¿Por qué hay tantos profesores socialistas?

Por Tibor R. Machan

Se trata de una pregunta interesante porque no hay la misma proporción de socialistas en la población de la mayoría de los países. Claro que a la gente le gusta que el gobierno le provea de muchas cosas, a través de regulaciones y de leyes coercitivas, lo cual hace que el Estado aumente su alcance y su tamaño. Pero la mayoría no sueña con una economía planificada ni con un sistema totalitario que supuestamente nos conduciría a todos a una felicidad utópica. El problema es que aquellos que creen en ese orden político suelen trabajar en las universidades. ¿Por qué?

Una respuesta es que la mayoría de las universidades son mantenidas y administradas por los gobiernos, por lo que la educación es una profesión "socializada" que tiende a atraer a gente que quiere ese tipo de organización política. Esto también sucede en la medicina y en el correo, pero entre los servicios, la educación es la más infectada por esa intervención oficial adorada por los socialistas.

Otra razón todavía más importante es que aquellos que trabajan en áreas como la ciencia política, sociología, el trabajo social, las leyes, las humanidades, la filosofía, la literatura, la historia, etc. quieren estar por encima del barullo plebeyo y cotidiano del mercado.

Consideran su trabajo como algo muy especial, no sujeto a los vaivenes del mercado ni determinado por lo que el público quiera, sino por lo que la elite pensante decide que las masas deben recibir.

La seguridad de no estar expuesto a las demandas del mercado les permite convertir la educación en un instrumento de propaganda, por lo que no debe sorprendernos que es en las universidades donde encontramos la mayor evidencia de reglas y pensamiento "políticamente correcto".

Los profesores se ganan la vida pensando y criticando la cultura contemporánea, las prácticas y las instituciones. Y pronto creen que deben comentar y criticar, para más tarde inclinarse por controlar y reglamentar. Como se sienten muy seguros en sus cargos, que suelen ser de por vida, arriesgan muy poco.

También piensan que el mercado ha producido gigantes, inmensas corporaciones, a las que hay que hacerles contrapeso y las universidades llenas de intelectuales son los sitios adecuados para ello.

Todo esto sucede porque las universidades no tienen que responder a lo que la gente requiere. Ciertos y bien determinados objetivos son alcanzables en asociaciones voluntarias como empresas particulares, orquestas o clubes, pero no es así en las universidades, donde las objeciones de los participantes pueden ser ignoradas indefinidamente y sus deseos y objetivos denegados por la elite intelectual. Lo mismo sucede en los gobiernos: por encima del deseo de la gente están los intereses de los burócratas y de sus jefes políticos, por lo que los servicios públicos suelen tener poca o ninguna relación con lo que el pueblo realmente necesita.

En Estados Unidos, George W. Bush ganó las elecciones del año 2000, pero la gran mayoría de los académicos, editores de periódicos, columnistas y presentadores de televisión preferían a Al Gore. Esa discrepancia refleja la preferencia del público en general, bajo un sistema de libre mercado, versus los objetivos y deseos de aquellos que admiran y aman el trabajo gubernamental.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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