Perú: ¿Pobreza bruta o neta?

Alfredo Bullard dice que "Si se consideran sus dos gobiernos, Alan García está apenas un poquito encima de un tas con tas. Bastante mediocre. Lo que sí tiene es el claro récord de haber dejado un país en el que más de la mitad de los peruanos éramos pobres".

Por Alfredo Bullard

“Soy el hombre que más ha reducido la pobreza en el Perú”. Lo dijo Alan García en una entrevista publicada en este mismo Diario el domingo pasado. ¿Es cierto? En realidad no. El razonamiento de Alan es similar al que tuvo su tristemente célebre ministro de Economía, Gustavo Saberbein, cuando en 1988 inventó los conceptos de inflación bruta e inflación neta para hacernos creer que la hiperinflación no existía.

Me explico. Para autodenominarse como el máximo reductor de pobreza del país, Alan consideró solo su segundo gobierno (2006-2011). Pero si tomamos solo su primer gobierno (1985-1990), se lleva también el título de ser “el máximo creador de pobreza de la historia peruana”. Usó una metodología con trampita. Si se usa solo la cifra bruta de un gobierno, se deja de ver el efecto real neto del ex presidente en la historia económica del país.

Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), durante su segundo gobierno hubo una reducción de la pobreza de 17 puntos porcentuales (comenzó en 45% y terminó en 28%).

Pero, según el mismo INEI, en su primer gobierno hubo un incremento de 13% en la pobreza (comenzó en 42% y nos llevó a 55%, el porcentaje de pobreza más alto en los últimos 30 años). Como dijo Mariano Grondona, “el populismo ama tanto a los pobres que los multiplica”.

La pobreza bruta de solo un período nos da resultados contradictorios. Alan sería el máximo creador de pobreza y el máximo reductor de pobreza al mismo tiempo.

Lo importante es el efecto neto. Si se consideran sus dos gobiernos, Alan García está apenas un poquito encima de un tas con tas. Bastante mediocre. Lo que sí tiene es el claro récord de haber dejado un país en el que más de la mitad de los peruanos éramos pobres. No da realmente para pavonearse mucho.

Existen otras cifras de las que el ex presidente tampoco puede estar orgulloso. En su primer gobierno la pobreza extrema creció del 18% al 27%, la tasa de desempleo global pasó de 5,3% a 8,3%. Al final de ese período, el PBI había retrocedido a los niveles de 1978, y el PBI per cápita era similar al alcanzado en 1961. Y nos dejó un nada despreciable 7.484% de inflación, quizás el record más espectacular de García (y que lo eleva a disputar el récord Guinness): un récord mundial.

Claro que nos pueden decir que su primer gobierno fue hace mucho tiempo. Ese es un argumento que le encanta usar al líder aprista. Invocaría una suerte de prescripción que —así como permitió que el paso del tiempo lo libere de las posibles consecuencias penales de sus actos—, lo liberaría de la responsabilidad histórica de lo que hizo en su primer gobierno. No parece un buen argumento, sobre todo si consideramos que seguimos pagando los platos que rompió hace más de 25 años.

Hace unas semanas conversaba con Augusto Álvarez Rodrich sobre su idea de tener criterios objetivos y transparentes para medir a los políticos y sus gobiernos. Tenemos que medir las capacidades menos por poesía populista y más por datos objetivos. Tener información disponible y comparable puede contribuir a mejorar la política y las decisiones de los electores. Preguntas como ¿qué gobierno hizo más por la educación?, ¿quién mejoró más las condiciones reales de empleo?, ¿cuándo se avanzó más en seguridad?, ¿cuál simplifico más los trámites? no deben responderse con frases hechas, sino con información clara, comparable y verificable.

Es fácil hablar bien de uno mismo cuando no hay data para contrastar lo que se dice. Ahora que se viene la campaña electoral, sospechemos del autoelogio y verifiquemos los discursos. Finalmente, como dijo en una ocasión el mismísimo Alan García: “Hay que ser tonto para creer lo que dice un político”.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 24 de octubre de 2015.