Pobres decisiones para los pobres de Hong Kong

Por Jenifer Zeigler

El líder del gobierno de Hong Kong, Tung Chee-hwa, ha tomado varias decisiones pobres durante los últimos siete años. De hecho, el lo admitió en su discurso anual al Consejo Legislativo de Hong Kong. Desgraciadamente, en ese mismo discurso Chee-hwa anunció lo que sería su mayor desatino hasta ahora—la creación de una comisión anti-pobreza. El líder del gobierno de Hong Kong puede haber puesto los fundamentos para un sistema estatal extenso de bienestar. Los impuestos que se requieren para financiar los programas de bienestar social asfixiarán la economía de Hong Kong, y la dependencia en tales tipos de programa afectará a la fuerza laboral. Si los lectores tienen alguna duda, solo deberían de ver el caso de EE.UU.

La Norteamérica Colonial tenía una modesta red gubernamental de protección social. Iglesias, organizaciones caritativas y la comunidad—conocido como “sociedad civil”—tomaron la posta en proveer asistencia a los necesitados. Estas entidades tenían la libertad de distinguir entre pobres que “merecían” y los que “no merecían” la ayuda. Los pobres que merecían la ayuda incluían a aquellos que, a pesar de ser generalmente auto-suficientes, habían experimentado la adversidad debido a enfermedad, accidente o la pérdida de empleo durante una recesión. Los pobres que merecían la ayuda incluían a aquellos incapaces de ser auto-suficientes, como los ancianos y los huérfanos. Los pobres que no merecían la ayuda eran aquellos que eran auto-suficientes pero eligieron no trabajar, o hicieron pobres decisiones que eran un obstáculo para trabajar.

Al inicio, la ley de bienestar de EE.UU. fue modelada en base a la Ley Inglesa de la Pobreza. Esa ley establecía cuatro principios básicos para la caridad gubernamental: (1) el cuidado de los pobres era una responsabilidad pública; (2) el cuidado de los pobres era un asunto local; (3) la ayuda pública era denegada a individuos los cuales podían ser cuidados por sus familiares; y (4) los hijos de los pobres podían ser aprendices de granjeros y artesanos que se encargarían de su cuidado a cambio de trabajo. Al igual que la asistencia por parte de la sociedad civil, los temas eran responsabilidad personal y auto suficiencia. Si uno no estaba incapacitado físicamente, uno debería de trabajar. Si no podía trabajar, entonces la asistencia sería mejor proveída a nivel local para asegurar efectividad y rendición de cuentas.

Desgraciadamente, Estados Unidos no mantuvo su modesta red gubernamental de protección social. Los políticos aprendieron que la promesa de programas sociales les permitía ganar elecciones y las repercusiones económicas de tales programas eran preocupación para el siguiente presidente. A medida que cada presidente ofrecía más “compasión” a aquellos necesitados, el número de necesitados continuó creciendo. Para muchos, la satisfacción de ganar un salario era superada por la tentación de recibir un cheque por hacer nada.

El anuncio de iniciativas para combatir la pobreza realizado por Chee-hwa hizo eco de la declaración de la Guerra contra la Pobreza enunciada en 1964 por el presidente de ese entonces, Lyndon Jonson. El resultado de las iniciativas estadounidenses contra la pobreza fue un incremento de los egresos por bienestar en un 107 por ciento a finales de los sesenta. Incluso más inquietante es que 3 cuartos de ese incremento ocurrió entre 1965 y 1968, en tiempos de relativa prosperidad económica y bajo desempleo. En los últimos 40 años el gobierno de los EE.UU. ha gastado casi $9 millones de millones (en dólares constantes de 2003) en la guerra contra la pobreza. El retorno en esa inversión ha sido un incremento de nacimientos fuera del matrimonio y la dependencia en el gobierno sin una reducción significativa en las tasas de pobreza. Desgraciadamente, Chee-hwa esta tentado por la popularidad instantánea que viene de gastar en programas sociales. Fondos por $25.6 millones para incrementar la cooperación entre el gobierno, organizaciones de bienestar y los sectores privados para ayudar a los desvalidos podría ser el inicio del propio sistema estatal de bienestar social masivo de Hong Kong. El gobierno debe mostrar control en el gasto. Las energías deberían ser orientadas en arreglar el actual sistema de bienestar social, el régimen de Asistencia Integral de Seguridad Social, de tal manera que sirva como una red de protección social para aquellos que no pueden ser auto-suficientes o que están tratando de volver al mercado laboral.

Hong Kong debería de mantenerse en el camino. Durante la reciente desaceleración económica e incremento del desempleo, el gobierno resistió la tentación de distorsionar la economía por medio de regulaciones impertinentes, salarios mínimos o topes máximos de horas laborales. Hong Kong jugo con su mejor carta: el libre mercado. El resultado ha sido una caída en el desempleo. Hong Kong debería de continuar incentivando una economía dinámica por medio del libre mercado, porque el crecimiento es el camino seguro para reducir la pobreza.

El gobierno de Hong Kong debería de ser cauto con las recomendaciones que vendrán de la nueva comisión anti-pobreza. Un salario mínimo puede sonar compasivo, pero incrementará el desempleo. Promesas de incrementar el gasto en programas sociales puede sonar benevolente, pero vendrán a expensas de impuestos más altos y una mayor dependencia en el gobierno. Si a Hong Kong le preocupa la pobreza, lo más amable que el gobierno puede hacer es dejar la asistencia caritativa a la sociedad civil y dejar que la economía genere empleo.

Traducido por Nicolás López para Cato Institute.