Por qué la inflación posterior al COVID-19 enfureció a tantos trabajadores
Ryan Bourne y Nathan Miller explican lo costosa que resulta una inflación verdaderamente inesperada e impulsada por un estímulo monetario excesivo.
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Por Ryan Bourne y Nathan Miller
Según los indicadores nacionales más amplios, los salarios reales han recuperado el terreno perdido debido al aumento de precios posterior a la pandemia. Los ingresos semanales promedio han superado a los precios al consumidor desde justo antes de COVID-19, y los ingresos semanales reales medianos se sitúan ahora por encima de su nivel de finales de 2019. Para algunos observadores —incluidas personas de la administración de Biden y, antes de la guerra con Irán, de la administración de Trump—, esto hace que sea difícil explicar el enojo persistente del público por el costo de vida. Si los salarios reales han subido, ¿de qué se queja la gente en cuanto a la asequibilidad?
La inflación y la economía siguen siendo las principales preocupaciones de los votantes y, como hemos escrito anteriormente, el rechazo público a la gestión de la inflación por parte del presidente actual ha caído por debajo del nivel más bajo registrado por Joe Biden, a pesar de que la inflación se mantiene muy por debajo de su pico de 2022.
Parte de ese descontento persistente es fácil de entender. Los consumidores siguen sufriendo el "impacto de los precios", las tasas de interés más altas han encarecido los préstamos, y el presidente Trump sugirió que podría bajar los precios; sin embargo, estos han seguido subiendo a ritmos superiores a lo normal, ya que sus aranceles, deportaciones, gasto deficitario y demandas de una política monetaria más flexible echaron leña al fuego de la inflación. Más recientemente, la guerra con Irán disparó los precios de la gasolina, interrumpiendo la recuperación de los salarios reales.
Sin embargo, esas explicaciones son solo una parte de la historia. Un nuevo documento de trabajo del NBER de Erik Hurst, Christina Patterson, Nela Thomas Richardson y Ye Liv Wang ofrece nuevas pruebas de que gran parte de la angustia es una secuela duradera de que los salarios de los trabajadores se quedaron (y se mantienen) rezagados respecto a los aumentos de precios en esos años posteriores a la pandemia.
Van más allá de los datos salariales promedio a nivel nacional. Basándose en los registros mensuales de nómina de ADP de aproximadamente 16 millones de trabajadores, los autores cuantifican cuántos estadounidenses vieron que sus salarios se mantuvieron por delante de la inflación entre 2021 y 2024. Más de un tercio terminó el 2024 con salarios reales más bajos que los que tenían a principios de 2021, y muchos de los demás obtuvieron aumentos reales menores de lo que podrían esperar en períodos más favorables.
Su explicación radica en las normas rígidas de aumento salarial. La mayoría de las empresas aplicaron un único aumento anual modal a la mayor parte de su fuerza laboral. Esa "norma" de aumento se agrupa en torno a cifras redondas, siendo el aumento mediano de quienes permanecieron en el mismo empleo exactamente del 3 por ciento desde 2016 hasta principios de 2020. Alrededor del 14 por ciento de todos los trabajadores recibió un aumento de exactamente el 3 por ciento en un año típico.
Sin embargo, cuando la inflación general subió a casi el 9 por ciento en 2022, la norma de aumentos apenas se modificó. Dado que los trabajadores no esperaban que la inflación estuviera muy por encima de la meta y los responsables de políticas la atribuyeron a factores temporales que se resolverían, la fijación de salarios se mantuvo inicialmente sin cambios. El resultado fue un golpe significativo al poder adquisitivo de los trabajadores que, para un gran grupo de ellos, no se había recuperado por completo ni siquiera a finales de 2024.
Entre los trabajadores que permanecieron en la misma empresa desde finales de 2020 hasta finales de 2024, el 43 por ciento terminó el período con salarios reales más bajos que al inicio, con una pérdida promedio de su poder adquisitivo del 9 por ciento.
Cambiar de trabajo ayudó a muchos trabajadores a volver a vincular sus ingresos al nuevo nivel de precios, más alto; sin embargo, en general, las personas cambiaron de trabajo con muy poca frecuencia como para que eso salvara al trabajador promedio. En toda la muestra de los autores, el 37 por ciento vio caer sus salarios reales de 2020 a 2024, y el 58 por ciento terminó por debajo de su trayectoria prepandémica.
Dos razones más por las que los políticos deberían evitar la inflación
Los economistas han explicado desde hace tiempo que muchas personas detestan la inflación incluso cuando el crecimiento de sus salarios sigue el ritmo de los precios, ya que atribuyen los aumentos salariales a su propio mérito y culpan de los aumentos de precios a fuerzas macroeconómicas, políticas erróneas o actores malintencionados. El resultado es que los trabajadores perciben, aunque solo sea psicológicamente, que están trabajando más duro para obtener el mismo poder adquisitivo.
Este artículo confirma que existen fundamentos más sólidos para el descontento reciente. En primer lugar, para algunos grupos, especialmente aquellos que se han mantenido en el mismo empleo durante largos períodos, los salarios realmente no lograron mantenerse al día con los precios durante un período más prolongado. E incluso en los casos en que los salarios finalmente se recuperaron, el poder adquisitivo perdido durante los meses intermedios nunca se restauró de manera retroactiva, lo que significa que la redistribución arbitraria de los asalariados a las empresas se mantuvo.
En segundo lugar, muchas personas que cambiaron de empleo o los trabajadores que lograron mantenerse al día con la inflación lo hicieron solo al incurrir en los costos de transacción que implican la búsqueda de empleo, el reciclaje profesional y las difíciles renegociaciones salariales, lo cual puede constituir una pérdida de eficiencia. Este es otro costo de la inflación inesperada: el esfuerzo realizado para asegurarse de que la situación no empeore a causa de ella.
Nada de esto significa que las empresas que vieron aumentar sus utilidades a medida que los precios al por menor se ajustaban más rápido que sus costos salariales hayan causado la inflación, como afirman los "greedflationistas" o los teóricos de la inflación "impulsada por las utilidades". Más bien, una vez que el gasto nominal excesivo impulsó los precios al alza, la realidad de que los precios de los productos son relativamente flexibles y los salarios más rígidos puede desplazar temporalmente los ingresos reales de los trabajadores hacia ciertas empresas.
Culpar a las empresas, en lugar de a la mala política macroeconómica subyacente, puede llevar a propuestas de políticas destructivas, como controles de precios o impuestos sobre las ganancias excesivas.
Pero estas propuestas extraen una conclusión errónea de la investigación. Las normas salariales eran rígidas, explican los autores, precisamente porque la alta inflación fue inesperada, y luego los responsables de políticas le dijeron a todos que era transitoria y que podría revertirse. Si hubiera persistido una inflación anual de alrededor del 9 por ciento, las empresas habrían reindexado sus salarios y los trabajadores habrían cambiado de empleo de manera más agresiva para mantenerse al día con el nuevo nivel de precios. La norma de los salarios rígidos está diseñada para períodos de inflación baja y estable.
La verdadera conclusión, por lo tanto, es lo costosa que resulta una inflación verdaderamente inesperada e impulsada por un estímulo monetario excesivo. No solo tiende a reducir de inmediato los salarios reales, sino que puede llevar a que, durante varios años, los trabajadores se sientan rezagados a medida que las normas de salarios rígidos se adaptan, lo que obliga a los trabajadores a cambiar de empleo cuando de otra manera no lo harían para proteger sus salarios.
Este artículo fue publicado originalmente en Cato At Liberty (Estados Unidos) el 14 de septiembre de 2026.