigación sexual saliera de la oscuridad. Al decir palabras prohibidas en chistes y parodias, mirando a los censuradores a los ojos y diciéndoles “mamón” (“cocksucker” en inglés) —una de las palabras por las cuales el famoso cómico Lenny Bruce fue arrestado en 1961 en un club nocturno de San Francisco— lo grosero y lo burdo abrieron espacios de pensamiento y discusión que anteriormente estaban prohibidos. Bruce dijo: "acabamos comprendiendo algo hablándolo". Poco a poco, las conversaciones sobre el sexo fueron liberadas de la supervisión puritana, los investigadores sobre sexo iluminaron una parte crucial de la existencia humana, y las parejas se empezaron a divertir más.

Esos cómics de los años 60 que eran considerados "provocadores" ahora parecen pasados ante nuestras sensibilidades modernas. Pero siempre hay nuevos innovadores en el mundo del discurso ofensivo, y ninguna cantidad de regulación estatal va a frenar eso.

Las personas se definen a si mismas siendo ofensivas. Ellas se expresan a través de su voluntad de pisotear las sensibilidades imperantes y, sí, incluso los sentimientos de otros. Fomentar la auto-expresión y auto-desarrollo son otras razones importantes por las cuales tenemos una Primera Enmienda fuerte e intransigente. Los homosexuales que han “salido del clóset” saben muy bien que expresar algo públicamente es crucial para la definición de uno mismo.

¿Esto se aplica a los que odian a otras razas, religiones y etnias? Sí. Tienen tanto derecho a definirse a sí mismos a través del discurso como cualquiera. Y aquellos que aborrecen a estas personas llenas de odio, tienen derecho a evitarlos, exponerlos, y criticarlos. Las prohibiciones estatales a las expresiones que incitan al odio hacen que los odiosos se trasladen a la clandestinidad, donde pueden proliferar libremente y sin contestaciones de los que no se atreven a entrar. La luz del sol, no del Estado, es el mejor desinfectante. Yo, por mi parte, quisiera que los racistas y los fanáticos hablaran libremente. Quisiera saber a quiénes no invitar a mis fiestas.

El Estado no es tan eficaz como la sociedad civil cuando se trata acallar y avergonzar las expresiones odiosas. Si el Estado define los parámetros del discurso aceptable, entonces mucha gente va a romper esos límites sólo porque el Estado les dijo que no lo hicieran. Ellos van a explorar el mundo oculto y subterráneo del discurso ofensivo sólo porque es una fruta prohibida. Allí encontraran nuevas maneras de ofender a la gente, porque la gente ofensiva, como el agua, siempre encontrara un camino por donde entrar.

De hecho, no existe una correlación entre la dureza de la legislación contra la incitación al odio de un país y la erradicación de las expresiones que incitan al odio. Grecia, por ejemplo, ha aprobado leyes que tratan de combatir "determinadas formas y manifestaciones de racismo y xenofobia mediante el Derecho penal". Sin embargo, según la Liga Anti-Difamación, el 69 por ciento de los griegos sostienen puntos de vista antisemitas, en comparación con sólo un 9 por ciento de los estadounidenses. Al igual que las leyes contra las drogas, conducir el discurso de odio hacia la clandestinidad hará poco para eliminar el hábito, y podría incluso empeorar la situación.

Así que adelante, ofendan y sean ofendidos. Háganlo por Lenny Bruce.

Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com (EE.UU.) el 23 de marzo de 2015.