Perú: Tormenta en un vaso de cerveza

Iván Alonso considera que "Cuando se rompe el vínculo entre el origen y el destino de los fondos, el [impuesto] selectivo termina siendo un impuesto que penaliza el consumo de ciertos productos sin una buena razón e induce a la gente a consumir más de los otros, o sea, un impuesto que distorsiona las decisiones del consumidor".

Por Iván Alonso

Un grupo de congresistas ha presentado un proyecto de ley para modificar el régimen del impuesto selectivo al consumo (ISC) de cerveza. Actualmente el ISC que grava la cerveza es igual al 30% del precio de venta al público, pero en ningún caso el impuesto resultante puede ser menor que 1,25 soles por litro de alcohol. Quiere decir que aquellas que se venden por debajo de 4,20 soles el litro pagan proporcionalmente más que las demás. Los autores del proyecto opinan que este régimen limita la competencia en el mercado de cervezas y por eso quieren cambiarlo.

No es nuestra intención comentar si el proyecto es bueno o malo. Vayamos a otra cosa más fundamental. ¿Por qué debería existir el ISC a la cerveza?

El argumento típico del economista es la “externalidad”, esto es, el efecto sobre terceras personas que son, digamos, “externas” a la transacción entre el consumidor y el fabricante de cerveza. El consumo de bebidas alcohólicas causa enfermedades y accidentes de los que luego, se supone, se tiene que hacer cargo el aparato estatal. El ISC compensa esa externalidad. Los políticos compran este argumento porque les permite mantener oculta su verdadera motivación.

¿Cuántas enfermedades son realmente atribuibles al consumo de cerveza? ¿Cuántos accidentes? ¿A cuánta gente han tenido que atender los hospitales públicos? Con toda seguridad, lo que esas externalidades le cuestan al fisco es muchísimo menos que los 2.000 millones de soles que se recauda anualmente con el impuesto selectivo a la cerveza.

La verdadera motivación del ISC no son las externalidades, sino que es una fuente de recaudación relativamente segura. La cerveza, los cigarros y otros productos tienen una demanda poco sensible al precio (o, como dicen los economistas, “inelástica”). Póngales usted un impuesto y los consumidores seguirán comprándolos en cantidades no mucho menores que antes. Eso hace al selectivo un impuesto confiable y además fácil de recaudar porque los productores a los que hay que fiscalizar son pocos. Pero es mejor, políticamente, si se puede justificar como una medida de protección de la salud.

Los impuestos selectivos deberían servir para fines específicos y relacionados con el consumo de los productos que gravan. Es perfectamente razonable, por ejemplo, ponerle un ISC a la gasolina si la recaudación se usa para mantener pistas y semáforos, pero no si se convierte en una fuente de financiamiento de otros gastos que nada tienen que ver con el transporte automotor. Para los gastos generales existen los impuestos generales. Cuando se rompe el vínculo entre el origen y el destino de los fondos, el selectivo termina siendo un impuesto que penaliza el consumo de ciertos productos sin una buena razón e induce a la gente a consumir más de los otros, o sea, un impuesto que distorsiona las decisiones del consumidor.

No hay detrás del proyecto de ley que comentamos un análisis que sustente la necesidad del ISC a la cerveza. Como tampoco lo había, sospechamos, detrás de los decretos supremos que pretende derogar. Un análisis basado en la evidencia médica y policial que demuestre si tiene el consumo de cerveza consecuencias negativas sobre terceras personas y cuantifique los costos que representan. Y que sobre esa base defina si es mejor un impuesto proporcional al volumen, al contenido alcohólico o al precio de venta.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 10 de octubre de 2014.