Perú: Una lamentable confusión

Iván Alonso explica que "La lección principal es la siguiente. La desaceleración, tarde o temprano, tenía que ocurrir. Son pocos los países que han crecido al 6% más de 12 años seguidos. Ojalá nosotros hubiéramos podido. El gobierno ciertamente no ha ayudado. Pero así como el automovilista frena cuando encuentra tráfico o curvas o pendientes, así también las economías tienen, por momentos, que bajar la velocidad".

Por Iván Alonso

Usted va por la Panamericana Sur a 90 kilómetros por hora. A mediodía pasa por Asia. A la una ya está en Chincha. Ahora tiene que bajar la velocidad a la mitad. Avanzará más lento, pero seguirá avanzando. A la una y media llegará a Pisco. Más tarde de lo que había pensado, quizá, pero llegará. La desaceleración no significa que se haya estacionado en el carril auxiliar ni, mucho menos, que esté dando marcha atrás.

Lo mismo ocurre con la economía. Durante 12 años, entre el 2001 y el 2013, hemos crecido, en promedio, 6% anualmente. En el 2014 la tasa de crecimiento bajó a un poco más de 2%. Este año será, con suerte, algo mejor. La desaceleración es incuestionable. Pero eso no significa que la economía se haya estancado ni retrocedido. Está creciendo más despacio, pero todavía sigue creciendo.

La impaciencia de la gente es comprensible porque los beneficios del crecimiento acelerado no solamente han sido notorios, sino que han alcanzado a la mayoría. Hay un temor de que esos beneficios se pierdan. Uno puede, por eso, entender que los empresarios y el público en general confundan desaceleración con recesión. Lo lamentable es que los economistas caigan en la misma confusión.

Un destacado profesor, cuyas opiniones solemos considerar muy sensatas, dice por ejemplo que, como consecuencia de la desaceleración, hemos perdido todo lo ganado en los últimos diez años. Definitivamente, no es así. Una cosa es el nivel del producto bruto interno (PBI, la medida usual del tamaño de la economía), y otra, muy distinta, su tasa de crecimiento. No distinguir entre ambas nos lleva a conclusiones absurdas.

Echemos una mirada a los números. En el año 2001, el PBI era de 224 mil millones de soles (calculando el valor de la producción de ese año a los precios vigentes en el 2007). Doce años después, en el 2013, el PBI había crecido a 456 mil millones, esto es, más del doble. Luego vino la desaceleración. ¿Dejó de crecer el PBI en el 2014? Por supuesto que no: subió a 467 mil millones de soles. ¿Se perdió acaso todo lo ganado desde el año 2001? En absoluto. No se perdió ni un centavo. Hay una diferencia a favor de 243 mil millones. Una ganancia, diríamos, permanente. Una prosperidad real.

El crecimiento económico de todos estos años ha sido mucho más que un resultado efímero del ‘boom’ de los minerales. La cronología de los hechos sugiere otra cosa: la economía peruana comenzó a crecer en la segunda mitad del 2001; los precios de los minerales recién comenzaron a subir dos años después, a fines del 2003. Las estadísticas de la producción dicen lo mismo: el crecimiento acumulado de la minería hasta el 2013 fue de 70%; el de la manufactura, casi 100%; el de los servicios, 110%; el de la construcción, más de 200%. Hasta el día de hoy los servicios, que son más de la mitad de nuestra economía, no han parado de crecer.

La lección principal es la siguiente. La desaceleración, tarde o temprano, tenía que ocurrir. Son pocos los países que han crecido al 6% más de 12 años seguidos. Ojalá nosotros hubiéramos podido. El gobierno ciertamente no ha ayudado. Pero así como el automovilista frena cuando encuentra tráfico o curvas o pendientes, así también las economías tienen, por momentos, que bajar la velocidad. Eso no quiere decir que el progreso se detenga. Estamos infinitamente mejor que al terminar el siglo XX.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 6 de agosto de 2015.